CAPÍTULO 7 La espera más larga #4
El detective comenzó a caminar con paso lento y metódico alrededor de la vivienda.
Mientras lo hacía, observó la arquitectura de la casa: sin grandes matorrales, espesura o desniveles que pudieran ocultar un cuerpo a simple vista.
Si alguien caía al suelo en aquel terreno tan despejado, cualquiera lo vería desde las ventanas.
Al llegar a uno de los laterales de la casa, Mark se detuvo frente a una escalera de mano de aluminio que continuaba apoyada contra la fachada.
—¿Y esta escalera? —preguntó, señalándola.
—Joshua estuvo colocando los últimos adornos de Navidad al tejado ayer por la tarde —explicó Elena, acercándose un par de pasos—. La policía también subió a revisar anoche y dijeron que arriba no había absolutamente nada.
Pese a la advertencia, Mark colocó sus guantes de cuero en los peldaños y probó la estabilidad de la estructura.
Subió tramo a tramo hasta alcanzar la parte superior.
Al asomarse, comprobó que se trataba de una cubierta plana, una amplia superficie despejada que permitía una visibilidad total desde cualquier ángulo.
El detective no se limitó a echar un vistazo desde arriba: se subió al tejado y caminó por la superficie de punta a punta.
Se acercó a cada una de las esquinas del perímetro y miró hacia abajo, buscando exhaustivamente si Joshua podía haber sufrido una caída y quedado atrapado en algún punto ciego del suelo.
Sin embargo, tras recorrer todo el borde, Mark tuvo que darle la razón a Elena y a los patrulleros.
Toda la zona que rodeaba la casa estaba completamente limpia y despejada.
No había salientes, ni vegetación densa, ni zanjas.
Si Joshua hubiese caído desde el tejado o se hubiera desplomado en el suelo del jardín, su cuerpo estaría descansando a plena vista de todos.
Mark bajó de la escalera con cuidado y se sacudió las palmas de los guantes, con el rostro serio.
—Efectivamente, aquí no hay nada —admitió Mark, mirando hacia la linde del jardín donde terminaba la parcela y comenzaba el pinar—. Pero eso nos deja una única dirección posible hacia donde pudo ir... o hacia donde pudieron llevárselo.
Mark se detuvo junto al porche, se dio la vuelta para mirar a la joven madre y sacó una vez más su libreta.
—Lo más probable es que muy pronto tengamos que organizar una batida por el bosque para rastrear la zona.
Al escuchar la palabra «bosque», a Elena se le encogió el corazón. Su gran temor —la idea desgarradora de que ese oso negro se lo hubiera llevado hacia la frondosidad de la arboleda— parecía cobrar cada vez más fuerza y estar trágicamente más cerca de la realidad.
Mark guardó la libreta en el interior de su gabardina y dio un par de pasos hacia su vehículo.
—Voy a marcharme ya —anunció.
Elena dio un paso al frente, casi presa del pánico al ver que el único apoyo policial que tenían se disponía a abandonar la propiedad.
—¿Ya se marcha? —preguntó con la voz entrecortada—. Pero... ¿qué va a pasar ahora con nosotros? ¿Qué va a pasar con mi marido? No nos pueden dejar así, a la deriva...
Mark se giró suavemente, dedicándole una mirada comprensiva pero firme, tratando de transmitirle la serenidad de un agente experimentado.
—No se preocupe, Elena. Tengo que hacer varias llamadas urgentes desde el coche para movilizar recursos. Tengo sus números directos y ustedes tienen el mío. Estaremos en permanente contacto. Cualquier cosa o novedad, por pequeña que sea, yo los llamaré de inmediato o háganlo ustedes.
Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran bien en la joven y en su padre John, que permanecía a su lado.
—Aunque no esté aquí físicamente con ustedes, voy a estar trabajando sin descanso en este caso para aclararlo lo antes posible.
En una desaparición, las primeras horas son las más importantes de todas.
Así que, por favor, si recuerdan cualquier detalle, por insignificante que parezca, pónganse en contacto conmigo sin dudarlo.
—De acuerdo, se lo mando ahora mismo —asintió Elena.
—Una última cosa antes de irme —añadió Mark, mirando alrededor de la fachada—. ¿Tienen cámaras de seguridad en la vivienda? ¿O saben si los vecinos de la calle tienen algún sistema de videovigilancia o timbres con cámara?
—Nosotros no tenemos —explicó Elena, encogiéndose de hombros—.
Queríamos instalar un equipo, pero como solo llevamos seis meses viviendo aquí, todavía no nos ha dado tiempo a ponerlo.
Y de los vecinos... la verdad es que no tengo constancia de que alguno tenga.
O al menos yo no me he fijado, porque las cámaras de hoy en día son pequeñas y casi ni se ven.
Mark sacó de nuevo su libreta y anotó el detalle subrayando con fuerza. Comprobar la presencia de cámaras en las casas colindantes y en los accesos a la urbanización pasó a ser una tarea prioritaria en su lista.
Mark les dedicó un último gesto con la cabeza y caminó hacia su coche. Abrió la puerta, se acomodó al volante y encendió el motor.
Elena y John se quedaron inmóviles en el porche, en el frío de la mañana, viendo cómo el sedán azul del detective se alejaba lentamente por la calle de la urbanización hasta perderse en la lejanía.