La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 7 La espera más larga #3
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CAPÍTULO 7 La espera más larga #3

Al observar a Elena —una mujer indudablemente atractiva—, la mente analítica del detective no pudo evitar trazar las primeras hipótesis.

Mark empezó a sospechar, planteándose si detrás de aquel matrimonio no habría también algo de interés económico por parte de ella.

Era una idea prematura, un pensamiento interno que guardó para sí.

Al fin y al cabo, Mark era un policía veterano con casi treinta años de servicio a sus espaldas; había visto de todo en la calle y, como suele decirse, tenía el culo pelado de bregar con la naturaleza humana.

—Pasemos a la situación personal y económica, señora Miller —continuó Mark, fijando sus ojos cansados en los de Elena—.

Sé que puede resultar incómodo, pero debo preguntarlo: ¿Tenían problemas de pareja recientemente?

¿Alguna discusión en los días previos? ¿O tal vez problemas financieros, deudas o presiones en el trabajo de Joshua?

—¡En absoluto! —intervino John por primera vez, dando un paso al frente con tono firme—. Mi hija y Joshua están perfectamente. No hay deudas ni peleas de ese tipo, detective.

—Es solo rutina, señor, necesito descartar todas las variables —aclaró Mark suavemente antes de volverse a Elena—.

—No—respondió Elena con firmeza—. No hemos tenido ninguna discusión últimamente.

Como en todas las parejas, por supuesto que surgen pequeños roces o puntos de vista diferentes, pero desde luego nada que pudiera justificar que él se marchara.

Nos queremos mucho; de hecho, compramos esta casa hace apenas seis meses.

Mark la escuchaba en silencio mientras tomaba nota.

—En cuanto al tema económico —continuó ella—, obviamente él ganaba bastante más que yo. Muchas veces me sugirió que dejara de trabajar, pero yo siempre le dije que no. Quería seguir aportando, tener mi propio espacio y no limitarme a ser solo ama de casa.

—¿Eso llegó a causar algún enfrentamiento entre ustedes? —preguntó Mark, alzando la vista.

—Para nada. Eran solo comentarios casuales por su parte, pero yo tenía clara mi postura y lo llevaba bastante bien. Además, en la cafetería hay muy buen ambiente y es un sitio donde me siento relajada.

¿Había recibido Joshua llamadas extrañas últimamente? ¿Alguien merodeando la casa en los días pasados?

—No que yo sepa... —titubeó Elena, negando con la cabeza—. Salvo los rumores de un oso que algunos vecinos dijeron haber visto cerca hace un par de días, todo estaba completamente normal.

Mark levantó una ceja.

—Un oso... Los patrulleros lo anotaron en el informe. ¿Usted o su marido llegaron a ver a ese animal con sus propios ojos?

—No, yo no. Solo lo comentaron en el grupo de vecinos.

Mark se quedó unos segundos en silencio, acariciándose la barba mientras procesaba toda la información. Había algo en el asunto del animal que seguía rondándole la cabeza.

—Elena... cuénteme más sobre eso del oso que mencionó antes —dijo el detective, girándose hacia ella.

—Sí, hay un oso negro merodeando por las inmediaciones de la urbanización desde hace un par de días —explicó Elena apresuradamente—. De hecho, hay un vídeo que subió un vecino al chat de la comunidad donde se le ve perfectamente.

Sin pensarlo dos veces, Elena fue a la cocina, cogió el teléfono móvil de Joshua que había quedado sobre la mesilla y regresó al garaje. Desbloqueó el dispositivo —conocía de sobra el código de su marido— y abrió la aplicación de mensajería para buscar el archivo en el grupo de vecinos.

Al entrar en el chat, a Elena le llamó la atención un par de mensajes recientes.

Un vecino acababa de escribir preguntando si alguien sabía qué había ocurrido la noche anterior, ya que había visto patrullas de policía por la zona.

Otro le respondía que no tenía ni idea, que todavía no se sabía nada.

Elena apenas le dio importancia a esos comentarios en medio de su nerviosismo y pasó de largo hasta encontrar el archivo multimedia.

—Aquí está —dijo, tendiéndole el teléfono a Mark.

El detective cogió el móvil y miró fijamente la pantalla.

En el vídeo, grabado desde la ventana de una de las casas de la urbanización, se apreciaba con claridad la silueta de un oso negro paseándose cerca de la linde del pinar.

Mark observó las imágenes con atención analítica, evaluando la complexión del animal.

Calculó que se trataba de un ejemplar joven, de unos 85 kilos.

No era un oso colosal, pero Mark sabía de sobra que un depredador de ese tamaño, equipado con garras afiladas y una fuerza descomunal en las garras, resultaba sumamente peligroso para un hombre desarmado, en mangas de camisa y en mitad de la oscuridad.

Si Joshua se lo había topado de frente al salir por la puerta, el desenlace podría haber sido fatal.

—Un oso negro... —murmuró Mark con gravedad, devolviéndole el teléfono a Elena—. Ciertamente no es un animal gigantesco, pero sigue siendo un gran depredador. Si alguien se topa con él por sorpresa, puede ser letal en cuestión de segundos.

Además del vídeo del oso, voy a tener que pedirle que me entregue el móvil de su marido —dijo con tono firme pero cortés—.

Es un elemento clave en la investigación.

Tengo que llevarlo a comisaría para que los informáticos hagan un volcado completo de datos e información.

Necesitamos revisar sus últimas llamadas, mensajes, ubicaciones o cualquier detalle que pueda ser relevante.

Elena titubeó un segundo, pero terminó entregando el teléfono de Joshua. Mark lo guardó con cuidado en una bolsa de evidencias de su bolsillo.

Marc la notó nerviosa, titubeando y le dijo:

—¿Hay algún problema?

Elena, sensiblemente sonrojada, apartó la mirada de su padre antes de responder en voz baja:

—Verá... puede que haya algunas fotos algo íntimas en su móvil. Mías.

Marc la miró con serenidad para tranquilizarla:

—No se preocupe. Los datos que cojamos no van a salir de la comisaría. Puede estar tranquila.

Mark dio una cabezada, guardó el bolígrafo en la libreta pero no la cerró. Giró la cabeza hacia John.

—Señor, usted llegó sobre la una y media de la madrugada, si no me equivoco. ¿Notó algo inusual en la carretera de acceso a la urbanización al llegar? ¿Algún vehículo aparcado con los motores apagados, o gente caminando a esas horas?

—Nada de nada, detective —respondió John seriamente—. La carretera estaba completamente desierta. Solo vi patrullar a los agentes que llegaron minutos antes que yo.

Mark se puso de pie despacio, abrochándose de nuevo la gabardina.

—De acuerdo. Tengo la información básica. Ahora, si no le importa, señora Miller, . Si les parece, ha llegado el momento de salir ahí fuera y ver qué nos cuenta el suelo del jardín si hay huellas de oso .

Mark se ajustó los solapas del abrigo y caminó junto a Elena y John hacia la puerta peatonal del garaje. Al abrirla, el viento frío de la mañana les dio de lleno en el rostro.

—Ya hemos dado cientos de vueltas por todo el perímetro —le advirtió Elena mientras pisaban el césped tierno de la parte trasera—. Anoche estuvimos mirando con las linternas junto a la patrulla, y en cuanto amaneció, mi padre y yo salimos a revisar cada rincón otra vez. No hay nada, de verdad.

—Espere un momento... —la interrumpió Mark, frunciendo el ceño—. Cuando los patrulleros estuvieron aquí anoche, ¿no les prohibieron terminantemente pisar la zona del jardín? ¿No precintaron el perímetro exterior?

Elena y John se miraron un instante antes de que ella negara con la cabeza.

—No, para nada. Los agentes estuvieron mirando un rato con las linternas, nos dijeron que no veían nada raro y se marcharon. Ni pusieron cintas ni nos dijeron que no pudiéramos salir.

Mark volvió a negar con la cabeza, apretando la mandíbula por sus adentros.

Un error garrafal de la primera patrulla.

Con las pisadas de los agentes por la noche y los paseos de Elena y John al amanecer, aquel terreno  estaba ya completamente contaminado.

Cualquier rastro sutil de calzado o huella de animal que hubiera podido servir como prueba había quedado prácticamente destruido.