CAPÍTULO 7 La espera más larga #2
—Además —continuó Elena, visiblemente frustrada mientras trataba de explicarse—, la puerta tiene una bisagra de seguridad bastante dura.
No se cierra sola por corrientes de aire ni se ajusta por un simple roce; hay que empujarla con firmeza y hacer algo de fuerza para que encaje el resbalón y quede cerrada del todo.
Si Joshua salió al jardín a investigar, ¿por qué iba a tomarse el trabajo de empujar la puerta con fuerza tras de sí, sabiendo que no tenía manilla exterior para regresar y que se quedaría cerrado fuera?
Mark se pasó la mano por la calva, procesando la incoherencia.
Aquel detalle desmontaba cualquier teoría simplista de un descuido rutinario.
Si la puerta estaba cerrada a presión y sin acceso exterior, o bien alguien la había cerrado tras la salida de Joshua...
o alguien la había empujado deliberadamente desde el interior de la casa.
—Interesante... —murmuró Mark, con el brillo analítico avivándose en sus ojos cansados—. Vamos a echarle un vistazo de cerca a esa puerta.
Los tres caminaron en silencio hacia el garaje. El espacio, amplio y de aire helado, donde el olor a gasolina y herramientas dominaba el ambiente.
John y Elena se quedaron a un par de pasos de distancia mientras el detective se aproximaba al portón grande del garaje.
Como en muchas viviendas residenciales de la zona, la enorme estructura metálica incorporaba una puerta peatonal integrada: un acceso pequeño pensado para entrar y salir a pie sin necesidad de accionar el mecanismo automatizado del portón entero.
Mark se acercó a la puerta peatonal y la inspeccionó minuciosamente.
Efectivamente, tal y como Elena le había explicado, la cara interior contaba con una manilla metálica convencional y un pestillo manual.
Sin embargo, al abrirla un par de pulgadas para examinar el perfil exterior, comprobó que por fuera solo había una placa lisa, sin pomo ni manilla de ningún tipo.
Alguien en el exterior no tenía forma de accionar el mecanismo si no llevaba una llave.
El detective empujó la puerta hacia afuera y luego la soltó suavemente para comprobar el recorrido de las bisagras.
La puerta no regresó a su sitio. Tenía un sistema de muelle y bisagra de seguridad pesado, de retención dura, diseñado para evitar portazos violentos con el viento.
Mark volvió a sostenerla y la acompañó hacia el marco: para que el resbalón encajara firmemente en el cerradero y la puerta quedara del todo cerrada, era necesario aplicar una fuerza deliberada y constante con la mano.
Pasó los dedos por los bordes del marco, la cerradura y la pintura exterior buscando muescas de palanca, rasguños de herramientas o profundas marcas de garras si la hipótesis del oso hubiera tenido recorrido.
La puerta estaba impoluta, intacta. Nadie había forzado la entrada desde fuera, ni ningún animal de gran tamaño había embestido el metal.
—Tenía usted toda la razón, Elena —dijo Mark con voz grave, soltando la puerta tras escuchar el clac metálico del encaje—. Esta puerta no se cierra por corriente ni por un simple descuido al salir rozando el marco. Hay que empujarla a propósito para que encaje.
Mark se giró despacio hacia ellos, con el rostro serio y la mirada clavada en la cerradura.
—Si su marido salió a echar un vistazo rápido fuera, es muy difícil explicar por qué se molestó en empujar la puerta con fuerza tras de sí, sabiendo que se dejaba la vía de regreso bloqueada por fuera...
A menos que alguien lo hiciera desde dentro.
O que alguien lo estuviera esperando al otro lado y la empujara tras él.
Elena tragó saliva y palideció, sintiendo un escalofrío helado que nada tenía que ver con la temperatura del garaje.
—¿Llevaba teléfono móvil, llaves , documentación, cartera, efectivo. algún tipo de linterna cuando salió? —preguntó el detective, fijando sus ojos cansados en la joven.
Elena negó con la cabeza, con la angustia reflejada en cada gesto.
—No. Se dejó el teléfono en la mesilla del salón y toda su documentación, la cartera etc esta aqui no se llevo nada.
Salió en chándal de andar por casa y playeras...
Y las llaves suyas están junto a las mías colgadas en el cuadro de la entrada; de hecho, solo tenemos esas copias en toda la casa —explicó, señalando levemente hacia el recibidor—.
Pretendía tardar diez segundos, solo quería asomarse a ver qué pasaba.
Mark asintió con lentitud, guardando la respuesta en su cabeza.
Salir a la intemperie , en plena madrugada, sin abrigo, con calzado de estar por casa, sin teléfono y sin las llaves para poder volver a entrar por la puerta principal.
Aquello ya no encajaba con un simple paseo o un despiste voluntario; cada detalle reforzaba la idea de que Joshua había cruzado el umbral convencido de que volvería a entrar de inmediato, o de que alguien lo había interceptado antes de poder dar el segundo paso.
Mark anotó el dato, subrayado dos veces. Un hombre no se marcha voluntariamente en mitad de la noche, sin abrigo ni teléfono, sin cartera.
Mark echó un vistazo rápido alrededor del garaje. Junto a la zona de herramientas y varios armarios de almacenaje, descansaba un voluminoso coche todoterreno. El detective señaló el vehículo con la barbilla y miró de nuevo a la joven.
—Dígame, Elena... ¿tienen algún otro vehículo? ¿Algún coche secundario en el que Joshua pudiera haberse marchado?
—No, no tenemos ningún otro coche —respondió Elena con rotundidad—. Tampoco tenemos moto, ni siquiera bicicletas. Nuestro único medio de transporte familiar es ese 4x4. Y como puede ver, sigue aparcado ahí mismo desde que Joshua regresó del trabajo ayer por la tarde.
El detective dio un par de pasos hacia el todoterreno y apoyó una mano sobre el capó helado.
Todo encajaba de una forma incómoda: Joshua no se había ido conduciendo su coche, no tenía otro vehículo a su disposición, no llevaba abrigo, ni teléfono, ni llaves, y vestía simplemente un chándal y playeras de andar por casa.
La teoría de una huida espontánea o voluntaria se desmoronaba por momentos.
Nadie planea desaparecer en mitad de una noche helada de Nochebuena caminando a pie por una urbanización apartada e incomunicado.
Mark soltó un largo suspiro que se convirtió en una leve nube de vapor en el aire frío del garaje.
—¿Ocurrió algo ayer, día 24, que estuviera fuera de lo habitual en la rutina de su marido? —preguntó el detective Mark, observándola con atención mientras tomaba notas.
Elena reflexionó un instante antes de responder, buscando en su memoria cualquier detalle relevante de las últimas horas.
—No, la verdad es que no... Joshua casi siempre viene directo a casa en cuanto termina de trabajar.
Sin embargo, ayer al mediodía pasó primero por el centro comercial para hacer unos recados.
De hecho, llegué a llamarle por teléfono porque se estaba retrasando más de la cuenta y yo me estaba agobiando sola con los niños.
Al cogerlo, me confirmó que seguía allí y que se volvía ya para casa.
Aparte de eso, no hubo absolutamente nada fuera de lo habitual.
—¿Sobre qué hora estuvo exactamente en el centro comercial? —preguntó Mark, sin levantar la vista de su libreta.
—Le llamé alrededor de las dos del mediodía y a las dos y media llegó aquí. Supongo que si salió a las doce y media de trabajar, llegaría al centro comercial a eso de la una y estaría una hora haciendo las compras.
—¿Y qué compró su marido? —quiso saber el detective.
—Chorradas navideñas... perdón, quiero decir, adornos para la casa y el jardín. Cosas de estilo navideño. Es que yo, la verdad, no soy muy fan de estas fiestas; es más por los niños.
—¿En qué trabaja su marido? —preguntó el detective Mark, con el bolígrafo preparado sobre la libreta.
—Es arquitecto —respondió Elena, acomodándose la chaqueta mientras intentaba mantener la calma—. Ahora mismo estaba trabajando en un proyecto grande, supervisando una obra en Brooklyn.
—Entiendo. ¿Y usted a qué se dedica? ¿No está trabajando actualmente?
—Sí, trabajo en una cafetería en el centro, pero tengo dos semanas de vacaciones. En teoría, me debería reincorporar este 1 de enero por la tarde.
Mark hizo un breve trazo en el papel antes de continuar escuchándola.
—Con el tema de los niños, Joshua y yo intentamos coordinar siempre las vacaciones para que nunca se queden solos y haya uno de los dos en casa —añadió Elena, buscando explicarse mejor—.
Hasta ahora nos apañábamos bastante bien, y como el bebé es aún muy pequeño y nos concedieron unos días más de permiso, habíamos podido encajar los turnos sin problemas.
Pero la verdad es que ya estábamos mirando para contratar a una canguro a partir de este próximo año; con los horarios de los dos, empezábamos a verlo bastante complicado.
—De acuerdo —dijo Mark, asintiendo lentamente mientras lo anotaba todo en su agenda.
Mark, que ya había hecho un pequeño reconocimiento de la propiedad y del vecindario nada más llegar, sabía perfectamente que aquella casa no era precisamente barata. Ni la vivienda ni la zona residencial en la que se levantaba.
Por eso, cuando Elena le dijo que trabajaba en una cafetería, al detective le extrañó.
Era una simple cuestión de números: el sueldo de una camarera jamás daría para mantener semejante nivel de vida.
Sin embargo, al encajar la pieza de que Joshua era arquitecto, la ecuación económica cobró sentido al instante.
Era el sueldo de su marido el que permitía aquel ritmo.