CAPÍTULO 7 La espera más larga
La noche en la residencia de los Miller había sido un auténtico calvario.
No fue hasta casi las dos y media de la madrugada cuando John logró que Sara y Alex, exhaustos por el ajetreo y la extraña atmósfera que se respiraba en la casa, se quedaran finalmente dormidos en sus camas.
Los pequeños aún continuaban durmiendo, vencidos por el cansancio de haberse acostado a horas tan intempestivas.
Sin embargo, para Elena y su padre, la noche no había existido.
Ambos la habían pasado en completo velo, en silencio, apretando el teléfono con las manos heladas por la incertidumbre y acercándose a las ventanas a cada instante para vigilar el jardín, con la desesperada esperanza de ver aparecer la silueta de Joshua regresando del frío.
Pero el amanecer llegó y la luz del día no trajo consuelo alguno: Joshua seguía sin aparecer.
A medida que el sol terminaba de salir, los nervios de Elena se desbordaron en una espiral de hipótesis angustiosas.
¿Y si había tropezado y estaba malherido en mitad de la vegetación?
¿Y si aquel supuesto oso merodeador lo había atacado y arrastrado hacia la frondosidad del bosque cercano?
Presa de un impulso desesperado, Elena llegó a ponerse la chaqueta dispuesta a adentrarse sola en la arboleda para buscarlo.
—¡Elena, no! De ninguna manera —la frenó tajantemente John, sujetándola de los brazos—.
Si hay un animal salvaje o cualquier otro peligro ahí fuera, no voy a permitir que te expongas.
Los niños te necesitan aquí. Tienes que calmarte y dejar que sea la policía quien se ocupe de rastrear la zona cuando lleguen.
Derrotada, Elena volvió a llamar varias veces a la centralita de emergencias, exigiendo saber a qué hora se presentarían en su domicilio.
A las nueve de la mañana, reuniendo el poco valor que le quedaba, decidió volver a marcar el número de sus suegros. Esta vez, al otro lado del teléfono, descolgaron al primer tono. Pero la conversación estuvo muy lejos de aportar el arropo que Elena necesitaba.
—¿Cómo que Joshua lleva desaparecido desde anoche? —exclamó su suegra con voz alterada y recriminatoria—. ¿Por qué demonios no nos habéis avisado inmediatamente?
—Os llamamos de madrugada, pero no lo cogisteis... —intentó explicarse Elena, sintiendo que el nudo en la garganta se le apretaba aún más—. Pensamos que estabais durmiendo y...
—¡Una noticia así es demasiado importante como para dejar correr las horas, Elena! —la interrumpió su suegro al coger el auricular, con un tono marcadamente hostil—. ¡Tendríais que haber seguido insistiendo hasta que despertásemos!
Elena no tuvo fuerzas ni ganas de entrar en discusiones. Aguantó el reproche en silencio mientras sus suegros, tajantes y sin ocultar su malestar, le anunciaban que preparaban las maletas en ese mismo instante para coger el primer vuelo disponible y plantarse en la casa.
Al colgar, Elena dejó caer el teléfono sobre la mesa del salón y se cubrió el rostro con las manos, al límite de sus fuerzas.
Elena caminó hacia la cocina, arrastrando los pies y sintiendo un vacío punzante en el estómago.
Sabía que debía comer algo para sostenerse en pie, aunque la angustia se lo cerrara por completo.
Agarró un tarro de galletas de la despensa y se sentó en la mesa, dispuesta a obligarse a tragar un par de bocados antes de que llegara el agente encargado de la investigación.
Apenas acababa de destapar el bote cuando el sonido de un motor interrumpió el silencio exterior.
Elena se asomó rápidamente por la ventana y vio un sedán azul sin distintivos oficiales que aparcaba junto a la acera, justo delante de la entrada.
Del vehículo descendió un hombre maduro, enjuto, vestía una sobria gabardina oscura y portaba esa serenidad característica de los agentes con años de experiencia en la espalda.
Tenía todas las pintas de ser el detective que estaba esperando.
Sin pensarlo dos veces, Elena dejó las galletas sobre la mesa, cruzó el pasillo a paso ligero y abrió la puerta principal, saliendo a esperarlo al porche cubierta apenas con su jersey. John se situó de inmediato a su lado para transmitirle apoyo.
Al cruzar el jardín, Mark se fijó detenidamente en el estado de los adornos.
Las figuras se veían limpias, impecables, recién colocadas el día anterior.
Sí que había alguna que yacía tumbada sobre el césped, pero se notaba que había sido a causa del trajín apresurado de los primeros policías que acudieron a registrar la zona unas horas antes.
Ninguna de las piezas estaba rota ni presentaba impactos.
Todo estaba intacto, una estampa pulcra que descartaba por completo que en aquel jardín se hubiera producido un forcejeo o una trifulca violenta.
El detective subió los escalones del porche, se detuvo frente a ellos y extendió la mano hacia la joven con un gesto firme y profesional.
—¿La señora Elena Miller? —preguntó con voz grave y pausada.
—Sí, soy yo —respondió Elena, estrechándole la mano mientras sentía un nudo en la garganta—. Y este es mi padre, John.
Mark se giró hacia el hombre mayor y le ofreció también su mano en un apretón firme.
—Encantado de conocerles —dijo el detective, dirigiéndoles una mirada atenta que ya comenzaba a procesar cada detalle de la escena—.
Soy el detective Mark. Siento mucho la situación por la que están pasando.
Si me lo permiten, me gustaría hacerles unas cuantas preguntas para entender qué ha ocurrido exactamente aquí.
Mark sacó una pequeña libreta de notas de uno de los bolsillos interiores de su gabardina y un bolígrafo gastado. Los invitó con un gesto sobrio a entrar en la vivienda para protegerse del aire helado de la mañana, asegurándose de cerrar bien la puerta tras de sí.
Se sentaron en la mesa del salón. Elena sostenía una taza de café caliente entre las manos únicamente para calentarse los dedos, mientras John permanecía de pie tras ella, con los brazos cruzados y atento a cada movimiento del detective.
Mark no anduvo con rodeos, pero mantuvo en todo momento un tono calmado, casi clínico, diseñado para extraer datos precisos sin alterar aún más a la joven madre.
—Señora Miller, voy a pedirle que haga un esfuerzo y me detalle los hechos con la mayor exactitud posible. Los pequeños detalles son los que suelen marcar la diferencia —comenzó Mark, apoyando los antebrazos en la mesa
—. Empecemos por el principio —dijo Mark, anotando el dato en su libreta—. Y dígame, Elena, ¿por qué salió su marido exactamente fuera de casa en mitad de la noche?
Elena se acomodó la chaqueta, buscando recuperar un poco el aire antes de responder.
—Porque escuchó un ruido —explicó ella, mirando al detective fijamente—.
Estábamos en el salón y Joshua escucho un ruido fuera, en el jardin pensó que tal vez un animal había tirado algún cubo de basura o que algo se había caído en el jardín, así que dijo que saldría solo un segundo a echar un vistazo.
Mark tomó nota en silencio, asintiendo despacio, levantó la vista de la libreta, clavando sus ojos grises en los de Elena con una curiosidad inquisitiva pero suave.
—Y dígame, Elena... ¿usted también escuchó ese ruido?
Elena negó levemente con la cabeza, esbozando una mueca de cansancio acumulado.
—No, la verdad es que no —confesó, cruzando los brazos sobre el pecho—.
Llevaba casi toda la tarde con una migraña.
Justo un rato antes me había tomado una pastilla bastante fuerte y andaba ya un poco adormecida, pesada...
Fue un día larguísimo con los preparativos de la cena y los niños.
De hecho, estábamos a punto de apagar la televisión e irnos a la cama cuando él dijo que había oído algo fuera.
Mark hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza mientras anotaba el detalle en su cuaderno. Una percepción alterada por el cansancio y los medicamentos explicaba por qué ella no había reaccionado al mismo estímulo que su marido.
¿A qué hora exactamente escuchó Joshua el ruido fuera y qué estaba haciendo la familia en ese momento?
—Eran sobre las once y media de la noche —respondió Elena, tragando saliva—
—Bien. ¿Joshua le dijo algo concreto antes de salir? ¿Notó en él alguna actitud extraña, nerviosismo previa o algo fuera de lo común a lo largo del día?
—No, para nada. Simplemente me dijo: «Voy a ver qué ha sido eso, seguro que es un animal». Estaba completamente tranquilo, con su tono de siempre.
Mark tomó nota rápidamente y levantó la vista.
—¿Por qué puerta salió concretamente?
—Salió por la puerta peatonal que conecta la cocina con el garaje y, desde allí, al jardín —explicó Elena apresuradamente—.
Cuando vi que tardaba, salí a buscarlo, la puerta del garaje estaba cerrada.Supongo que él la empujó al salir o...
no lo sé, pero no tenía sentido que estuviera echada por fuera si él no había vuelto a entrar.
Mark se detuvo un instante antes de avanzar hacia el pasillo y miró a Elena con la ceja sutilmente arqueada.
—Espere un momento... Si he entendido bien , la puerta del garaje estaba cerrada cuando usted fue a buscarlo.
—Exacto —asintió Elena, señalando en dirección al paso hacia el garaje—.
Y eso es lo que no tiene ningún sentido.
La puerta que da al exterior tiene un sistema de seguridad: cuando sales y se cierra, por la parte de fuera no hay manilla.
Es decir, para volver a entrar hace falta la llave o que alguien te abra desde dentro.
El detective tomó buena nota mental del detalle, cruzando los brazos sobre el pecho.