CAPÍTULO 6 El hombre de los ojos cansados
Mark tenía cincuenta y ocho años y una mirada que parecía haberlo visto todo.
Tras más de tres décadas haciendo cumplir la ley —muchas de ellas en las calles más duras de Nueva York—, sus ojos grises reflejaban ese poso imborrable de cansancio que solo dejan años de tratar con lo peor de la naturaleza humana.
Era completamente calvo, llevaba una barba corta salpicada de canas y vestía con la sobriedad clásica de los viejos sabuesos: gabardina oscura, traje gris algo desgastado y una corbata ligeramente aflojada en el cuello.
Vivía solo. El divorcio, firmado hacía ya casi dos décadas, se había llevado consigo gran parte de su vida familiar.
Mark recordaba con claridad la época en la que su vida tomó aquel rumbo definitivo.
Él y su exmujer habían superado ya la barrera de los treinta y cinco años cuando decidieron dar el paso y convertirse en padres.
La realidad, sin embargo, era que la pareja jamás había atravesado un periodo de verdadera plenitud.
Sus discusiones eran tan constantes como destructivas, llevando la convivencia al límite de forma recurrente y dejando la sombra del divorcio flotando sobre la mesa en más de una ocasión.
A pesar de las grietas cada vez más evidentes en la relación, el embarazo llegó y finalmente nació su hijo.
Pero un hijo no arregla un matrimonio roto.
Apenas dos años después del nacimiento del pequeño, y conscientes de que la convivencia no conducía a ninguna parte, tomaron la inevitable decisión de poner fin a su matrimonio.
Tras el divorcio, la custodia del niño quedó en manos de la madre, pero Mark se juró a sí mismo no convertirse en un padre ausente.
Pese a las lógicas barreras de la distancia, la separación y un trabajo absorbiendo cada hora de su tiempo, nunca descuidó su papel.
Organizó su vida para ir a visitarlo todas las semanas sin falta, se lo llevaba de vacaciones siempre que tenía oportunidad y se desvivía por estar presente en cada etapa de su crecimiento.
Podía haber fracasado como esposo, pero estaba decidido a ser un padre impecable.
Su hijo, que ahora tenía veintitrés años y estudiaba en la universidad .
A estas alturas de su vida, Mark estaba, literalmente, casado con su trabajo.
Y cuando no estaba resolviendo casos, su único refugio era el campo de golf, el único lugar donde lograba desconectar la mente golpeando una bola blanca bajo el cielo abierto.
La Navidad nunca había sido su época favorita del año.
De hecho, detestaba la nostalgia forzada de las fiestas.
Prefería mil veces estar sepultado bajo una montaña de expedientes o patrullando calles heladas que sentado frente a un televisor recordando lo que un día fue su hogar.
Trabajar en Nochebuena y Navidad no era un castigo para él; era su manera de mantenerse entretenido y anestesiar la soledad.
Al llegar a la comisaría a primera hora de la mañana, se sirvió una taza de café negro tan cargado como de costumbre y se acomodó en su mesa.
Sobre el escritorio le esperaba el informe preliminar redactado por los dos jóvenes patrulleros que habían acudido al domicilio de los Miller unas horas antes.
Mark se colocó las gafas de lectura y ojeó las notas por encima, repasando los detalles: Varón de 36 años... sale a revisar un ruido a las 11:30 PM... puerta del garaje cerrada desde el exterior ... teléfono móvil y documentación dentro de la casa.... sin rastro de lucha ni huellas en el exterior.
El detective dejó escapar un resoplido de aire por la nariz y esbozó una mueca torcida mientras daba un sorbo a la taza humeante.
—Vaya... Qué raro —murmuró para sí mismo, ajustándose las gafas—. Empezamos bien las fiestas.
Mark disfrutaba de un privilegio que muy pocos tenían en aquel departamento.
Mientras la mayoría de los detectives compartían un amplio espacio diáfano repleto de escritorios ruidosos, teléfonos sonando sin cesar y tecleos apresurados, él disponía de un despacho propio.
La pequeña oficina, con paredes de cristal opaco que lucían su nombre grabado en la puerta, era una concesión ganada a pulso tras décadas de servicio impecable, resolución de casos complejos y galones acumulados en las calles.
Un refugio privado donde podía concentrarse sin el caos habitual de la comisaría.
Estaba terminando de abrocharse la gabardina y recogiendo las llaves de su coche de la mesa cuando la puerta de su despacho se abrió de nuevo. Una de las agentes de guardia, que trabajaba en las mesas de la sala común, asomó la cabeza con una carpeta en la mano y rostro de resignación.
—Detective Mark... La señora Elena Miller ha vuelto a llamar a la centralita —anunció la agente—. Dice que lleva toda la noche en vela esperando y que quiere saber a qué hora va a llegar el detective a su casa. Está muy alterada, insiste en que su marido sigue sin aparecer.
Mark suspiró despacio, ajustándose el cuello del abrigo mientras cogía la libreta de notas de los patrulleros.
Entendía perfectamente la desesperación de esa joven madre de veintiséis años; pasar la Nochebuena a ciegas, con dos niños pequeños en casa y sin noticias de su esposo era un infierno que no le desearía a nadie.
—No te preocupes, Sarah —dijo Mark con su habitual voz grave y pausada, rodeando el escritorio—. Dile que voy de camino. Estaré en su puerta en veinte minutos.
Salida la agente a dar la réplica por teléfono, Mark apuró el último trago de su café negro ya frío, apagó la luz de su despacho y cruzó la sala común con paso firme. La mañana de Navidad acababa de empezar y el misterio de la familia Miller lo estaba esperando.
Mark encendió el motor de su sedán azul sin distintivos y salió del aparcamiento de la comisaría.
No llevaba la sirena ni las luces puestas; a esas horas de la mañana, el tráfico de la ciudad era prácticamente inexistente.
Como le resultaba insoportable estar sin hacer nada mientras conducía, echó mano del manos libres e impulsivamente marcó el número de su compañero de placa, Robert.
Robert tenía cuarenta y cinco años, estaba felizmente casado y tenía dos hijos. A diferencia de Mark, él sí que adoraba estas fechas y había pedido una semana entera de vacaciones para pasar la Navidad y el Fin de Año reunido con los suyos.
Al tercer tono, la voz animada de Robert resonó por los altavoces del coche.
—¿Mark?
—Felices fiestas, Robert —dijo Mark con su habitual tono grave mientras maniobraba en una curva.
—Gracias, amigo —respondió Robert al otro lado con un tono jovial y guasón—. Aunque sé lo mucho que te cuesta decir esas palabras... Tú no eres precisamente el mayor fan de la Navidad.
Mark dejó escapar una leve carcajada por la nariz.
—Cómo me conoces... —admitió, acomodándose en el asiento—. Te llamaba para desearte unas felizes fiestas , pero también para distraerme un poco. Voy de camino a una urbanización en las afueras por la desaparición de un tipo. La mujer lleva en vela toda la noche.
—¿Ah, sí? —preguntó Robert, de fondo se escuchaba el murmullo lejano de una televisión y risas infantiles—.
¿No será la típica fuga navideña? Ya sabes cómo son estas fechas, Mark.
Las discusiones de pareja en Nochebuena se desmadran y alguno decide salir a dar un paseo para desahogarse y termina metido en un bar o en casa de un amigo.
Lo más seguro es que aparezca en un par de días pidiendo perdón.
—Puede que tengas razón, suele pasar —coincidió Mark, Por cierto, ¿cuándo volvías exactamente al trabajo?
— Después de Año Nuevo. El 2 de enero me tienes de vuelta al pie del cañón.
—Perfecto. Espero que para cuando regreses ya tenga este caso más que solucionado y archivado —dijo Mark con una sonrisa irónica—. Lo más probable es que sea justo lo que tú dices: un enfado tonto y una espantada de Nochebuena. Disfruta de la familia, Robert.
—Lo haré. Cuídate en la carretera, Mark. Felices fiestas.
Se despidieron y la llamada se cortó, devolviendo el silencio al habitáculo.
Mark volvió a concentrarse en la conducción, atento a las indicaciones del GPS para tomar el desvío hacia la urbanización.
Nunca había tenido que patrullar esa zona residencial; era un barrio acomodado, tranquilo y apartado del bullicio urbano, el tipo de lugar donde habitualmente nunca pasaba nada.