La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 5 La sombra de la duda #2
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CAPÍTULO 5 La sombra de la duda #2

Los dos agentes intercambiaron una mirada rápida antes de volver a dirigirse a Elena.

—Señora, si nos permite el paso, nos gustaría hacer un breve registro dentro de la vivienda.

—¿Un registro? ¿Para qué? —preguntó Elena, sorprendida.

—Usted nos ha dicho que la puerta del garaje estaba cerrada por dentro —argumentó el agente más joven, sosteniendo su libreta—. Entonces, ¿está completamente segura de que su marido llegó a salir de la casa?

A Elena se le encendió la sangre. La insinuación de que Joshua pudiera estar escondido o de que ella se lo estuviera inventando fue la gota que colmó el vaso para sus nervios al límite.

—¡No tengo la certeza absoluta de dónde está ahora mismo! —respondió elevando el tono de voz, con las lágrimas a flor de piel—. ¡Pero si mi marido escucha un ruido fuera, me dice que sale a investigar y se encamina a la salida, lo lógico es que saliera al jardín!

Los policías volvieron a mirarse en silencio, notando la evidente alteración de la mujer, y decidieron actuar para descartar cualquier otra hipótesis.

—Está bien, tranquilícese. Vamos a echar un vistazo dentro solo por protocolo, para comprobar que no haya indicios de algún altercado o alguna anomalía.

Los agentes entraron en la vivienda. Lo primero que hicieron fue bajar las escaleras hacia el sótano.

Aunque encendieron la luz principal, ambos mantuvieron sus potentes linternas encendidas, barriendo rincón por rincón, inspeccionando tras los muebles viejos y las cajas almacenadas para no dejarse el menor detalle. Todo estaba en perfecto orden.

Subieron de nuevo y procedieron a revisar la planta baja.

Recorrieron el pasillo, la cocina, la despensa y, al pasar por el salón, atenuaron la rigidez de su postura para esbozar una sonrisa comprensiva hacia Alex y Sara.

Los niños continuaban en el sofá junto a su abuelo John, quien hacía todo lo posible por mantenerlos distraídos frente a los dibujos animados de la televisión y aislarlos del drama que se vivía en la entrada.

A continuación, los agentes subieron al primer piso, inspeccionando los dormitorios y los baños con la misma minuciosidad. Tampoco hallaron la menor pista ni signo de violencia.

Fue al bajar de nuevo las escaleras cuando uno de los oficiales recordó un detalle del exterior.

—Compañero... la escalera metálica sigue apoyada en el lateral de la fachada.

Decidieron salir una vez más al jardín. Aunque al ser un tejado prácticamente plano bastaba con subir un par de peldaños y asomar la cabeza para tener una vista completa de la cubierta, los agentes prefirieron no dejar nada al azar.

Subieron hasta arriba y caminaron unos pasos sobre la superficie, barriendo la estructura con sus luces.

Pero el tejado, que los se había reformado por completo hacía apenas cinco años y se encontraba en perfecto estado, estaba completamente desierto.

Al bajar de la escalera, el agente al mando guardó la linterna en el cinturón y sacó su libreta para hacer una última anotación.

—Bien, por nuestra parte hemos completado la inspección preliminar de la propiedad —anunció el oficial.

Elena los miró con incredulidad, sintiendo que el suelo se le hundía bajo los pies.

—¿Cómo que han completado la inspección? ¿Os vais a marchar ya? ¿Qué pasa con mi marido?

El agente adoptó un tono más suave, buscando mantener la profesionalidad ante el evidente dolor de la mujer.

—Señora Miller, nosotros somos una patrulla de primera respuesta.

Hemos asegurado el perímetro y comprobado que no existe una amenaza inminente en la propiedad.

A partir de este momento, al tratarse de una desaparición de un adulto sin indicios claros de violencia en la escena, el caso pasa a manos del Departamento de Investigación Criminal.

Mañana a primera hora de la mañana se personará aquí un detective de la policía local, que es la persona especializada en llevar este tipo de investigaciones.

Él le tomará una declaración mucho más detallada y coordinará los siguientes pasos.

Los agentes se despidieron con un gesto sobrio, subieron al coche patrulla y pusieron en marcha el motor. Mientras el vehículo giraba despacio en la calzada para emprender la marcha, Elena, su padre John y los dos niños se quedaron de pie junto a la entrada, envueltos en el frío de la noche.

Fue entonces cuando Elena levantó la vista y barrió la calle con la mirada.

Las luces rojas y azules de la patrulla habían actuado como un reclamo en la oscuridad de la urbanización.

A lo largo de la calzada, en las aceras e incluso en los porches de las casas más cercanas, varias siluetas recortadas contra la penumbra permanecían de pie observando la escena.

Eran los vecinos del barrio que, a pesar de ser casi las dos de la mañana, habían salido de sus casas envueltos en mantas y abrigos gruesos, atraídos por el estrépito de la emergencia.

Se apreciaban rostros de absoluta extrañeza, murmullos entrecruzados y miradas de desconcierto dirigidas hacia la fachada de los Miller. Nadie entendía muy bien qué estaba sucediendo en una noche tan señalada.

El coche de policía aceleró por la calle principal, dejando tras de sí un leve destello rojizo sobre el asfalto helado, hasta que dobló la esquina al final de la vía y desapareció en la distancia.

Elena permaneció inmóvil unos segundos más, sintiendo las miradas curiosas de la vecindad clavadas en ella mientras el silencio nocturno volvía a apoderarse de la calle.

John le rodeó los hombros con el brazo con delicadeza, impulsando a entrar de nuevo en la casa para cerrar la puerta y guarecerse de la mirada del vecindario y del helado aire de la madrugada.

Elena se giró hacia su padre con la mirada abatida y el rostro fatigado.

—Papá... ¿puedes hacer tú la llamada a mis suegros, por favor? —le suplicó con la voz rota—. No me quedan fuerzas para volver a contar todo esto desde el principio... y menos a ellos.

John asintió en silencio, sacó su teléfono y marcó el número de los padres de Joshua. Dejó sonar el tono durante casi un minuto, pero nadie descolgó al otro lado. A esas horas de la madrugada, lo más probable era que sus suegros estuvieran profundamente dormidos y con los teléfonos en silencio.

—No lo cogen, Elena —dijo John, guardando el móvil—. Será mejor dejarlo para mañana a primera hora. Con un poco de suerte, para cuando hablemos con ellos ya tendremos alguna novedad o alguna respuesta de la policía.

Elena suspiró, sintiendo que el peso del agotamiento la vencía por completo.