La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 5 La sombra de la duda
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CAPÍTULO 5 La sombra de la duda

El salón de los Miller se había convertido en un refugio impregnado de tensión.

Con Margaret instalada en el sofá haciendo compañía a Sara y Alex —quienes continuaban hipnotizados frente a la pantalla de la televisión sin ser del todo conscientes del pánico latente—, Elena cogió su teléfono móvil de la mesilla auxiliar.

Con las manos temblando sin control, cruzó de nuevo el pasillo hacia el exterior acompañada por Tom.

Al salir al jardín, el aire helado de la noche le azotó el rostro, pero Elena apenas lo sintió; la adrenalina y la angustia reprimida le aceleraban el pulso. Presa de un profundo nerviosismo y sin apartar la vista de las sombras de los árboles, marcó el número de emergencias.

—Mi... mi marido ha desaparecido —logró articular Elena, sujetando el teléfono con ambas manos para contener el temblor de su voz—. Salió al jardín hace casi una hora a revisar un ruido y no ha vuelto. Lo he buscado por toda la propiedad y no hay ni rastro de él.

—Mantenga la calma, señora. ¿A qué hora exactamente lo vio por última vez? —preguntó la operadora mientras se escuchaba el tecleo rápido al otro lado de la línea.

—Eran las once y media. Escuchó un golpe fuera, pensó que se había caído un cubo de basura y salió un segundo a mirar... ¡No responde a mis gritos!

—Comprendo. Déjeme tomar sus datos y la dirección exacta —dijo la chica de la central—. Señora, ¿se encuentra sola en la vivienda en este momento o necesita asistencia médica?

—No, no estoy sola —respondió Elena rápidamente, mirando a Tom, que permanecía a su lado iluminando el camino con la linterna de su móvil—.

Estoy acompañada por dos vecinos y mis dos hijos pequeños están dentro de la casa.

Por favor, dense prisa... Tememos que haya podido sufrir un ataque de algún animal salvaje.

Han estado viendo un oso por el vecindario estos días.

—Entendido. Manténganse todos dentro de la propiedad, en un lugar seguro y con las puertas bien cerradas. Ya he cursado el aviso a la patrulla de la zona. Una unidad móvil se dirige hacia su domicilio en este momento.

—Gracias... por favor, no tarden —suplicó Elena antes de colgar.

Al cortar la llamada, Elena se llevó la mano a la frente, sintiendo una punzada punzante de migraña.

Miró a Tom, cuyos ojos reflejaban la misma preocupación silenciosa que la consumía a ella.

La patrulla estaba en camino, pero el silencio absoluto que envolvía el jardín seguía sin ofrecer una sola respuesta.

Tom miró a Elena en cuanto esta guardó el teléfono en el bolsillo de su abrigo.

—¿Qué te han dicho en la central, Elena?

—Que se dirige una patrulla hacia aquí —respondió ella, frotándose los brazos para combatir el frío—. Pero me han remarcado que nos mantengamos todos dentro de la casa y con las puertas bien cerradas, por si hay un animal rondando por la zona.

Ambos se apresuraron a cruzar la puerta peatonal del garaje, asegurándola por dentro con el cerrojo antes de regresar al salón. Al verlos entrar, Margaret se incorporó de inmediato con la mirada llena de incertidumbre.

—¿Habéis llamado a la policía? —preguntó la anciana, intentando leer sus rostros.

—Sí, Margaret —contestó Tom con tono firme, acercándose a ella—. Una patrulla viene de camino. Nos han pedido que nos quedemos resguardados dentro con la casa bien cerrada; cabe la posibilidad de que haya un oso suelto fuera.

Al oír la palabra «oso», a Margaret se le mudó el color del rostro.

Un estremecimiento de puro pánico la recorrió al percatarse de lo expuestos que habían estado.

No solo no se encontraba en la seguridad de su propio hogar, sino que hasta ese momento ninguno de los dos había caído en la cuenta de que un animal salvaje podía estar acechando en la oscuridad de los alrededores.

Se llevó una mano al pecho al pensar que su marido, un jubilado de setenta años, había estado minutos antes deambulando a ciegas por la penumbra del jardín.

Elena, consciente de que la urbanización se encontraba a las afueras de la ciudad y que la policía aún tardaría unos minutos en llegar, sintió una acuciante necesidad de apoyo familiar. Sacó de nuevo su teléfono para llamar a su padre, John.

A esa hora, su padre continuaba despierto en su casa, celebrando la Nochebuena junto al hermano de Elena, la pareja de este y su nieto. Tras apenas un par de tonos, John descolgó el teléfono.

—¿Elena? Feliz Navidad, hija, ¿cómo va la noche?

—Papá... —la voz de Elena se quebró al instante, delatando su estado de nerviosismo—. Papá, Joshua ha desaparecido.

Un silencio tenso se apoderó de la línea antes de que John respondiera, cambiando drásticamente el tono de su voz.

—¿Cómo que ha desaparecido? ¿Qué ha pasado?

—Salió al jardín hace más de una hora por unos ruidos y no ha vuelto.

Su teléfono está aquí en la mesa, la puerta se ha quedado cerrada...

No hay ni rastro de él. Estoy en casa con Margaret y Tom, los vecinos de enfrente, que cruzaron para quedarse con los niños mientras salíamos a buscarlo, pero... la policía ya está en camino.

—Tranquilízate, Elena —la interrumpió John con voz grave y resolutiva—. Cojo el coche ahora mismo y salgo para allá. En media hora estoy en tu casa.

—Gracias, papá... Muchísimas gracias.

Elena colgó el teléfono con un profundo suspiro de alivio.

Sabía que, tarde o temprano, Margaret y Tom tendrían que regresar a su casa a descansar, y la sola idea de quedarse sola con los niños en esas circunstancias —y más teniendo que lidiar con la llegada de la policía— la aterraba por completo.

Tener a su padre en camino era el único pilar de certeza al que podía agarrarse en mitad de la pesadilla.

Tal y como Elena preveía, la policía no tardó en hacer acto de presencia. Al circular a gran velocidad con las luces de emergencia cortando la oscuridad de la carretera, la patrulla cubrió el trayecto en apenas quince minutos, precediendo a la llegada de su padre.

En cuanto el destello azul de los rotativos iluminó las ventanas del salón, Elena salió presurosa al jardín. Del coche patrulla descendieron dos agentes muy jóvenes, con el uniforme impecable y la actitud estricta de quienes acaban de salir de la academia.

—Buenas noches, señora. ¿Es usted la persona que ha llamado al 911? —preguntó el agente al mando, sacando una libreta—. ¿Qué ha sucedido exactamente?

—Sí, soy yo —explicó Elena atropelladamente, apretándose el abrigo contra el pecho—.

Estábamos en el salón viendo la televisión cuando mi marido, Joshua, oyó un ruido fuera.

Salió a investigar y sencillamente ha desaparecido.

Pensamos que ha podido ser un oso... Ha habido avistamientos de uno merodeando por la urbanización estos días.

El policía tomó nota rápidamente de cada palabra.

—Entendido. Vamos a inspeccionar el perímetro.

Sin perder un segundo, ambos agentes desenfundaron sus potentes linternas y comenzaron a rodear la vivienda, siguiendo la misma ruta que Elena y Tom habían hecho poco antes.

—Eso ya lo hemos comprobado mi vecino y yo —les advirtió Elena desde el camino, alzando un poco la voz—. No hay nada ahí fuera.

Los agentes, sin embargo, omitieron el comentario de Elena y continuaron con su marcha.

Siguiendo al pie de la letra el reglamento que les habían inculcado en la academia, revisaron metódicamente cada rincón: inspeccionaron los matorrales, bordearon el vallado y barrieron con la luz todos los puntos ciegos de la propiedad.

Pero no hallaron nada; ni una huella extraña, ni rastro de sangre, ni un solo indicio de ataque.

Al regresar a la entrada, el agente principal volvió a dirigirse a Elena mientras anotaba en su libreta.

—Señora, no vemos nada fuera de lo común. ¿A qué hora exactamente salió su marido de la casa?

—Salió sobre las once y media... —respondió Elena, echando un vistazo angustiado a su reloj—. Y ahora es casi la una de la mañana. Lleva hora y media desaparecido.

En ese preciso instante, unos faros iluminaron la calle. Un coche aparcó junto a la acera, justo enfrente de la vivienda. Elena reconoció el vehículo de inmediato: era su padre.

John bajó del coche a toda prisa y caminó hacia ellos con el rostro desencajado por la preocupación. Al ver a su hija notablemente nerviosa y temblando bajo la luz del porche, se acercó directamente hasta donde ella se encontraba junto a los agentes.

—Papá... gracias por venir —alcanzó a decir Elena con un hilo de voz.

John la agarró con delicadeza por el hombro, brindándole un firme gesto de apoyo y comprensión en mitad de aquella pesadilla.

—¿Ha aparecido Joshua? —preguntó John, mirando alternativamente a los oficiales y a su hija.

Los policías, enfrascados en sus anotaciones, no respondieron a la pregunta. El agente más joven levantó la vista de la libreta y fijó los ojos en el recién llegado.

—¿Usted quién es, caballero?

—Soy John, el padre de Elena —contestó él con voz serena pero tajante—. Me ha llamado hace media hora y he venido en cuanto he podido.

El agente asintió en silencio y comenzó a pedir los datos personales y el número de teléfono tanto a Elena como a su padre para dejarlos registrados en el parte de incidencia.

Mientras los agentes tomaban nota, Tom salió a la entrada de la casa acompañado por Margaret.

Al verlos, Elena sintió un vuelco en el corazón; con el impacto de la llegada de la policía y de su padre, se le había olvidado por un segundo que sus vecinos seguían allí esperando. Caminó rápidamente hacia ellos.

—No os preocupéis más, de verdad... Acaba de llegar mi padre —les dijo Elena, mientras un par de lágrimas silenciosas rodaban finalmente por sus mejillas—. Podéis marcharos a descansar si queréis. Muchísimas gracias por todo lo que habéis hecho por nosotros esta noche.

Tom y Margaret la miraron con profunda empatía.

—No hay nada que agradecer, cielo —dijo Tom en voz baja, reconfortándola—. Estamos justo enfrente. Para cualquier cosa que necesitéis, sea la hora que sea, solo tenéis que llamar a la puerta.