La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 4 La llamada en la oscuridad #2
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CAPÍTULO 4 La llamada en la oscuridad #2

—¡No encuentro a Joshua! —explicó Elena con la voz entrecortada por los nervios y la respiración agitada—. Oyó un ruido aquí fuera, como si hubieran tirado un cubo de basura... Dijo que salía un segundo a mirar y hace ya casi veinte minutos que no vuelve. ¡No responde a mis gritos!

Margaret y Tom intercambiaron una mirada de honda preocupación. El anciano se ajustó la bata, miró hacia la oscuridad de los pinos que bordeaban la calle y volvió la vista hacia Elena.

Un nudo de angustia amenazaba con cerrarle la garganta a Elena. La idea de alejarse de la casa  y dejarla sola con los niños dentro la paralizaba.

—¿Podrían hacerme un favor? —suplicó Elena con la voz temblorosa, mirando a la pareja—. ¿Podrían quedarse un momento con Alex y Sara dentro de mi casa? Quisiera dar una vuelta alrededor para ver si se encuentra en la parte trasera, pero no quiero dejar a los niños solos.

—Por supuesto que sí, querida, no faltaba más —respondió Margaret de inmediato, cruzando el cesped sin pensárselo dos veces mientras se abrochaba el abrigo sobre el pijama—. Entro ahora mismo con ellos. Tú tranquila.

Margaret cruzó el umbral del garaje y se adentró en la vivienda para acompañar a los pequeños en el salón, dándole a Elena una enorme tregua de tranquilidad.

Mientras tanto, Tom sacó el teléfono móvil del bolsillo de su bata, encendió la linterna integrada y ajustó la luz junto a la potente linterna de mano de Elena.

—Vamos, Elena. Te acompaño a dar esa vuelta —dijo el anciano, poniéndose a su lado.

Lo primero que hicieron de forma instintiva fue encaminarse hacia el punto donde se guardaban los contenedores de basura, tanto los de la casa de los Miller como los de las propiedades colindantes.

Para desconcierto de ambos, la escena era de un orden absoluto.

Todos los cubos metálicos y de plástico rígido estaban perfectamente alineados contra la pared, erguidos y con sus tapas cerradas.

Ninguno había sido tirado, volcado o arrastrado.

—Qué raro... —murmuró Elena, enfocando las sombras tras los contenedores—. Él estaba convencido de que había oído golpear un cubo.

—Quizá fue en el lateral o en la finca de al lado —sugirió Tom, frunciendo el ceño—. Vamos a rodear la casa.

Comenzaron a rodear la vivienda despacio, barriendo con los ases de luz las paredes de ladrillo, los grandes ventanales del salón, todo estaba en un orden pulcro y casi inquietante.

No había pisadas extrañas sobre la tierra blanda del jardín, ni ramas rotas en los arbustos, ni rastro de forcejeo o desorden.

Al pasar por el lateral de la fachada, la luz de las linternas iluminó la escalera metálica que Joshua había utilizado horas antes: seguía exactamente ahí, apoyada contra la cornisa con la misma firmeza con la que la había dejado al terminar de colocar las luces navideñas.

A los ojos de Elena, el exterior de la casa no había cambiado lo más mínimo desde esa misma tarde antes de que anocheciera. El suelo estaba despejado y la propiedad conservaba esa estampa tranquila y acogedora de siempre.

No había nada fuera de lo común. Nada que explicara la ausencia de su marido. Nada que justificase por qué Joshua había salido a ciegas a la oscuridad para esfumarse en cuestión de minutos sin dejar la menor huella.

A medida que se alejaban unos metros hacia los límites con las viviendas adyacentes, una pregunta opresiva comenzó a rondar la cabeza de Elena y del propio Tom: si no había basura tirada y nada alrededor parecía alterado, ¿qué demonios habría podido hacer que Joshua se alejara de su propia propiedad en mitad de la noche, en chándal y sin dar ninguna señal?

—Esto no tiene ningún sentido, Tom... —susurró Elena, sintiendo cómo un escalofrío helado, ajeno al frío de la noche, le recorría toda la espalda—. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Tom iluminó la zona del vallado raso que delimitaba la parcela y frunció el ceño, sacudiendo la cabeza con evidente preocupación.

—Elena... —dijo Tom de pronto, deteniéndose en seco bajo el porche—. ¿Has probado a llamarle al teléfono?

A Elena se le iluminaron los ojos. Con la prisa, el desconcierto y los nervios a flor de piel por la búsqueda, no había caído en ese detalle tan básico.

—¡Es verdad! —exclamó, sintiendo una repentina oleada de alivio—. Voy a coger el mío.

Se apresuró a entrar de nuevo en la vivienda, cruzando el garaje a paso ligero hasta llegar al salón. Margaret, que estaba sentada en el sofá vigilando a los niños mientras veían los dibujos animados, se incorporó de golpe al verla entrar tan sofocada.

—¿Sucede algo, Elena? ¿ Habéis encontrado algo? —preguntó la mujer con preocupación.

Elena no llegó a responderle. Tenía la vista fija en la mesilla auxiliar situada a la izquierda del sofá, el lugar donde habitualmente dejaba su propio teléfono. Sin embargo, al estirar la mano, se quedó completamente paralizada.

Junto a su dispositivo, descansaba la pantalla oscura del teléfono de Joshua. Su marido lo había dejado allí apoyado exactamente a las 11:30, justo antes de levantarse hacia el ventanal para investigar aquel supuesto ruido en el jardín.

Tom entró en el salón segundos después, quitándose los guantes e iluminando la estancia con la linterna del móvil.

—¿Qué sucede, Elena? ¿Lo has podido localizar?

Elena se giró despacio hacia él. Con la voz temblorosa y la mirada desencajada, señaló el aparato sobre la madera de la mesa.

—El móvil de Joshua... está aquí también. No se lo llevó.

Tom entro al salon, miró la mesa, luego a Margaret y finalmente volvió sus ojos hacia Elena, comprendiendo de golpe la gravedad de la situación.

Un hombre no sale a investigar un peligro en mitad de la noche, sin luz, sin herramientas, deja la puerta del garaje echada y se deja el teléfono en el salón.

—Creo que es mejor llamar a la policía ahora mismo —dijo Tom con firmeza, sacando su propio teléfono del bolsillo.