CAPÍTULO 4 La llamada en la oscuridad
Dieron las once de la noche cuando dieron por concluida la cena. Elena se levantó de la mesa y se dirigió con los niños hacia el salón, donde encendió el televisor y puso uno de sus programas infantiles favoritos para mantenerlos entretenidos un rato más antes de llevarlos a la cama.
Mientras tanto, Joshua se quedó en la cocina recogiendo la mesa. Retiró la vajilla, guardó las sobras y fue colocando los platos con calma dentro del lavavajillas. Una vez que dejó la estancia medianamente recogida, cruzó el arco hacia el salón para reunirse con su familia.
Al entrar, vio a Elena reclinada en el sofá con una mano apoyada sobre la sien y los ojos medio entrecerrados.
—¿Otra vez la migraña? —le preguntó Joshua con preocupación, acercándose a ella.
Elena dejó ir un leve suspiro y asintió.
—Sí... parece que me quiere volver a dar un dolor de cabeza.
En los últimos dos años, los episodios de migraña de Elena se habían vuelto sensiblemente más frecuentes e intensos.
Solían desencadenarse principalmente por dos factores: los episodios de calor extremo o las digestiones de comidas copiosas.
Y la cena de esa Nochebuena, rica en grasas y condimentos, no había sido precisamente ligera.
—¿Quieres que te traiga algo para el dolor? —se ofreció Joshua.
—No te preocupes, ya me he tomado una pastilla hace un momento —respondió ella, reclinando la cabeza sobre el respaldo—. A ver si hace efecto pronto.
Ambos se quedaron sentados en el sofá en silencio, dejando pasar los minutos para hacer la digestión antes de acostar a los niños e irse a dormir.
Mientras el programa infantil sonaba de fondo en la televisión, Joshua no prestaba demasiada atención a la pantalla; estaba absorto revisando su teléfono móvil, deslizando el pulgar por las redes sociales y los mensajes del día.
Eran exactamente las 11:30 de la noche cuando Joshua se tensó en el sofá.
Apartó la vista del teléfono, levantó la cabeza y permaneció en silencio unos segundos, escuchando fijamente hacia el exterior.
A continuación, se levantó del sofá, dejó su teléfono móvil sobre la mesilla auxiliar situada a la izquierda del asiento y caminó hacia los grandes ventanales del salón.
Elena, al notar su movimiento repentino, abrió los ojos y lo miró.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Creo que he oído algo fuera, en el jardín —respondió Joshua con la frente arrugada, pegando el rostro al cristal para intentar divisar algo en la penumbra de la noche—. Ha sonado como si alguien hubiera tirado o arrastrado un cubo de basura.
A Elena se le vino a la cabeza de inmediato la conversación del almuerzo y las imágenes del vídeo del grupo de vecinos. El oso negro.
—Voy a salir un momento a echar un vistazo —anunció Joshua, dándose la vuelta.
—Ten cuidado, por favor —le advirtió Elena, incorporándose un poco en el sofá—. Coge la linterna que está en la entrada del garaje. Y llévate algo... un palo o una llave inglesa de las del taller, por si acaso.
—Tranquila, no será nada —dijo él, restándole importancia mientras caminaba hacia el pasillo.
Elena escuchó sus pasos dirigirse hacia el garaje.
Oyó perfectamente el leve chirrido característico de la puerta peatonal de madera que conectaba el pasillo con el garaje al abrirse y cerrarse.
Sabía que Joshua saldría al exterior a través de la puerta pequeña incrustada en el portón del garaje, puesto que la puerta principal de la casa ya estaba echada con llave y cerrojo por dentro.
Pasaron los minutos. Elena permaneció recostada en el sofá, esperando oír el portón o los pasos de vuelta de su marido.
En su cabeza, salir a dar una ronda rápida alrededor del perímetro de la casa no debía llevarle más de dos o tres minutos.
Al cabo de diez minutos, supuso que Joshua se habría quedado entretenido en el garaje recolocando alguna herramienta o asegurando los contenedores.
Pero cuando el reloj marcó quince minutos desde que Joshua saliera del salón, una punzada de inquietud se sumó al sordo dolor de su cabeza.
Se levantó del sofá, cruzó el pasillo y llegó hasta la puerta del garaje.
La puerta estaba cerrada. La abrió lentamente y se asomó al interior del garaje.
El enorme 4x4 negro ocupaba casi todo el espacio, sumido en una densa penumbra.
Elena se detuvo en seco, extrañada: Joshua había apagado la luz del garaje.
Le pareció una tontería o una manía absurda haber bajado el interruptor al salir, sabiendo que solo iba a tardar un minuto fuera y que tendría que cruzar a oscuras a su regreso.
Alargó la mano hacia la pared y encendió la lámpara del techo, inundando la estancia con una iluminación blanca y fría.
Avanzó entre el lateral del vehículo y las herramientas del taller hasta llegar a la puerta peatonal incrustada en el portón exterior. Ahí fue cuando el desconcierto se transformó en una punzada de inquietud: la puerta exterior estaba cerrada.
Aquello no tenía ningún sentido. Si Joshua había salido por ahí a echar un vistazo al jardín, ¿por qué demonios la habría cerrado en su salida dejándose a sí mismo encerrado fuera?
Elena abrió la puerta. Un flujo de aire fresco le golpeó la cara. Elena sacó medio cuerpo fuera, escudriñando con la mirada la oscuridad del camino de entrada y los contornos en sombras del jardín.
—¿Joshua? —llamó con voz alta, aguardando una respuesta en mitad de la silenciosa noche.
Nadie contestó. Tan solo el murmullo lejano del viento entre la copa de los pinos rompió el absoluto silencio.
Elena volvió a meter medio cuerpo hacia el interior del garaje y giró sobre sus talones de golpe. Por un segundo, una idea absurda le cruzó la mente: ¿y si Joshua estaba escondido entre el todoterreno y la pared intentando darle un susto?
En los primeros años de relación, Joshua era dado a ese tipo de bromas pesadas de aparecer de golpe detrás de una puerta.
Sin embargo, llevaba tiempo sin hacer nada parecido; sabía de sobra que a Elena no le hacían la menor gracia esos sobresaltos y que se ponía de un humor de perros cada vez que lo intentaba.
Aún así, la sombra de la duda la hizo mirar con recelo los rincones oscuros del garaje. Pero allí no había nadie.
Al volverse hacia la mesa de trabajo, sus ojos cayeron directamente sobre el tablero de herramientas. Allí, apoyada junto a una caja de tornillos, estaba la linterna que le había recomendado llevarse.
—Maldita sea, Joshua... Te dije que te la llevaras —murmuró Elena para sí misma, con un tono entre la irritación y la inquietud.
Se acercó a la mesa y cogió la linterna.
Fue al levantarla cuando su mirada repasó el resto de la pared y el panel metálico.
Todas las herramientas grandes —el martillo pesado, la llave inglesa de fontanero y, sobre todo, una gruesa barra de hierro que Joshua guardaba siempre a mano para hacer palanca— continuaban colocadas exactamente en su sitio.
Su marido había salido a la oscuridad de la noche, con la sospecha de que un oso o un extraño andaba merodeando por el jardín, completamente a ciegas y sin la más mínima herramienta para defenderse.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Elena mientras encendía la linterna, sintiendo que la suave luz blanca comenzaba a temblar ligeramente en su mano.
Elena empujó la puerta peatonal del garaje y salió al aire frío de la noche, apretando con fuerza la linterna entre sus dedos. El potente haz de luz blanca cortó la penumbra del jardín delantero, barriendo los arbustos, el caminito de piedra y los límites del césped.
—¡Joshua! —gritó, alzando la voz todo lo que le permitían sus pulmones—. ¡Joshua, ¿dónde estás?!
Apenas daba unos pasos alejándose de la entrada, se giraba inmediatamente para mantener bajo control la puerta del garaje.
Un nudo de angustia se le agarró a la garganta: sus dos hijos pequeños estaban solos en el salón viendo la televisión y la idea de que un desconocido o el oso pudieran colarse en la casa por esa puerta abierta la aterrorizaba.
Daba tres pasos hacia el camino, alumbraba la oscuridad y volvía la vista atrás para comprobar que la entrada seguía despejada.
—¡Joshua! ¡Contesta, por favor!
Sus gritos rompió de lleno la paz de la Nochebuena en la calle. Unos segundos después, la luz del porche de la casa de al lado se encendió. La puerta principal se abrió y aparecieron Margaret y Tom.
Eran un matrimonio de jubilados rondando los setenta años, entrañables y siempre sonrientes.
Tom había trabajado toda su vida como electricista, una profesión que le había dotado de una paciencia infinita y una gran habilidad con las manos; Margaret, por su parte, había ejercido durante décadas como maestra de escuela, volcada en la enseñanza con una dulzura natural que conservaba intacta.
Sin embargo, Margaret había tenido que aceptar una jubilación anticipada debido a un problema de audición que arrastraba desde tiempo atrás y que, conforme pasaban los años, se iba haciendo cada vez más importante y notable.
Aunque no tenían una amistad profunda con los Miller debido al poco tiempo que llevaban en la urbanización, siempre intercambiaban saludos cordiales cuando se cruzaban al aparcar los coches, al hacer la compra o cuando los niños jugaban fuera.
Esa noche, la pareja la estaba pasando en soledad; sus hijos, ya adultos y con sus propias familias, tenían compromisos en otras ciudades.
A punto de meterse en la cama, Margaret y Tom habían salido al porche en pijama y con los abrigos echados por encima de los hombros, con el rostro desencajado por el desconcierto.
—¿Elena? —llamó Tom desde el otro lado de la calle, dando unos pasos cautelosos hacia la acera—. ¿Pasa algo? ¿Está todo bien?
Elena caminó hacia el límite de su propiedad sin perder de vista la entrada de su garaje y alzó la linterna hacia ellos para que la vieran.