La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 3 La ultima cena
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CAPÍTULO 3 La ultima cena

La tarde de Nochebuena transcurrió con una paz casi irreal en la urbanización. Tras el almuerzo, los niños cayeron rendidos y se durmieron una larga siesta, dando a la casa una tregua de silencio absoluto.

Elena aprovechó esas horas para concentrarse en los fogones.

No es que fuera una gran chef ni una apasionada de la alta cocina, pero se había propuesto que su primera cena de Navidad en la nueva casa saliera perfecta.

Con la tableta apoyada en la encimera y siguiendo paso a paso un tutorial de internet, preparaba con paciencia un cordero al horno que comenzaba a desprender un aroma delicioso por toda la primera planta.

En el exterior, Joshua aprovechaba la temperatura templada de la tarde para subirse al tejado con la escalera, ajustando las últimas mangueras de luces que bordeaban la cornisa.

Hacia las cinco y media, los niños se despertaron. Elena, que empezaba a necesitar concentración ante los fogones, se echó una chaqueta por encima y salió al jardín delantero. Miró hacia arriba, donde la silueta de su marido se recortaba contra el cielo anaranjado del atardecer.

—¡Joshua! —le llamó en un tono suave pero claro desde el caminito—. Los niños se han despertado. ¿Puedes bajar a entretenerlos un rato? Llévalos al parque de columpios de la urbanización, por favor. Así me das un margen para avanzar con la cena.

Joshua asintió con una sonrisa complaciente, descendió del tejado con cuidado por los peldaños de la escalera metálica que simplemente había apoyado en uno de los laterales de la casa, extendida desde el césped hasta el borde de la cornisa.

Subir hasta allí no le provocaba la más mínima inseguridad.

En su día a día como arquitecto, supervisando obras comerciales y pie de calle, estaba más que acostumbrado a lidiar con andamios de varios niveles, pasarelas provisionales y estructuras inestables.

De modo que subirse al tejado de su propia casa a colocar una guirnalda de luces navideñas no le suponía ningún esfuerzo fuera de lo común ni el menor atisbo de vértigo.

A diferencia de las tradicionales casas suburbanas neoyorquinas con tejados a dos aguas de marcada pendiente, la casa de los Miller contaba con un tejado prácticamente plano, diseñado con una ligera inclinación, lo justo para permitir el correcto drenaje del agua de lluvia hacia los canalones y desaguaderos repartidos por todo el perímetro de la fachada.

Esta baja inclinación marcaba también una diferencia crucial en el diseño interior de la vivienda.

Al no existir un volumen abuhardillado en la parte superior, la casa carecía por completo del típico desván o buhardilla.

En esta propiedad, ese hueco era sencillamente inexistente; el techo de la planta superior lindaba de forma casi directa con la estructura de la cubierta, reduciendo la casa a sus tres niveles funcionales: el sótano, la planta baja y el primer piso.

Además, esta particularidad del tejado resultaba de lo más conveniente durante las tareas de mantenimiento.

Al ser una superficie casi diáfana y plana, Joshua podía caminar por ella y trabajar con total comodidad.

Precisamente por eso, a Elena no le preocupaba en absoluto ver a su marido arriba instalando las luces navideñas; sabía que el riesgo de un resbalón o una caída aparatosa era prácticamente nulo, a diferencia de los tejados inclinados y peligrosos del resto del vecindario.

Minutos después, atravesaba el caminito de acceso a la casa cargando al pequeño Alex en brazos, mientras sujetaba firme de la mano a Sara, que no dejaba de dar saltitos de entusiasmo en dirección al parque infantil, situado a apenas tres calles de allí.

Antes de cruzar el límite de la propiedad, Joshua se detuvo un instante y se giró sobre sus talones. Miró hacia atrás para contemplar la casa.

Un profundo sentimiento de orgullo le recorrió el pecho.

Aquella construcción no era solo ladrillo y madera; era el reflejo visible de años de trabajo duro, disciplina y sacrificios personales.

Pero, sobre todo, le sobrecogió el impacto de verla envuelta en ese manto de luces cálidas y adornos festivos que tantas veces, de niño, había admirado con fascinación en las películas navideñas.

Su gran sueño —el que había perseguido con determinación desde que tenía uso de razón— de formar una familia sólida y criar a sus hijos en una casa  a las afueras, era por fin una hermosa realidad tangible.

La vivienda, construida a finales de los años 70, conservaba esa solidez estructural y ese encanto clásico característico de la arquitectura residencial neoyorquina de la época, pero con las comodidades de un hogar modernizado.

Era una propiedad de dos plantas más sótano, pensada para la vida familiar y adaptada a las necesidades de sus nuevos inquilinos.

El sótano era el reino polivalente de la casa.

Fresco e insonorizado, Joshua lo había aprovechado para instalar un pequeño gimnasio personal con pesas, una cinta de correr y un saco de boxeo.

Allí era también donde acumulaban las cajas de la mudanza que aún no habían desempacado, la ropa de fuera de temporada y todos esos artilugios de poco uso que se van acumulando con los años.

La planta baja era el verdadero corazón de la vivienda, un espacio diáfano y sumamente luminoso gracias a una profunda reforma que los anteriores propietarios habían ejecutado pocos años atrás.

Al cruzar la puerta principal de entrada, un recibidor distribuía el acceso a las distintas estancias y a la escalera central, la cual conectaba tanto con la planta superior como con el sótano.

En este primer nivel se ubicaba un aseo de cortesía, una práctica despensa, el salón, la cocina y el garaje.

El garaje era de tamaño mediano, con espacio justo para dos coches de tamaño estándar.

En el fondo, Joshua había montado un pequeño taller personal equipado con herramientas para sus proyectos de bricolaje.

Debido a las dimensiones del enorme 4x4 negro de Joshua, el vehículo ocupaba bastante más de la mitad del garaje.

Por eso, la idea de Joshua a medio plazo era vender el todoterreno para comprar un coche familiar espacioso —ideal para viajes largos con los niños— y adquirir un pequeño utilitario para Elena.

Joshua ya había tomado medidas y sabía que dos vehículos de ese tamaño encajarían perfectamente.

Sin embargo, a Elena la idea de conducir no le apasionaba en absoluto.

El tráfico denso de la ciudad y el estrés de las autopistas la agobiaban muchísimo.

Para ir a trabajar prefería mil veces la tranquilidad del transporte público; aunque le llevara más tiempo entre la caminata, el autobús y los transbordos, ese rato en el que aprovechaba para escuchar música le servía para desconectar.

Además, la mayoría de los días tenía la suerte de coincidir con aquel compañero de trabajo que vivía cerca y pasaba a recogerla en coche.

Para acceder al garaje desde el exterior, la propiedad contaba con el portón principal motorizado, pero este incluía una peculiaridad muy práctica: una pequeña puerta peatonal incrustada en el propio portón.

Así, para entrar o salir a pie no hacía falta levantar la estructura entera.

Asimismo, el garaje se comunicaba de forma directa con el interior de la vivienda mediante una puerta peatonal que daba al pasillo.

La cocina era amplia, moderna y funcional, recién renovada con una gran isla central y electrodomésticos de última generación.

A su lado, el salón-comedor se erigía como la joya de la casa: una estancia enorme dominada por una elegante chimenea de obra, un generoso sofá rinconero y enormes ventanales de suelo a techo por los que entraban raudales de luz natural.

Presidiendo el centro del salón se hallaba una gran mesa de madera maciza para banquetes que todavía no habían llegado a estrenar, ya que la rutina diaria hacía que todas las comidas las celebraran en la cocina.

En el fondo, a Joshua le habría encantado reunir en esa gran mesa a sus padres y a sus suegros para celebrar juntos su primera Nochebuena en la casa.

Sin embargo, era consciente de que, tras el ajetreo de la mudanza y las pequeñas reformas, no era el momento.

Se consolaba pensando que les quedaban muchas Navidades por delante y que, para el año siguiente, lograría sentar a ambas familias allí.

La planta superior estaba reservada para la intimidad del descanso. Al subir las escaleras se distribuían tres dormitorios amplios y un baño completo: la habitación principal para Joshua y Elena, y las otras dos para los pequeños Sara y Alex.

El paseo por los columpios transcurrió sin ningún contratiempo.

De regreso a la casa, mientras Elena terminaba con los preparativos de la comida, Joshua se instaló en el dormitorio de los niños.

A él no le importaba en absoluto meterse en la cocina; de hecho, le gustaba echar una mano.

Sin embargo, sabía de sobra que a Elena le ponía nerviosa el barullo.

Con los niños revoloteando cerca de los fogones y el ruido de fondo, su mujer se agobiaba con facilidad.

Por eso, el reparto de tareas implícito era perfecto: Elena prefería quedarse sola en la cocina, escuchando su música favorita tranquilamente mientras controlaba los tiempos del horno, mientras Joshua se encargaba de entretener y hacer reír a los pequeños.

Para cuando dieron las ocho y media de la noche, la mesa del comedor lucía impecable. La cena fue un remanso de tranquilidad doméstica. El cordero había quedado en su punto exacto, los niños comieron con entusiasmo y el ambiente entre la pareja era distendido.

Fue durante el postre cuando Joshua rompió la rutina con una idea repentina.

—Estaba pensando... —comenzó él, sosteniendo la copa de vino y mirando a su esposa—, ¿qué te parece si saco unos billetes de avión y nos vamos a pasar el Año Nuevo a Florida, a casa de mis padres? Podríamos estar allí unos días.

Joshua era un hombre profundamente familiar. Para él, las fiestas navideñas no estaban completas si no las compartía con sus padres, y el hecho de no tenerlos cerca en Nochebuena le dejaba un pequeño poso de nostalgia. Pasar la Nochevieja bajo el sol del sur le parecía un plan reparador.

Elena dejó la cuchara en el plato y lo miró con los ojos muy abiertos, entre la incredulidad y la diversión.

—¿Te has vuelto loco? —respondió sacudiendo la cabeza—.

Joshua, primero: el día uno de enero me toca turno en la cafetería.

Y segundo: aunque tuviera fiesta, no pienso embarcarme en la pesadilla de preparar maletas para dos niños pequeños, ir al aeropuerto, hacer ese viaje tan largo en avión con ellos y, sobre todo, instalarme allí con tus padres.

Hizo una breve pausa, esbozó una sonrisa socarrona y añadió en un tono de broma que escondía una sinceridad absoluta:

—Tú sabes que a tus padres les aguanto una tarde, pero si nos pasamos tres días allí metidos, igual terminamos tirándonos de los pelos.

Joshua soltó una carcajada resignada, sabiendo que discutir contra la pragmática lógica de Elena era una batalla perdida de antemano.

Se limitó a alzar su copa para brindar, disfrutando de las risas de sus hijos y de la calidez de la estancia, ajeno a que esa sobremesa tranquila era el último instante de paz que disfrutaría esa familia.