La mujer que volvió con la marea Capítulo 10. La cena #2
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Capítulo 10. La cena #2

Veintitrés onzas. Kelda oyó su propia cifra, la del libro verde, la que ella había leído en voz alta en septiembre en aquella misma mesa, volver desde un papel de Edimburgo convertida en soga, y comprendió, con un frío seco y total, la forma exacta de la trampa: no le habían fabricado una mentira; le habían fabricado un espejo.

Cada acto suyo de orden, la revisión, las llaves, el libro, el peso, colgaba ahora del otro lado con el letrero cambiado.

—Yo no he consignado nada a Edimburgo. —Su voz salió pareja, y le costó lo que no pensaba confesar—. En la primera semana de octubre yo estaba en esta casa, cosiendo listas de invitados. Pregunten en el muelle qué mujer embarcó un paquete...

—Effie —dijo Isobel.

La muchacha entró desde la puerta del servicio, donde llevaba de pie toda la escena, con las manos cruzadas sobre el delantal y los ojos en el suelo de todos sus días. Isobel no la miró a ella; miró a la sala.

—Di lo que me contaste. Y dilo entero.

—Sí, señora. —Effie tragó una vez. Su voz era la de siempre, un hilo planchado—.

Dos veces vi a la señora junto a la vitrina, de noche, a deshoras.

La primera hará dos semanas, ya recogido el comedor, con las lámparas de la casa apagadas; la señora estaba delante del cristal, mirando la pieza, y me mandó cerrar el comedor y se subió.

La segunda fue la víspera de ayer, pasadas las once; la señora andaba el pasillo con la lámpara pequeña y entró donde la plata, y estuvo dentro un rato, sola, y al salir cerró ella misma la puerta.

Me crucé con ella en la escalera de servicio.

Me preguntó si necesitaba algo y me mandó acostarme.

Cada palabra era verdad y el conjunto era la mentira más limpia que Kelda había oído en su vida. Buscó en la cara de la muchacha algo que agarrar, un temblor, una mirada, y encontró solo aquella docilidad de recibo en blanco, ya rellenado por otra mano.

—Contaba mantelerías con la señora Tulloch. Comprobaba las ventanas por el viento. Effie, mírame y di qué me viste hacer, no dónde me viste estar.

—La vi junto a la vitrina, señora —dijo Effie, a los baldosines—. A deshoras. Dos veces. Es lo que vi.

—Es bastante —dijo Isobel.

Y entonces hizo su obra maestra: renunció al verdugo. Se volvió hacia el sheriff sustituto, que sostenía todavía el papel de Edimburgo con la incomodidad de un hombre invitado a cenar dentro de su propio juzgado, y le quitó el peso de encima con una inclinación de cabeza.

—Amigo mío, guarde usted esa cara para su sala. Esto es una desgracia de familia y de familia no saldrá. No habrá denuncia, ni nombres en Kirkwall, ni más ruido que el de esta noche. —Una pausa del ancho de un pliegue—. Lo que haya de disponerse, se dispondrá dentro de estas paredes.

Era el último cierre y Kelda lo vio funcionar en las caras: la magnanimidad, la casa protegiendo a la advenediza de la ley, la culpa dada por sentada con tanta elegancia que discutirla ya era una grosería. Miró otra vez a Magnus, la última.

Su marido dejó la copa. Se pasó la mano por la boca. Y habló, por fin, con la voz cuidada de sus mejores salones, mirándola a ella pero de cara a la sala:

—Nadie va a disponer nada esta noche. —Un murmullo se apagó—.

Hay un papel de Edimburgo que yo no he visto hasta ahora y una palabra contra otra, y ni lo uno ni lo otro se resuelve con la sopa en la mesa.

Mañana mismo iré a donde haga falta y tiraré de este hilo hasta el final, y quien haya hecho esto, sea quien sea, responderá.

—Y bajando la voz, solo para ella, con la sala entera oyéndolo—: Dame veinticuatro horas, Kelda.

Veinticuatro horas y lo deshago. Te lo pido yo.

No «mi mujer no ha sido». No «la conozco».

No «retiren eso». Un calendario. Kelda lo miró y vio, con una claridad que no le dolió hasta más tarde, que su marido acababa de elegir el orden de sus batallas y que ella había quedado en segundo lugar, después del incendio; que la creía, probablemente, casi seguro, y que aquel casi iba a administrarlo con discreción mientras ella cargaba la noche entera con el letrero puesto.

Se quitó el anillo sin teatro, porque el teatro era de ellos.

Le costó un giro pequeño sobre el nudillo, el oro liso de Cecilia Sinclair salió como había entrado, a la primera, y Kelda lo dejó sobre el mantel junto al filo de su plato, del lado de Magnus, a un palmo de su mano derecha, donde no hiciera ruido y no pudiera confundirse con un olvido.

—Que consten también estas onzas —dijo, a nadie en particular, con la voz con que corregía facturas.

Cruzó el comedor entero hasta las puertas abiertas, sin prisa, oyendo su propio paso en la tarima como se oye la sonda en el agua mala, cogió del vestíbulo su abrigo con el remiendo invisible, y nadie, en todo aquel trayecto, ni el pastor con la servilleta arrugada en el puño, ni la señora Tulloch clavada junto a la puerta del servicio con los ojos brillantes, ni el hombre al que había enseñado a empalmar cabo, dijo una sola palabra que la alcanzara.

Lo último que le llegó del comedor, ya en el frío del vestíbulo, fue el silencio de Magnus, entero, sin fondo, y encima el ruido pequeño y doméstico de la balanza siendo retirada del aparador.