Capítulo 10. La cena
La cena
La llave pequeña estaba puesta en la cerradura de la vitrina desde media tarde.
Kelda la vio al pasar revista al comedor con Isobel, una hora antes de los coches: la vitrina abierta un dedo, el terciopelo nuevo tensado sobre la almohadilla, y el broche esperando encima con el alfiler cruzado, fuera del cristal por primera vez desde que ella pisaba aquella casa.
Todo lo demás estaba en su sitio con la exactitud de las grandes funciones: las doce tarjetas en tienda de campaña, la plata de gala haciendo su trabajo bajo las lámparas, las dos puertas del comedor abiertas de par en par hacia el vestíbulo, para que la escena tuviera público desde el primer acto.
—La pieza se entrega aquí, en la puerta, antes de sentarnos —dijo Isobel, alisando un pliegue del terciopelo que no existía—. Con todos de pie y de frente. Las cosas que se hacen para que consten se hacen de cara.
—De cara —dijo Kelda.
Subió a vestirse con tiempo y bajó con el paño azul de su boda y el pelo recogido por Effie en un peinado que le tiraba menos de lo que pesaba.
Para la escalinata se puso el abrigo bueno, porque octubre no entendía de funciones, y recibió con él puesto los tres coches: los Baikie con su hija, el sheriff sustituto y la señora Groat, el médico y la suya, el pastor Scarth con el viento en la sotana.
Omand llegó el último, a pie desde la casa del administrador, con la cartera de siempre bajo el brazo, y saludó con su pulgada exacta de inclinación.
—De oficio, señora. Las funciones de la casa también se administran.
En el vestíbulo, al dejar el abrigo, los dedos de Kelda encontraron por dentro, sin buscarla, la costura del remiendo de Marion, plana y firme bajo el forro, y aquel palmo de hilo invisible le hizo el efecto de una mano en el hombro.
Después entró en el salón con los demás, aceptó un jerez que no pensaba beberse, y contó, por oficio de calma, lo que había a la vista: doce copas, ocho velas por candelabro, tres conversaciones, dos puertas.
La señora Groat vino a buscarla con las dos manos por delante, encantada de repetir casa, y le preguntó por el arrecife y por la yole con el apetito de quien colecciona la historia para revenderla en Kirkwall; el pastor Scarth le sostuvo un momento el codo al pasar, sin decir nada, con ese apretón corto de los que bendicen de contrabando; y Magnus, desde el otro lado del salón, le buscó los ojos por encima de los Baikie y le dedicó la mirada de los días buenos, la de estamos tú y yo y después el mundo.
Kelda se la devolvió con interés. Era la última vez de aquella casa en que no le costó.
A las ocho, Isobel reunió a todos ante las puertas abiertas del comedor, con la vitrina al fondo encendida como un altar lateral, y habló sin levantar la voz, que era su manera de hacer callar a una isla.
—Esta casa recibió en verano a la mujer de mi sobrino peor de lo que ella merece y de lo que esta casa se debe a sí misma.
Los agravios de las casas no se arreglan con palabras, se arreglan con actos delante de testigos, y ustedes son los testigos que esta familia respeta.
—Se volvió hacia la vitrina, tomó el broche con las dos manos, y lo trajo sostenido en alto como se traen las bandejas y las sentencias—.
Esta pieza es lo más antiguo que tenemos.
La llevaron las señoras de Helmsgarth cuando la casa sabía lo que era.
Que la casa hable una sola vez, y claro.
Se plantó delante de Kelda y le puso el broche en las palmas abiertas, con las dos manos, tal como los viejos de la isla decían que debía darse todo lo que se da de verdad.
Kelda lo recibió, y lo pesó. No lo decidió: lo hicieron sus manos solas, por costumbre, como se lo había mandado Marion y como se lo mandaba el oficio entero de su vida, y sus manos supieron antes que ella.
Veintitrés onzas había escrito el platero de 1849, y veintitrés onzas eran un peso que Kelda conocía como conocía el de un remo o el de una criatura de meses: aquello no las hacía.
La pieza venía ligera de sí misma, ligera como la jarra que uno alza creyéndola llena, y el error subió por los brazos y le llegó a la cara antes de que ninguna prudencia pudiera salirle al paso.
Debió callar. Lo pensó después mil veces y lo pensó ya entonces, con la pieza en las palmas y la casa entera mirando: sonríe, da las gracias, y pesa en privado.
Pero tenía delante los ojos de Isobel esperando su gratitud, y el sheriff a dos pasos, y su propio anuncio de la revisión corriendo por la casa desde septiembre, y era la mujer que había corregido a Willa media libra y al carbonero veinte sacos, y no supo, no quiso o no pudo ser otra en el momento en que más cuenta le traía.
Se inclinó hacia Isobel y lo dijo bajo, para dos:
—Señora. Esta pieza no hace su peso.
—¿Cómo dice? —La voz del mayor de los Baikie, que estaba más cerca de lo que Kelda había medido, no fue baja en absoluto.
—El inventario de la casa le da veintitrés onzas —dijo Kelda, todavía queriendo hacer del asunto una cifra y no una escena—. Esto pesa bastante menos. Puede ser un error del libro. Se comprueba en un minuto con una balanza.
Isobel le quitó el broche de las manos. Lo hizo sin brusquedad, con las dos suyas, y lo sopesó despacio, y Kelda vio palidecer a aquella mujer que no palidecía, vio temblarle el aro en las manos, y durante tres segundos completos dudó de todo lo que sabía, porque el asombro de Isobel parecía del cuerpo, no del teatro.
—Firth. La balanza del despacho. Y el libro verde del gabinete. —Y al comedor entero, con una calma que era peor que un grito—: La señora entiende de pesos. Que se pese.
Se pesó sobre el aparador, entre los candelabros, con doce personas de pie y el servicio inmóvil en las puertas.
Firth trajo la balanza de platillos y la caja de pesas del despacho, y fue Omand quien ofició, por oficio, con la vitrina abierta a su espalda.
Puso la pieza en un platillo con las dos manos enguantadas de su pañuelo, y fue cargando el otro pesa a pesa, cantándolas a media voz como un sacristán: diez, quince, diecisiete.
A las diecisiete el fiel se movió. Omand retiró media onza, la repuso, afinó con las pesas menudas mientras el comedor entero escuchaba respirar la balanza, y el fiel bailó y se rindió: diecisiete onzas y media.
Omand lo dijo en voz alta, dos veces, y anotó la cifra en su cuaderno con la pluma que llevaba siempre, y el silencio que siguió tuvo la textura del que sigue a un mal parto.
—Falta un tercio de la pieza —dijo el mayor de los Baikie, que coleccionaba monedas y desgracias ajenas—. O la pieza no es la pieza.
El médico nuevo, servicial, la examinó junto a la lámpara: el color del metal en el reverso, el canto donde el uso había comido el baño, un gris amarillo asomando bajo la plata como la obra bajo la cal. No hizo falta que dijera latón. Lo dijo la cara de todos.
—Hace tres años que limpio ese cristal cada semana.
—La voz de Isobel había bajado un tono y ganado todo el comedor—.
La pieza no ha salido de esta casa en mi vida entera.
No ha salido. —Se volvió hacia Kelda con las manos juntas, y el movimiento fue tan sereno que tardó un momento en entenderse como lo que era—.
Hasta este verano, nadie en esta casa preguntaba por pesos.
Nadie pedía llaves. Nadie anunciaba revisiones de la plata, la vitrina la primera.
¿Para el veinte de noviembre, era? Qué ordenado, encontrarlo todo pesado y cambiado justo antes de pesarlo con testigos.
—La revisión la propuse en esa mesa, delante de usted, por el seguro...
—La propusiste tú. Todo esto lo has propuesto tú. —Isobel no alzaba la voz; la afilaba—. Las fechas, las llaves, la balanza. Y ahora también el hallazgo.
Kelda miró a Magnus. Estaba a tres pasos, con la copa olvidada en la mano, y en la cara tenía la expresión de un hombre al que el suelo le está preguntando algo en un idioma que casi entiende.
No dijo nada. Todavía no, se dijo Kelda; está midiendo la sala, como hace él; ahora la para.
Y se volvió hacia los hechos, que eran su país:
—Pesemos entonces lo que yo digo y lo que dice la señora.
La pieza estaba en la vitrina y la llave en su llavero.
Yo anuncié una revisión con dos meses de aviso, delante de la casa en pleno; quien cambia una pieza no convoca al platero.
Pregunten a la señora Tulloch, que contaba mantelerías conmigo a tres pasos de ese cristal con las puertas abiertas y las lámparas...
—La señora Tulloch sirve la mesa de esta casa —dijo Isobel, sin mirar al ama, que se había quedado con la bandeja a medio camino y la boca a medio abrir—. Nadie le ha preguntado.
—...y mi cuarto está arriba con todo lo mío, y pueden abrirlo ahora, arcas y cajones, delante del sheriff si hace falta.
—Lo vendido no duerme en las arcas, señora —dijo Omand.
Lo dijo sin dureza, casi con pesar, y abrió la cartera.
El papel que sacó de ella venía doblado en tres, con membrete de una casa de metales de Edimburgo, y Omand explicó, con la voz de leer actas, que ciertas averiguaciones se habían hecho llegar a su despacho en los últimos días, que él había pedido razón por escrito, y que la razón había llegado con el vapor del martes.
Pidió permiso a la señora de la casa, lo tuvo, y leyó: recibida en el establecimiento, en la primera semana de octubre, una pieza de plata antigua en forma de aro con su alfiler, de veintitrés onzas de peso, consignada desde Kirkwall por mano de mujer, para su fundido y abono según instrucción; el importe, satisfecho a la presentación del resguardo; la casa, no responde de procedencias.
—Para su fundido —repitió el sheriff sustituto, que había tendido la mano hacia el papel y lo leía ahora por sí mismo, con el ceño de su oficio—. No hay pieza que buscar, entonces.
—Ni pieza, ni nombre —dijo Omand—. Estas casas no preguntan nombres. Apuntan onzas.