La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) X
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Volvió al comedor con una impresión y un bolígrafo.

—¿No ibas a escribirlo de tu puño y letra? —preguntó Cira.

—He hecho una versión para que sea más fácil corregirla. Después pasaré la definitiva a mano.

Cira leyó sin levantar la vista. Al llegar a la segunda línea, apoyó el papel.

—«Durante el horario laboral pudo producirse una falta de supervisión del acceso». ¿Por qué has puesto eso?

—Porque el acceso estaba sin vigilancia.

—Y acabamos de comprobar que tenía una avería conocida. ¿Por qué lo conviertes en una posibilidad sobre la vigilancia?

—Estoy intentando ser exacta. Ninguno sabe cómo entró Numa.

—Entonces escribe que no lo sabéis. Esto vuelve a dejar la puerta abierta a que yo estuviera donde dijisteis.

Senén hizo ademán de intervenir. Oihana lo detuvo con una mano. Había trabajado demasiadas veces en textos ajenos para no saber cuándo una frase desplazaba el problema hacia el lugar menos comprometedor.

—Tienes razón en eso —dijo.

Tachó el párrafo. Debajo escribió, despacio: «Antes del accidente teníamos constancia de que el sistema de cierre de la puerta lateral de la piscina no funcionaba correctamente.

La sustitución de la pieza se había pospuesto por decisión nuestra.

No consta ninguna evidencia de que Cira Berástegui tuviera a su cargo ese acceso el día del accidente ni de que lo dejara abierto».

—No digas «no consta ninguna evidencia» —sugirió Senén—. Hay un cuadrante que debemos revisar. No podemos certificarlo todo esta noche.

—Podemos decir «no tenemos fundamento para atribuírselo». Eso es verdad con lo que hemos visto.

Cira levantó la mirada.

—Me parece más claro.

—La frase publicada —continuó Oihana— se redactó a partir de un comunicado que yo elaboré y que Senén envió a un periodista. La cita que figuraba entre comillas no procede de una declaración hecha por Cira. No debimos atribuírsela.

Senén se pasó la mano por la barbilla.

—Pones que yo lo envié, pero no que lo revisé. Ya que vas a contar las cosas, cuenta también eso.

—¿Lo revisaste?

—Claro que lo revisé. Cambié un párrafo sobre las salidas al patio. Fui yo quien sugirió que se citara a la empleada de temporada para que no pareciera que la puerta se abría desde cualquier sitio. Tú elegiste la frase, pero el texto salió con mi consentimiento.

Oihana anotó la modificación. No interpretó la intervención de Senén como un gesto generoso. Durante años habían firmado juntos decisiones que después él le había dejado explicar a ella. Esa noche no podía quedarse al margen del documento.

El siguiente borrador fue más breve. Cira pidió cambiar «sufrió consecuencias negativas» por «fue señalada públicamente de forma injustificada».

Oihana aceptó. También quiso incluir que el documento del 4 de septiembre no demostraba por sí solo cómo Numa accedió al recinto; Cira no discutió esa salvedad.

A las once y dieciocho, Oihana pasó el texto a una hoja limpia, con la fecha y los dos apellidos.

Su letra se estrechaba conforme avanzaba hacia el final del renglón, un defecto que corregía con frecuencia al restaurar cartas de otras personas.

Esa noche lo dejó así. Cuando terminó, colocó el papel ante Senén.

—Léelo entero, por favor.

Él lo hizo sin hablar. Al llegar al final, se quedó un momento mirando la firma de Oihana y añadió la suya.

La posición de ambas recordó a Oihana el libro de mantenimiento: dos adultos autorizando una decisión que después se convertiría en una versión de los hechos.

Esta vez, antes de apartar el bolígrafo, Senén preguntó:

—¿Y esto a quién se lo enviamos?

—Al periódico que publicó el artículo, al centro cultural y a quien lo solicite. Yo hablaré mañana en la conferencia.

—Van a preguntarnos por qué hemos tardado doce años.

—Podemos responderlo.

Senén negó con la cabeza.

—No tenemos una respuesta que nos deje bien.

Cira se levantó y guardó el cargador.

—Eso ya no es problema mío —dijo.

Oihana hizo una fotografía de la rectificación, la envió al correo que Cira le indicó y le entregó la hoja.

Le ofreció una copia de la documentación de mantenimiento.

La mujer le pidió las fotografías digitales, además del documento firmado, para comprobar después las fechas con asesoramiento independiente.

No quería quedarse con originales ajenos ni quería que Oihana sustituyera las copias por transcripciones.

—¿Estás conforme? —preguntó Oihana.

—Con el texto, de momento. Con lo demás tendrás que darme tiempo. Y quiero leer la versión que llegue al periódico, no enterarme por otra persona.

Senén se acercó a la puerta de entrada. Ya había pasado de las once y media. Fuera se oían los grillos, el motor lejano de un coche y algún ladrido procedente de la carretera.

—Puedes llamar mañana para decirnos qué te aconsejan —ofreció.

—Os escribiré si necesito algo.

Oihana la acompañó hasta la cancela. Cira sacó las llaves del coche, pero antes de marcharse miró la casa una vez más.

—Habéis cambiado la ventana del despacho —dijo.

—Se pudrió el marco viejo.

—Me acuerdo de que en verano se atrancaba y tenías que poner una cuchara para mantenerla abierta.

—Era un cuchillo de untar. Lo guardaba en el cajón.

—Sí, eso. Un cuchillo sin filo.

Durante unos segundos hablaron de aquella habitación como habrían podido hacerlo dos mujeres que compartieron un empleo sin que hubiera ocurrido nada extraordinario.

Cira se despidió de Senén con la cabeza y cruzó el jardín.

Oihana esperó a que el coche diera la vuelta, iluminara la tapia y desapareciera por el camino.

Regresó a la casa. Los platos continuaban junto al fregadero. Había queso sin tocar y una mancha de vino en el mantel, a la altura del sitio de Senén. Él recogía los vasos cuando ella abrió el ordenador para escribir a Berta.

El correo tenía dos líneas: «Necesito sustituir el contenido de mi intervención de mañana. La presentación también deberá cambiar. Te adjunto la rectificación que voy a leer y te llamaré antes de que empiece el acto».

Lo envió a las 23:48 y, por primera vez en muchos años, no preparó ninguna frase sobre lo que habían aprendido de la muerte de Numa.