La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) IX
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IX

Cira fue hasta la cocina a buscar su bolso.

Oihana temió que se marchara, pero volvió con un pequeño cargador que enchufó junto al aparador.

El teléfono tenía menos batería de la necesaria para fotografiar todo el expediente.

Aquella normalidad, la búsqueda de un enchufe, el cable enredado entre dos piernas de una silla, resultaba difícil de conciliar con las cosas que acababan de decirse.

—Mi padre lleva años sin mencionar esta casa —contó Cira cuando volvió a sentarse—.

Incluso cuando veníamos a la zona a visitar a unos familiares daba un rodeo para no pasar por el camino.

Ahora tiene setenta años y ayer me llamó cuatro veces para preguntarme si seguía decidida a venir. Cree que voy a salir de aquí llorando.

—Mi padre lleva años sin mencionar esta casa —contó Cira cuando volvió a sentarse—.

Incluso cuando veníamos a visitar a unos familiares daba un rodeo para no pasar por el camino.

Ahora tiene setenta años y ayer me llamó cuatro veces para preguntarme si seguía decidida. Cree que voy a salir de aquí llorando.

—Me dijo que hiciera lo que necesitara. Eso significa que no está de acuerdo y que ha aprendido a dejarme decidir.

Senén se apartó de la mesa. Rebuscó en un cajón, sacó un vaso limpio y se sirvió agua. Oihana lo conocía lo suficiente para saber que seguía oyendo.

—Después del accidente me quedé una semana en el pueblo —continuó Cira—.

La gente no era especialmente cruel conmigo cuando me encontraba.

Algunos me decían que no me preocupara, que sabía Dios lo que habría hecho cualquier persona con diecisiete años.

Otros me preguntaban si ya había hablado con un abogado.

En la carnicería dejaban de hablar cuando entraba mi madre.

Un hombre al que había ayudado en una boda me dijo que no volviera a servirle la comida.

—Qué barbaridad —murmuró Senén.

Cira lo miró con una expresión casi curiosa.

—¿De qué parte te sorprendes?

Él no respondió.

—Me fui antes de acabar el contrato —prosiguió—.

Tenía pensado estudiar un ciclo y trabajar los fines de semana aquí mientras ahorraba.

Mi padre me consiguió un puesto en un almacén.

No soy una persona a la que le arruinaran toda la vida: he tenido trabajos buenos, amigos, una pareja y un piso donde entra mucho sol.

Pero cada vez que me pedían una referencia de aquel verano pensaba en el recorte del periódico.

A veces daba el nombre de Rufina. Otras, decía que había estado ayudando a un familiar.

Una tontería. Me costó más de lo que debería avergonzarme de algo que no había hecho.

—Podemos pagarte lo que perdiste del contrato —ofreció Oihana.

Cira tardó en contestar.

—¿Los días que faltaban de septiembre?

—Eso y lo que consideres necesario. Podemos hablar con una abogada, revisar qué recursos hay.

—Ni siquiera sabes cuánto cobraba.

—No quería hacerte una oferta ridícula.

—Ya. Pero lo primero que se te ocurre es una gestión entre nosotros tres. Lo que dijeron de mí también está fuera de esta casa.

—No te estoy comprando nada.

—Entonces no empieces por cuánto.

Cira sacó de la bolsa una hoja escrita por delante y por detrás.

Era una relación de preguntas, algunas tachadas y otras anotadas a mano en los márgenes.

Oihana alcanzó a leer: «Quién pidió el muelle», «Quién tenía llaves de piscina», «Quién envió comunicado».

La última pregunta estaba sola en la parte inferior: «Qué dirán mañana».

—He hablado con una asesora laboral —dijo Cira—.

Me ha explicado que, después de doce años, no puedo reclamar algunas cosas por las vías que yo imaginaba.

No he venido a discutir plazos esta noche ni a anunciar un pleito.

Necesito que dejes de utilizar la historia de «la chica de la puerta» cuando hablas de cómo murió Numa.

Oihana miró de nuevo la hoja que había escrito para el centro cultural.

Allí, bajo los apartados de cerramientos y protocolos, había añadido una anécdota sobre el peligro de confiar en que «otra persona» se ocupe de un cierre.

Nunca pronunciaba el nombre de Cira en esas intervenciones, pero podía imaginar perfectamente el momento en que alguien del público vinculaba esa frase con la noticia.

—No te nombro —dijo.

—Eso lo sé. Pero la noticia sigue ahí. Y tu conferencia le da sentido. La gente recuerda «la chica de la puerta». Llevo doce años siendo esa chica para personas que no me han vuelto a ver.

Senén regresó con el vaso.

—Una rectificación ahora llamará la atención sobre todo el asunto —advirtió—. Volverán a hablar de Numa. A lo mejor alguien llama a un periódico más grande. No vas a recuperar nada, Cira.

—Es posible —dijo ella—. No os voy a prometer una reparación limpia. Pero mientras vosotros sigáis hablando de aquello en público, no podéis pedirme que lo deje estar.

Oihana se levantó para cerrar una ventana que golpeaba por el viento. La puerta del jardín seguía mal encajada. La levantó de la manilla para asegurarla y, al darse la vuelta, encontró a Senén mirándola.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.

—Unas semanas.

—El martes viene el carpintero.

—Eso espero.

Volvió a la mesa, recogió su intervención del lunes y la dejó boca abajo.

De todo lo que habían discutido, le resultaba imposible desprenderse de una cuestión que ya no podía plantearse como una pérdida de memoria: el documento de 2014 estaba redactado por ella, sobre la base de una suposición que ambos deseaban convertir en hecho.

—Voy a escribir lo que sabemos —dijo—. Sin pedirte que lo aceptes antes de leerlo.

Cira miró la hora en su teléfono: las diez y cincuenta y dos.

—Tengo un hotel en Utiel. Puedo quedarme un rato más.

—No habrá que escribir mucho —contestó Oihana.

—Eso espero —respondió Cira. Apartó el plato que no había tocado para dejar sitio al bolígrafo.