VIII
Se lo llevó al comedor sin terminar de leerlo. Le temblaban las manos, y le disgustó que Cira pudiera verlo; habría preferido estar más segura de los hechos antes de sentarse. Puso la impresión en medio de la mesa y buscó la frase.
«La auxiliar que tenía atribuidas funciones de atención y cierre del acceso manifestó ante la dirección que la puerta había quedado abierta por descuido suyo».
Unas líneas después, figuraba una cita entrecomillada: «Me dejé el acceso abierto».
—Aquí la tienes —dijo Cira. No había triunfo en su voz; más bien cansancio.
Senén acercó la hoja.
—Eso se redactó a partir de la información que recogimos. No es una declaración judicial.
—¿Quién escribió el documento? —preguntó Cira.
Oihana reconocía el formato que utilizaba entonces para los comunicados: una línea gris, un pie con la dirección de la hospedería y la firma institucional, que no correspondía a una persona concreta.
En el despacho conservaba todavía alguna plantilla.
Durante los primeros días posteriores al accidente, había trabajado a ratos en esas notas porque no soportaba recibir llamadas de desconocidos.
Escribir un párrafo le resultaba más fácil que atender cinco conversaciones sucesivas.
—Fui yo —dijo.
Senén movió la cabeza.
—Lo hicimos entre los dos. Yo te dije lo que me habían explicado.
—La frase la escribí yo.
Cira sacó de la carpeta la página del periódico y la colocó al lado del comunicado.
—Han copiado literalmente lo que les mandasteis.
—Sí.
—¿Cuándo dije yo eso?
Oihana miró los dos textos. El parte que Cira había escrito el domingo no decía nada sobre la piscina.
Ella lo había tenido sobre su mesa antes de preparar el comunicado; lo sabía porque había copiado las horas de entrada y salida en el expediente.
Entre un documento y el otro faltaba un testimonio que nadie podía mostrar.
Habían rellenado ese vacío con la frase que necesitaban.
—No tengo ninguna declaración tuya con esas palabras —respondió—. La frase la redacté yo y la puse entre comillas.
Cira se quedó quieta. Miró el recorte y después la nota enviada al periodista.
—Quiero saber si eso es lo que vas a decir mañana.
—Sí. Y que te hice escribir un parte de tareas que después utilizamos para atribuirte una responsabilidad que no constaba en él.
—¿Por qué la pusiste entre comillas?
Senén interrumpió:
—En la oficina se habló de una puerta que alguien había dejado mal cerrada. Se dijeron muchas cosas.
—Eso no responde a la pregunta —dijo Oihana.
Él se volvió hacia ella.
—¿Ahora voy a ser el único que se inventó todo?
—No he dicho eso.
—El domingo, cuando preparamos la nota, hablamos de la empleada —replicó Senén—. Estabas de acuerdo en que teníamos que dar alguna explicación. No podíamos salir a decir que no sabíamos nada de nuestro propio establecimiento.
La expresión «dar alguna explicación» devolvió a Oihana a la oficina de la hospedería, el domingo por la tarde.
Cira y su padre acababan de marcharse. Sonaban los teléfonos de recepción y les pedían que aclarasen si Numa estaba solo y quién vigilaba los accesos.
Senén temía que la prensa escribiera que habían dejado al niño sin atención.
Oihana le pidió una versión que pudieran repetir sin corregirse cada vez.
«El problema fue que el acceso quedó abierto», había dicho él. «Había personal trabajando en el patio».
Y ella había completado lo que faltaba.
—Queríamos que la gente dejara de preguntarnos dónde estábamos nosotros —dijo, mirando a Cira.
Senén se levantó.
—¿De verdad tienes que hacer esto así?
—¿Así cómo?
—Delante de ella. Como si la hubieras estado esperando para confesar.
Cira se inclinó hacia delante.
—Estoy sentada aquí —dijo—. Habladme a mí. Lleváis una hora discutiendo sobre lo que me pasó sin mirarme.
Oihana sintió calor en el rostro. Cira había hablado con firmeza, pero sin subrayar el reproche. Esperó a que los dos volvieran a sentarse.
—He venido para saber de dónde salió una frase —añadió—. Ya lo sé. Ahora quiero saber qué vais a hacer con ella.
—La retiraremos —dijo Senén—. Podemos llamar mañana a ese periódico. Si lo pide, enviamos una nota diciendo que hubo un malentendido.
—No —replicó Cira—. El periódico publicó que yo había reconocido algo. Vosotros sabíais que eso no constaba en el parte que me hicisteis escribir. No me pidas que lo llame malentendido.
Oihana vio que Senén iba a contestar. Se le adelantó.
—No quiero que lo llamemos así.