La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) VII
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VII

Cira había recogido los platos, aunque nadie se lo había pedido.

Los había llevado a la cocina y dejado junto al fregadero, con los cuchillos separados de la vajilla.

Oihana encontró la mesa despejada salvo por los documentos.

Pensó en pedirle que no se comportara como una empleada, pero comprendió que aquella frase habría sido peor que el gesto.

—Tengo esto —dijo, dejando el libro abierto delante de ella.

—¿Me permites fotografiarlo?

Oihana asintió.

—La hoja entera. También la anterior, si quieres comprobar que el cuaderno sigue la misma secuencia.

Cira sacó el teléfono, lo apoyó sobre el libro y tomó varias imágenes sin flash. Acercó el objetivo a las firmas. Senén se sentó al otro extremo de la mesa.

—No hay ninguna garantía de que fuera esa puerta la que utilizó Numa —dijo.

—Es verdad —respondió Oihana.

Senén la miró, sorprendido de oírla concederle algo.

—Era un niño espabilado —continuó—. Podía abrir otras puertas. No lo vimos entrar.

—Entonces no puedes decir que Cira la dejó abierta —replicó Oihana.

Senén tardó en encontrar una salida.

—Cuando llegué, la lateral estaba abierta.

—¿Abierta de par en par? —preguntó Cira.

—Entornada. No tuve que abrirla del todo para pasar.

—¿Entraste tú por allí?

—Sí. Vi a Numa en el agua y entré corriendo.

Oihana apoyó una mano en el respaldo de la silla.

Él nunca le había descrito la posición exacta de la puerta.

En el relato que habían repetido, Senén oyó algo en la piscina mientras cruzaba el jardín y corrió hacia el recinto.

Ella había respetado su silencio sobre los minutos anteriores.

Al cabo de doce años, no sabía qué parte procedía de lo que vio y qué parte había completado la familia al contarlo.

—Dijiste que habías entrado por el vestuario —le recordó.

—Al principio. Después te expliqué que corrí por el lateral.

—A mí no me lo explicaste.

—No sé lo que te expliqué aquel día. Habíamos pasado horas en el hospital.

—No te pregunto por lo que pasó en el hospital.

Cira dejó de fotografiar. No interrumpió, aunque Oihana reparó en que había abierto una nota en su teléfono.

—¿Lo viste ir hacia allí? —preguntó Oihana.

Senén miró la mesa.

—Lo vi salir de la casa con la bicicleta. Llevaba el casco en la mano. Pensé que iba al cobertizo. Yo estaba discutiendo con Darío, el proveedor de bebidas, por una factura.

—¿Qué hiciste después?

—Volví a la oficina. Desde la ventana vi que la bicicleta se había caído en medio del paso.

—¿A qué hora?

—No lo sé con exactitud. Poco después de las tres.

—¿Y por qué saliste?

—Para quitarla de en medio. Entonces me pareció oír algo en la zona de la piscina. Fui hasta la lateral y la encontré entornada.

La bicicleta seguía en el trastero, sin las ruedas.

Después del entierro, Senén se ocupó de guardar las cosas de Numa que habían quedado fuera de su habitación.

Oihana nunca le preguntó de dónde había recogido aquella.

Ahora, al imaginarla caída en el patio de servicio, entendió qué quería decir cuando afirmaba que recordaba aquella tarde por fragmentos.

—Nunca me contaste lo de la bicicleta tirada —dijo.

—No me dijiste que hubieras visto la bicicleta caída —señaló Oihana.

—Ni siquiera sé si te lo dije en el hospital o después. No sé todo lo que hablamos entonces.

—¿Para qué? ¿Para ir a buscarlo antes? Ya no se podía.

No levantó la voz, pero Oihana reconoció la desesperación que había detrás de esa pregunta.

Cira desvió la mirada hacia la ventana. En el cristal se reflejaba la mesa, las tres personas y el hueco entre ellas.

Fuera, la vieja piscina estaba detrás de una tapia nueva; a esas horas apenas se distinguía el borde de las baldosas.

—Tú no sabes si lo vio nadie atravesar la puerta —dijo Cira a Senén—. Eso es lo que me acabas de contar. Tampoco hay un registro que diga que yo tenía que cerrarla. No me interesa que hagáis una reconstrucción que os venga bien ahora. Quiero que digáis lo que podéis demostrar.

Oihana volvió a mirar el libro. El papel no podía devolverles los minutos que faltaban. Pero probaba que conocían una deficiencia del cierre y que habían optado por posponer su reparación. Los dos lo sabían desde antes de que Cira llegara con su carpeta.

—¿Hay una copia de la declaración? —preguntó Cira.

—Tengo que mirar —dijo Oihana.

—¿Puedes hacerlo esta noche?

—Si quedó entre los papeles de prensa, sí.

Senén soltó el aire por la nariz.

—¿No hemos quedado en que fue un error del periódico?

—No —respondió Oihana—. Lo has dicho tú. Yo no he quedado en nada.