VI
No fue un recuerdo que se abriera de golpe. Oihana sabía que había firmado, aunque llevaba años sin ponerle una fecha a aquella reunión. Recordó el presupuesto, la discusión por el desplazamiento y el bolígrafo que apenas escribía. Había conservado la carpeta sin volver a mirar esa página.
Senén asomó a la habitación. La puerta seguía abierta y se veía desde el pasillo el borde de una estantería.
—¿Lo has encontrado?
Oihana giró el libro para que pudiera verlo.
—Aquí está la incidencia. Y aquí nuestra decisión.
Él se acercó. Leyó varias líneas, apoyado en el canto de la mesa.
—Se ajustó el cierre con la herramienta. No puedes sacar ese papel de contexto.
—¿Quién lo ajustó?
—Yo mismo, seguramente.
—¿Tú recuerdas haber desmontado un muelle de puerta?
—No hacía falta desmontarlo. A veces había que darle tensión.
Oihana señaló la firma.
—Cuando escribimos «revisión del cierre de temporada», ¿se hizo la reparación o se dejó para octubre?
—El negocio cerró antes.
—Cerró porque murió Numa. Pero la orden era anterior.
—Sí, ya veo la fecha.
Él se quedó mirando la proforma. En los últimos años había ido perdiendo densidad de cabello en las sienes y, cuando inclinaba la cabeza, Oihana veía una parte del cráneo que antes no se le notaba.
Le resultó desagradable descubrir que podía seguir pensando en esas cosas mientras le preguntaba por el documento que acababa de encontrar.
—¿Por qué la invitaste? —dijo.
—Me escribió cuando supo que ibas a hablar mañana. Preguntó quién tenía la declaración. Pensé que podíamos evitar una sorpresa delante de la gente.
—¿Invitándola a nuestra cena?
—Sabía que el trece estaríamos aquí.
—¿Cómo?
—Porque era el único día en que sabía que estaríamos los dos en casa —respondió Senén—. Quería hablar con ella antes de tu intervención, sin que se enterara nadie. En ese momento me pareció razonable.
—El uno de septiembre te escribió. Has tenido doce días para enseñarme el correo.
—Tú estabas empeñada en dar la charla y no quería que la cancelaras por miedo a lo que pudiera decir esa chica.
Oihana cogió el libro. Bajo la lámpara, la tinta de 2014 había adquirido un tono verdoso. Su firma, junto a la de Senén, se leía sin esfuerzo; sobre ambas seguía escrita la palabra «menor».
—No la llames esa chica —dijo.
Senén frunció el ceño.
—Era una chica cuando ocurrió todo esto.
—Ahora tiene veintinueve años.
—No cambia lo que pasó.
Oihana quiso saber si hablaba del accidente o de la mujer que lo había acompañado durante tantos años en el relato público. Senén miró hacia el pasillo, por donde llegaba el ruido de Cira moviendo una silla.
—No vas a sacar eso ahí sin hablarlo conmigo primero.
—Llevamos doce años hablándolo entre nosotros.
—Pues uno más no nos hará daño.
A Oihana le dolió la familiaridad de la frase.
Era algo que él habría podido decir el día de la reparación: una semana más, lo que queda de temporada, una visita del técnico de octubre.
En el momento no tuvo fuerzas para contestarle.
Cerró el libro sobre la proforma, lo cogió bajo el brazo y bajó al comedor.
Senén la siguió sin apagar la luz de la habitación.