La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) V
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—¿Es de Rufina?

—Me parece sensato.

—¿Por qué fotografió Rufina un cuadrante? —preguntó Oihana.

—Porque iban a discutirle unas horas a una chica del turno de mañana. Hacía fotos cuando cambiaban algo para no depender de lo que se acordara el encargado. Me ha enseñado otras treinta.

—No aparece la fecha entera.

—En el original tampoco. Este es el sábado trece porque en la pizarra está la anotación del grupo de la bodega. Hay una fotografía anterior, del viernes, en la que todavía se lee completo el nombre del grupo.

Oihana examinó la imagen. El calendario y la anotación del grupo permitían situar a Cira en el turno de cocina; una fotografía fija no podía demostrar dónde había estado cada minuto. Tampoco explicaba que hubieran atribuido a una ayudante de postres la vigilancia de una puerta exterior.

—¿Y lo de la avería? —preguntó.

Cira extrajo otro papel. Esta vez la impresión era mucho peor, hecha de una fotografía tomada de un formulario arrugado.

Se leía: «Acceso lateral piscina: cierre sin retorno completo.

Revisar muelle». La fecha, 28 de agosto de 2014, aparecía escrita en la esquina.

Una rúbrica atravesaba las últimas letras.

—Eso lo encontró Rufina después del cierre, cuando estaba vaciando un cajón. Se llevó varios papeles que pensó que le servirían si no le pagaban los días de septiembre. Dice que el original quizá se mezcló con las facturas que se quedaron los compradores. No lo sabe.

Oihana miró la rúbrica.

—Es de Eladio —dijo.

—¿Quién era Eladio?

—El jardinero. Venía tres mañanas por semana. Si anotó esto es porque alguien le avisó de que la puerta no retornaba sola.

—¿Era cierto?

—Puede que a veces necesitara un ajuste.

—La pregunta era si era cierto.

—Yo no estaba mirando esa puerta todos los días.

Senén, que llevaba unos minutos callado, estiró el brazo para coger la hoja.

—Eso lo rellenó Eladio cuando una familia se quejó de que la puerta daba golpes. No tiene nada que ver con lo que pasó.

—Lo que pone es que no terminaba de cerrar —corrigió Cira.

—Pone una frase suelta en una copia que no sé de dónde sale.

—Acabas de decirme quién la rellenó y por qué.

—Porque la reconozco. No porque recuerde si aquel sábado funcionaba o no.

Oihana recordó sus discusiones al final de cada temporada.

Ella pedía que los desperfectos quedaran registrados; Senén replicaba que algunas reparaciones podían esperar hasta que dejara de haber huéspedes.

A fuerza de resumir incidencias, Oihana había aprendido a redactar resoluciones lo bastante breves para que las decisiones parecieran sencillas.

—¿Quién hizo el pedido del muelle? —preguntó Oihana.

Senén se quedó inmóvil.

—¿Qué pedido?

—No recuerdo si nos pasaron el presupuesto en agosto o a principios de septiembre. Había una factura proforma de cierres. Pensé que lo habías resuelto.

—Lo miramos. La puerta cerraba.

—¿Cambiasteis la pieza?

—¿De verdad vamos a ponernos con una pieza de ferretería ahora?

—Sí —dijo Cira—. Si llevaba dos semanas fallando, sí.

Oihana se levantó con la foto del parte en la mano.

En la pared del pasillo seguía colgado un viejo plano del jardín enmarcado que Senén se negaba a quitar.

Representaba la casa principal, la piscina y las dependencias con sus límites anteriores a la reforma.

Había dos accesos al recinto: uno desde el vestuario y otro desde el patio de servicio.

La puerta lateral era esa segunda entrada.

Para llegar desde la casa se cruzaba primero un tramo de grava y después una zona sin sombra junto a la tapia.

Recordó a Numa corriendo por allí con una camiseta demasiado grande. Recordó que lo había regañado varias veces por entrar sin sandalias. No pudo situar la escena en un día concreto y no lo intentó.

Regresó a la mesa.

—Voy a buscar los libros —dijo.

—No hace falta hacerlo esta noche —respondió Senén.

—Mañana tengo una charla sobre la seguridad de las instalaciones. Hay una mujer sentada en mi comedor a la que atribuimos el cierre de una puerta sin haber comprobado siquiera cuál era su trabajo aquel sábado. Me parece que sí hace falta.

Cira alzó la vista. Por primera vez desde que había llegado no parecía preparada para la respuesta.

—No he venido a pedir que te pongas de mi parte —dijo.

—Eso ya lo sé.

—Te lo digo porque llevo mucho tiempo oyendo que alguien quiere hacer algo por mí. Casi siempre significa que quiere decidirlo él.

Oihana recogió las copias con cuidado, las dejó donde estaban y avanzó por el pasillo. Senén no fue detrás.