IV
Senén cerró la puerta del despacho antes de continuar hablando.
Oihana le pidió que la dejara abierta, porque hacía calor y la corriente de aire llegaba hasta allí.
Él la abrió un palmo. Tuvieron esa pequeña disputa delante de Cira, con la torpeza de un matrimonio que lleva demasiado tiempo sin recibir visitas y sigue esperando que cualquier desacuerdo pueda aplazarse hasta estar a solas.
—Hubo una declaración —dijo Senén—. La trajeron al despacho después del accidente. Yo no la inventé.
—¿Quién la trajo? —preguntó Cira.
—No lo sé. La encargada de personal, a lo mejor. Tuvimos que recoger un montón de cosas para el seguro.
—La encargada de personal era Oihana.
Ella sostuvo la mirada de Cira.
—Eso es verdad. También llevaba las nóminas, las reservas y los pagos al banco. No había más gente para hacerlo.
—Me llamaste al despacho el domingo catorce, después de comer. Estaba mi padre. Le dijiste que era una formalidad y que yo tenía que escribir las tareas del sábado y firmar el folio. Él estaba pendiente de que dejara de llorar. No llegó a leerlo.
—Tú lo leíste —intervino Senén—. Al menos eso dijiste cuando te preguntaron.
Cira abrió otra funda de plástico. Dentro llevaba un papel de tamaño cuartilla con tres renglones de su propia letra: «Entrada, 12.
00. Preparación de fruta y servicio de postres.
Salida, después de la limpieza». Debajo figuraba una firma que se reconocía con facilidad porque todas las letras parecían competir por ocupar el mismo espacio.
—Esto es un calco —dijo—. Mi padre lo encontró hace un mes dentro de una carpeta.
Yo escribí estos renglones porque Oihana me dijo que anotara de mi puño y letra las tareas del turno.
Estuvimos buscando el original cuando apareció la noticia, ¿te acuerdas, Senén?
Nos dijiste que ya se había entregado a quien correspondía y no se podía tocar.
—No recuerdo lo del calco.
—Mi padre arreglaba persianas. Tenía hojas de papel autocopiativo para los presupuestos y puso una debajo sin que yo me diera cuenta. Al día siguiente, cuando leímos el periódico, ya teníamos una copia de lo que había escrito. Intentamos enseñárosla, ¿te acuerdas?
Oihana pensó en el padre de Cira. No recordaba su nombre, sí unas manos grandes y una camisa de cuadros, las mismas que aparecían en la fotografía del juzgado.
Había venido dos veces a la hospedería aquella semana.
En la segunda visita preguntó por qué no podían devolverle el folio firmado.
Senén se ocupó de él. Ella estaba con la compañía de seguros y agradeció que alguien le quitara una conversación de encima.
—¿Por qué no me enseñasteis el calco entonces? —preguntó Oihana.
—Lo intentamos.
—Yo habría querido verlo.
—Estabas allí el domingo. Tú me dijiste lo que tenía que escribir.
—Eso ya me lo has dicho.
—Es que parece que sigas esperando una frase distinta.
Senén adelantó la silla, se sentó sin dejar de observarlas y tomó el recorte del periódico.
En el margen había unas anotaciones de Cira: la fecha de publicación, las iniciales del periodista y una dirección electrónica tachada.
Oihana vio que una parte de la fotocopia había sido ampliada; la tinta granulada deformaba algunos signos.
—Alguien puso las palabras entre comillas —dijo él—. Los periodistas hacen eso todo el tiempo.
—¿«Me dejé el acceso abierto»? —leyó Cira—. Yo nunca usé la palabra acceso. Decíamos la puerta de la piscina. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el mecanismo. ¿Por qué iba a declararme responsable de una entrada que no vigilaba?
—Habías ayudado en la recepción otros días.
—Ese sábado no. ¿Tienes una sola prueba de que me tocara cerrar esa puerta?
Senén dejó el papel.
—No puedo producirte pruebas desde la nada.
—No te las estoy pidiendo desde la nada. Te las estoy pidiendo desde la hospedería que dirigías.
Oihana se había pasado doce años evitando el detalle de aquella frase.
Cuando alguien la repetía, prefería no corregirlo; cuando veía el artículo en búsquedas de internet, cerraba la página.
No recordaba haberlo citado nunca literalmente en público.
Tampoco lo había desmentido. En la primera conferencia que dio, cuatro años después de la muerte de Numa, lo llamó «un acceso desatendido por personal del establecimiento».
Esa formulación había acabado apareciendo en folletos municipales, siempre asociada a su nombre.
Cira sacó entonces un folleto doblado, impreso esa misma semana.
Figuraba el nombre de Oihana junto al título de la charla del lunes.
Bajo una fotografía de archivo, el programa decía: «La ponente compartirá su experiencia y las lecciones que dejó un trágico descuido en el control de instalaciones».
—¿Eso lo has escrito tú? —preguntó.
—No. Lo ha preparado el centro cultural.
—¿A partir de lo que les contaste?
—A partir de las conferencias que he dado.
—Entonces mañana puedes corregirlo. No sé por qué, después de doce años, tendría que marcharme de aquí confiando solo en que lo harás.
—No has venido por casualidad hoy —dijo Senén.
—No. He venido el día que me dijiste que viniera.
El intercambio dejó a Oihana incómoda de un modo nuevo.
Hasta entonces había pensado en Cira como una persona que pretendía reabrir una cuestión cerrada.
Ahora veía que había elegido un método muy sencillo: preguntarles qué documentos conservaban, qué habían dicho y ante quienes estaban dispuestos a repetirlo.
Ni siquiera tenía que negar que el accidente hubiera ocurrido. Todos sabían que había ocurrido.