La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) III
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III

Oihana trasladó los papeles del escritorio a la mesa sin pedir permiso.

Era un gesto aprendido en años de tratar con documentos ajenos: antes de discutir el contenido había que dejar espacio, quitar el vaso, apartar las cosas que podían mancharlos.

Cira la observó retirar un plato de aceitunas y colocar debajo de su carpeta un mantel individual.

—¿Sigues dedicándote a los archivos? —preguntó.

—Restauro fotografías, cartas de familia, algún libro de cuentas. Trabajo para particulares.

—En verano de dos mil catorce me ordenaste que guardara las hojas de los pedidos de cocina en una caja azul.

Oihana recordó la caja de inmediato. Era de plástico duro, con dos cierres que se rompían cada temporada. Había media docena en el almacén.

—Era el procedimiento —respondió—. Los camareros entregaban al final del turno las comandas y los partes de incidencias.

—Yo no era camarera.

—Lo sé.

—Hacía la preparación fría y ayudaba a recoger. En septiembre estaba casi siempre con Rufina.

Rufina Gamero. Llevaba la cocina de la hospedería desde mucho antes de que Oihana y Senén se hicieran cargo del negocio.

Tenía una manera minuciosa de sacar cuentas, con lápiz y goma, y no permitía que nadie apilara los platos sucios junto a los ya fregados.

Se jubiló después de la venta y se fue a vivir con una hermana.

Oihana no había sabido nada más de ella hasta recibir, tres años atrás, una felicitación de Navidad enviada desde Teruel.

—¿Por qué me preguntas por el trabajo? —dijo Oihana—. ¿Qué quieres saber exactamente?

Cira abrió la carpeta. Dejó sobre la mesa una fotocopia de una página impresa, con una fecha de septiembre de 2014 en la parte superior.

Una frase aparecía rodeada con bolígrafo azul: «Me dejé el acceso abierto».

El artículo citaba a una «auxiliar de temporada» y, unas líneas más abajo, añadía que la joven había reconocido su descuido en presencia de los responsables del establecimiento.

—Esto lo publicaron dos días después —dijo Cira—. Mi apellido estaba en el titular del interior, pero dejaron fuera la foto en la edición digital.

Oihana recordaba la noticia. Las conversaciones de aquella semana, en cambio, se le mezclaban: quién había atendido a los periodistas, quién aconsejó no dar detalles, quién propuso que las preguntas se respondieran por escrito.

Las situaba alrededor del entierro sin poder asignarles una hora precisa.

Durante años había reservado toda la exactitud de que era capaz para la fecha de la muerte de Numa.

—Las crónicas de prensa contienen errores —dijo.

—Claro. Una vez me llamaron Clara, con ele. No escribí al periódico por eso.

Senén permanecía de pie junto a la encimera que separaba la cocina del comedor. Comía una uva tras otra, con los huesos en la palma de la mano.

—Yo hablé con un periodista —admitió—. No sé lo que entendió.

—¿Le dijiste que yo había dejado abierta la puerta de la piscina?

—No me acuerdo palabra por palabra.

—No te estoy pidiendo eso.

Él escupió dos huesos en un papel de cocina.

—En aquel momento todo el mundo hacía preguntas. Yo había encontrado a mi hijo en el agua. No estaba en condiciones de dar explicaciones sensatas.

Cira lo dejó terminar. Oihana había temido que replicara de inmediato, que utilizara la muerte de Numa en un enfrentamiento que iba a hacerse insoportable. Pero Cira recogió la fotocopia por una esquina y la apartó.

—¿Qué hice yo aquel día a las tres y cuarto? —preguntó.

—No puedo recordarlo doce años después —respondió Senén.

—Entonces, ¿por qué lo recordabais tan bien el lunes siguiente?

Oihana se acordaba del sábado trece por fragmentos concretos.

El calor en la cocina. Un grupo de excursionistas que volvió tarde de la visita a una bodega y pidió comer cuando habían cerrado la sala.

Una avería del congelador pequeño. La llamada de un proveedor a quien debían dos facturas.

Numa protestando porque no quería ponerse las sandalias de goma.

Pero aquellos recuerdos, incluso los más nítidos, no bastaban para situar a nadie a una hora determinada.

—La comida de los excursionistas se retrasó —dijo—. Tuvieron que servirles después de las dos.

—A las dos y veinte —precisó Cira—. Éramos siete en cocina y sala cuando llegó la primera mesa. A las tres estaba yo pelando melocotones para el postre de los que venían del salón pequeño. Rufina dijo que nadie saliera hasta terminar.

—Si estabais siete no sería difícil que alguien te sustituyera un momento.

Cira apoyó las manos sobre la carpeta.

—No me sustituyó nadie. Pero si tú no lo recuerdas, yo no te pido que me creas. Te pregunto dónde están los turnos de aquel sábado.

—Hace mucho que se vendió el negocio.

—¿Y tus cajas?

Oihana comprendió que la pregunta no era casual. La mujer sabía cómo organizaba los papeles. Se había preparado para aquella conversación con las herramientas que la propia Oihana le enseñó a usar de adolescente.

—Parte de los archivos quedaron con los nuevos dueños. Yo conservé los que tenían que ver con la administración familiar.

—¿Los partes de mantenimiento eran administración familiar?

—Según cuáles.

Senén dejó las uvas en el plato con demasiada fuerza.

—No vamos a montar una auditoría de aquella semana en el comedor.

—La puedes montar donde quieras —dijo Cira—. Yo he traído mis copias.

—¿Quién te las ha dado?

—Antes quiero que Oihana me diga si conserva los originales.

Oihana tardó más en responder de lo que habría querido.

—Puede que alguno.

—Entonces busquémoslo.

Cira no formuló una amenaza, ni se inclinó hacia delante para imponerla. El modo en que pidió ver los documentos obligó a Oihana a pensar en el archivo que guardaba en la habitación del fondo del pasillo, detrás de una puerta que aquel día nadie solía abrir.