II
La mujer que aguardaba ante la cancela llevaba una bolsa de lona en el hombro y unos zapatos cubiertos de polvo claro.
Tendría treinta años o poco menos. Oihana reparó en su postura; los hombros tensos y la barbilla ligeramente levantada.
Creyó haberla visto antes, aunque tardó en relacionarla con aquella casa.
—Buenas noches —dijo la mujer—. ¿Oihana Santibáñez?
—Sí. ¿En qué puedo ayudarte?
La mujer rebuscó en el bolsillo exterior de la bolsa, sacó un sobre blanco y lo sostuvo de forma que se viera el nombre escrito a mano.
—A mí me han invitado.
Oihana no cogió el papel.
—Debes de haberte confundido de casa.
—El número es este. La hospedería está al lado, aunque ahora tenga otra entrada.
A su espalda, la mujer miró hacia un tramo de pared donde crecían las parras.
Conocía la disposición antigua de la finca.
Fue eso, más que el sobre, lo que terminó de traerle a Oihana una fotografía de periódico: una muchacha delgada, los ojos entrecerrados por el sol, saliendo del ayuntamiento junto a su padre.
El pie de foto decía que trabajaba en la hospedería cuando ocurrió el accidente.
Un periodista había destacado en negrita su nombre.
—Cira.
—Berástegui. Sí.
Oihana sintió una irritación que no sabía dónde colocar. La mujer estaba allí el día de la muerte de Numa, después de doce años de silencio, y se dirigía a ellos con una educación que hacía más difícil pedirle que se marchara.
—No creo que hoy sea buen momento.
—Yo tampoco lo creía. Por eso pregunté primero.
Senén apareció detrás de Oihana. Se había cambiado de camisa; llevaba una gris que ella no le había visto ponerse.
—Has venido —dijo.
Cira le extendió el sobre.
—Me pusiste domingo trece, a las ocho. Son las ocho y nueve. He tardado en encontrar el camino; el navegador me enviaba a la entrada de los clientes.
—Te escribí después.
—Me dijiste que quizá era mejor hablar otro día. No me diste otro.
Oihana volvió la cabeza hacia su marido.
—¿Qué es esto?
—Le envié una nota.
Senén se frotó la boca con la mano. Oihana conocía aquel gesto de las reuniones difíciles: lo había visto hacerlo ante proveedores, inspectores y huéspedes que reclamaban la devolución de una reserva después de cancelar.
Por lo general, él proponía hablarlo al día siguiente y conseguía que el asunto perdiera urgencia.
Cira se quedó dónde estaba, con el sobre extendido.
—Quería hablar con ella. Luego pensé que aquí no era el sitio.
—Pero resulta que le diste nuestra dirección y nuestra hora de cenar.
—La dirección ya la sabía —dijo Cira—. Trabajé aquí dos veranos.
Senén se frotó la boca con la mano. Oihana conocía aquel gesto de las reuniones difíciles: lo había visto hacerlo ante proveedores, inspectores y huéspedes que creían tener derecho a recuperar una señal después de cancelar.
Por lo general, él proponía hablarlo al día siguiente y conseguía que el asunto perdiera urgencia.
Cira debió de reconocer también el movimiento, porque se quedó dónde estaba.
—No vengo a pedir que me dejéis entrar —aclaró—. Puedo decirlo aquí y volverme. Necesito saber quién escribió una declaración a mi nombre después de la muerte de Numa.
Oihana miró el sobre. Reconoció la caligrafía de Senén, las letras unidas sin apenas espacio, un trazo más grueso al final de cada palabra.
—Tú firmaste una declaración —dijo.
—Firmé una relación de tareas que me pusieron delante en la oficina. Tenía diecisiete años. Nunca vi el otro texto hasta la semana siguiente, en un periódico.
—Eso no puede ser.
Cira metió de nuevo el sobre en la bolsa.
—Entonces será fácil comprobarlo.
Al otro lado de la tapia pasó una furgoneta y la luz de sus faros recorrió la fachada.
Senén miró hacia el camino. A Oihana le pareció insoportable que pudieran encontrar a los tres discutiendo bajo el farol de la entrada.
En el pueblo continuaban circulando versiones sobre el accidente; las mismas personas que durante años habían tenido el tacto de no pronunciar delante de ellos el nombre de Cira podían repetirlo al día siguiente con una tranquilidad asombrosa.
—Pasa —dijo Oihana.
—No hace falta que…
—Vamos a comer. Si tienes algo que enseñarnos, entra y lo vemos sentados.
Senén abrió la boca.
—Oihana.
Ella apartó la cancela.
—No vamos a hablar de esto en la puerta.
Cira cruzó el jardín sin detenerse a observarlo. Al pasar junto a la puerta de la casa, vio que no acababa de encajar y la cerró levantando un poco la manilla. Oihana se dio cuenta de que había visto el defecto sin que nadie se lo explicara.
En el comedor, Cira dejó la bolsa a sus pies. Oihana sacó un plato distinto de los otros dos y lo puso junto a la ventana. Se arrepintió inmediatamente de esa diferencia, demasiado visible sobre el mantel, pero ya había empezado a servir.
—No sé si comes de todo.
—He cenado algo en la carretera. No hace falta que pongas nada.
—Has llegado a una hora de cenar.
—Porque eso decía la carta de Senén.
Su marido fue hasta el aparador por una copa y volvió sin ella.
—¿Cómo estás, Cira? —preguntó finalmente.
—Bien. Tengo trabajo. Vivo en Castellón de la Plana. Mi padre se jubiló en febrero.
Senén asintió sin saber qué hacer con aquella información.
—Me alegro —dijo.
—No te lo decía para que te alegraras. Has preguntado.
Oihana le sirvió agua. La mujer bebió un sorbo y sacó una carpeta de cartón doblada por un extremo.
—Mi padre se jubiló en febrero —explicó Cira—.
En agosto empezó a vaciar el taller y apareció una copia de aquel parte.
Yo llevaba años sin verla. Después supe que ibas a hablar aquí, mañana, de prevención de accidentes infantiles.
Volví a preguntar a la hospedería por el expediente.
Me respondieron que no conservaban el archivo laboral de aquella época.
—La hospedería ya no es nuestra —precisó Oihana.
—Por eso escribí a Senén.
—¿Cuándo?
—El uno de septiembre. El tres me mandó esa invitación. Le pregunté si podía venir con una persona que me asesorara, me dijo que prefería hablar conmigo sola. Después cambió de opinión.
Oihana se volvió hacia él. Aquella correspondencia se había producido durante los días en que ella preparaba el discurso para el centro cultural. Senén había leído los borradores, incluso le había sugerido eliminar una anécdota.
—¿Ibas a decírmelo? —preguntó.
—Hoy, después de cenar.
Cira soltó una risa pequeña, involuntaria. Senén la miró ofendido.
—Perdona —dijo ella—. Me cuesta imaginar cómo ibas a hacerlo.
Oihana se sentó. El queso empezaba a ablandarse y el pan había perdido el calor. Senén no había probado más que las uvas. A Cira le habían ofrecido un plato, pero seguía vacío. Oihana pensó en retirarlo y, por una razón que no supo precisar, lo dejó delante de ella.