La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1)
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I
Senén estaba en el comedor, pasando el dedo por la pantalla de su teléfono.
—Puedes sacar el agua de la nevera.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado eso.
El teléfono fijo, que apenas usaban, sonó desde el pequeño despacho de Oihana.
Era Berta Lloris, coordinadora del centro cultural. Hablaba deprisa, con la cordialidad de quien llama a una hora inoportuna y prefiere terminar antes de que se lo hagan notar.
—Te robo un minuto. He rehecho el orden de mañana. Primero el pediatra, luego tú. Después las preguntas, si las hay. ¿Te va bien a las once y cuarto?
—Sí. Habíamos quedado en eso.
—Es que la asociación de familias ha pedido que el pediatra se marche antes. Una cosa: la persona que te presenta quiere decir que eres la madre de Numa. ¿Lo ves bien?
Oihana abrió el cajón de los paños, aunque no necesitaba ninguno.
—Puede decir mi nombre y que fui responsable de la hospedería. Lo demás lo cuento yo.
—Me parecía que ibas a preferirlo. ¿Y el título? Lo hemos dejado en «Seguridad infantil en espacios compartidos».
—Está bien.
—Y perdona que llame hoy. Mañana nos vemos.
Cuando colgó, miró el texto impreso que había dejado junto al ordenador.
Seis folios. Había escrito una versión para cada una de las tres reuniones preparatorias y, esa misma mañana, había suprimido un párrafo entero sobre la necesidad de no buscar culpables cuando una familia atraviesa una pérdida.
No le había parecido pertinente. La frase que permanecía, dos páginas después, tenía otra dureza: «Un descuido ajeno puede alterar para siempre la vida de quienes confían en que los accesos estén vigilados».
Llevaba años pronunciando algo parecido.
Senén había aparecido en la puerta del despacho.
—¿Era lo de mañana?
—Berta. Ha confirmado el horario.
—No voy a ir.
—No hace falta que vayas.
—Podrías no hacerlo tú tampoco.
Aquello sí era nuevo. Había aceptado la intervención cuando el centro la propuso en junio; él no había celebrado la idea, pero tampoco se había opuesto. Oihana se sentó en el brazo de una silla.
—¿Por qué ahora?
—Porque no les debemos una representación cada vez que organizan unas jornadas.
—No es una representación. Van a hablar de cierres, de normas de acceso, de riesgos con menores.
—Ya lo sé.
—Entonces explícame qué te molesta.
Senén se acercó al escritorio y tocó, sin cogerlo, el borde del folio superior.
—La palabra prevención —dijo.
—Es una jornada sobre prevención.
—Precisamente.
Se marchó antes de que ella pudiera contestarle. Oihana volvió a la cocina, comprobó el horno y sacó las uvas del papel. A las ocho menos diez llegó un coche por el camino de tierra. Se detuvo al otro lado de la tapia, apagó el motor y durante un rato no se oyó nada.
—¿Esperas a alguien? —preguntó desde la cocina.
Senén no respondió.