La mujer que vino a cenar (Lo que pasó después 1) XI
100%

XI

A las nueve y diez del lunes, Berta llamó a su móvil.

Oihana estaba en una cafetería de la plaza, terminando un café.

Se había levantado antes que Senén y revisado la rectificación.

También fotografió la página entera del libro de mantenimiento.

El mensaje destinado al periódico seguía en borradores: quería adjuntar las imágenes originales y había acordado enviarlo antes del mediodía.

—He leído lo que me mandaste —dijo Berta—. ¿Tú estás segura de querer hacerlo allí?

—Sí.

—No me refiero a si quieres decirlo. Te pregunto si quieres leer ese texto en una jornada del centro cultural. Puedo daros otro espacio. Podemos convocar a los medios y hacerlo bien.

—No quiero convertirlo en una rueda de prensa. Llevo años hablando de aquella muerte en lugares como ese. Voy a empezar por corregirlo donde me iban a escuchar esta mañana.

Berta calló un instante.

—El programa está impreso. Tendré que hablar con la persona que te presenta.

—He preparado una nueva entradilla con mi nombre y mi oficio. Nada más.

—¿Y Senén?

—Ha firmado la rectificación. No viene.

—¿Te acompaña alguien?

—Voy sola.

La coordinadora le explicó que el acto comenzaba a las diez y media, que un pediatra hablaría primero y que la intervención de Oihana seguía prevista a las once y cuarto.

No sabían aún si habría representantes del ayuntamiento.

Había familias y personal de escuelas, y un grupo de estudiantes de un ciclo de educación infantil ocuparía varias filas.

Berta pensaba que la lectura del comunicado iba a alterar el contenido de la jornada, pero no le pidió que se retirara.

Cuando colgó, Oihana pagó el café y caminó hasta el edificio municipal.

La antigua farmacia vendía ahora artículos de ortopedia; en el escaparate había una fotografía de una piscina portátil para niños.

Había usado imágenes semejantes en sus charlas, junto a recomendaciones sobre vallados, cubiertas y alarmas.

Nunca había mencionado el presupuesto para una pieza que ella misma decidió no cambiar.

Berta la recibió en la puerta de la sala. Le había reservado una silla en un lateral, junto a una mesa con botellas de agua y carteles sin repartir. Llevaba el programa doblado en cuatro y unas gafas sujetas por una cadena.

—He cambiado la presentación —le aseguró—. Si quieres terminar antes, no hace falta que hagas preguntas. Me encargo yo.

—Prefiero que las haya.

—No sabes lo que pueden preguntarte.

—Por eso prefiero que las haya.

Berta observó el sobre con la hoja manuscrita y las fotocopias.

—¿Has hablado con la persona a la que mencionas?

—Anoche. Le mandé el texto, lo leyó y me pidió que dijera su nombre completo. También quiere que lo comuniquemos al periódico. Ya he preparado el correo.

—Es importante que conste que no le atribuyes ninguna intención.

—Voy a decir lo que hicimos nosotros.

El pediatra terminó con recomendaciones sobre vigilancia y barreras físicas.

Hubo tres preguntas breves. Desde el lateral, Oihana oyó cómo arrastraban una silla y cómo Berta agradecía al ponente haber adaptado los ejemplos a las instalaciones públicas del municipio.

Cuando anunciaron su nombre, un hombre sentado cerca le sonrió. Ella no supo si la había reconocido.

Subió a la tarima. El micrófono estaba demasiado alto y tuvo que aflojar la rosca para bajarlo.

Berta se acercó a ayudarla; al hacerlo golpearon el soporte y una vibración seca recorrió la sala.

Algunas personas levantaron la vista de sus carpetas.

Oihana aprovechó ese pequeño contratiempo para colocar los documentos en orden.

—Buenos días. Soy Oihana Santibáñez. Hace doce años dirigía, junto a mi marido, una hospedería en las afueras del pueblo. El trece de septiembre de dos mil catorce nuestro hijo Numa murió ahogado en la piscina de aquel establecimiento.

La mayoría de los presentes conocía al menos esa parte de la historia. Una mujer de la primera fila bajó la cabeza; Oihana creyó reconocer a una antigua huésped, pero no tuvo tiempo de estar segura.

—En diferentes charlas he utilizado lo que ocurrió para hablar de prevención.

Hoy he venido a corregir algo que dije y dejé decir durante mucho tiempo.

Después del accidente atribuimos a una trabajadora de diecisiete años, Cira Berástegui, una frase según la cual había dejado abierto el acceso de la piscina.

Esa afirmación salió de un comunicado que redacté yo y que mi marido revisó y envió a un periodista.

No procedía de una declaración de Cira. No teníamos fundamento para hacerla responsable de esa puerta.

Un bolígrafo cayó al suelo dos filas detrás de Berta. Oihana esperó a que cesara el ruido.

—Antes del accidente conocíamos un fallo en el mecanismo de cierre de la puerta lateral del recinto.

Habíamos recibido un aviso por escrito y aplazado la sustitución de la pieza.

Los dos firmamos esa decisión. No sabemos con certeza por dónde accedió Numa al agua.

Lo que sí podemos acreditar es que no debimos señalar a Cira, y que durante doce años no rectificamos públicamente aquella acusación.

Siguió leyendo. Explicó que Cira tenía copia de la declaración firmada y que podían contrastarse los partes de mantenimiento.

Se comprometió a facilitar los documentos completos para que se revisaran de manera independiente y a solicitar al periódico una actualización de la información publicada.

Antes de subir a la tarima había descartado un párrafo que comenzaba «Como madre, quisiera que comprendieran». No lo leyó.

Terminó. Una persona de la segunda fila levantó la mano antes de que Berta abriera el turno.

—Perdone, ¿nos está diciendo que hubo una negligencia conocida en las instalaciones?

—Les estoy diciendo que existía un fallo del cierre del que teníamos constancia y que pospusimos su reparación. Los documentos muestran eso. No sería honrado decirles que esa avería explica por sí sola todo lo ocurrido.

—¿Y la trabajadora? —preguntó otra voz desde un extremo—. ¿Cómo sabemos que estaba en cocina?

—Su turno figura en una documentación que estamos contrastando. Pero no le corresponde a ella demostrar que no dijo una frase que nosotros le atribuimos. La redactamos nosotros. Eso es lo que he venido a corregir.

Berta tomó el micrófono de mano y propuso continuar con las preguntas sobre prevención.

Un hombre comentó que todos los edificios antiguos tenían desperfectos.

Otra mujer quiso saber qué debían hacer los vecinos si no cerraba bien la puerta de su piscina comunitaria.

Oihana recomendó dejar la incidencia registrada y pedir que se restringiera el acceso hasta verificar la reparación.

A continuación, una maestra preguntó cómo explicar a los niños los riesgos del agua.

Oihana respondió sin volver a hablar de su hijo.

Al terminar, nadie se levantó para aplaudirla.

Algunas personas hablaron entre sí; otras recogieron los folletos que habían dejado en las sillas.

Berta le pidió una copia firmada para adjuntarla al acta de la jornada.

Oihana se la dio y volvió a su sitio, donde todavía estaba la botella de agua abierta antes de subir.

El teléfono mostraba un mensaje de Senén: «¿Cómo ha ido?

». No respondió. Abrió el correo destinado al periódico y adjuntó la rectificación y las fotografías del cuaderno de mantenimiento.

En el asunto escribió: «Corrección solicitada sobre la información del 15/09/2014».

Comprobó la dirección del destinatario y pulsó enviar.

Cuando levantó la cabeza, una de las asistentes estaba recogiendo un programa del suelo. Oihana le ayudó a doblarlo por la mitad. La mujer se lo agradeció y salió hacia el vestíbulo sin preguntarle nada.

Oihana guardó los papeles en su carpeta. Berta la alcanzó en el vestíbulo antes de que saliera del edificio.

—La asociación ha grabado tu intervención —le explicó Berta—. Quieren subir el vídeo a su página. Prefiero preguntártelo antes de darles permiso.

—¿Han grabado también las preguntas?

—Sí, pero todavía no sé si se oye bien desde el fondo.

—Envíale antes el vídeo a Cira. Sale su nombre completo. Que decida qué quiere que se haga público de esa parte.

Berta guardó el teléfono y le mostró la autorización. Oihana tachó la casilla de difusión pública y firmó la de conservación de la grabación.

Mientras devolvía el bolígrafo, una mujer se acercó a preguntar si podían facilitarle una copia de lo que acababa de leer y Berta abrió su carpeta para buscarla.