CAPÍTULO 26
UNA VIDA MARAVILLOSA
L as primeras semanas de enero del ochenta y cinco fueron de profunda tristeza para mí.
Al principio no encontraba explicación para un hundimiento tan drástico en mi estado de ánimo y lo achacaba a estar de nuevo tan lejos de casa, a la morriña y a la aventura frustrada con un hombre tan maravilloso como Manuel.
No obstante, de un modo un tanto bizarro, hallé con el tiempo la explicación mientras veía un documental en la televisión sobre el espacio y los astronautas de la NASA.
En él, entrevistaban a un viejo comandante en las misiones Mercury, ya retirado tras un último vuelo orbital en el trasbordador espacial Columbia.
No recuerdo su nombre, pero era un hombre atractivo, a pesar de su edad, con una mandíbula fuerte, hombros anchos y transparentes y penetrantes ojos verdes que centelleaban con un cautivador brillo de inteligencia.
Durante la entrevista, conversaba con el periodista sobre un sentimiento muy particular que sólo seres humanos tan especiales como aquellos que han logrado observar el planeta Tierra desde el exterior podían experimentar.
Y es que habiendo llegado a las cotas más altas en cuanto a logros personales y profesionales a los que una persona podría aspirar, de repente, a su regreso a casa, sentían la frustración de la normalidad tras haber alcanzado la gloria y eso producía en ellos un empequeñecimiento tan brusco que difícilmente eran quien de asimilar.
En una explicación tan simple como esa es dónde encontré el sentido a mi desazón y desaliento.
Y es que habiendo llegado a convertirme en teniente del ejército del aire y haber resultado una figura clave en el desmantelamiento de un intento de golpe de estado, regresaba ahora a una rutina simple y cotidiana.
Y no es que mi vida fuera algo normal, ni mucho menos.
Era una alta ejecutiva de una gran compañía de inversiones que había salido del rural de la Galicia más profunda y, sin embargo, nada de eso ayudaba a calmar el hambre de aventura hasta que comprendí los motivos de tan áspera sensación y pude trabajar sobre ellos con la ayuda externa de un poco de terapia conversacional con una famosa psicóloga de Manhattan, que mi hermano Alberto me había recomendado.
Por lo demás, la vida continuó. Traté de olvidar todas las aventuras que habían llegado a ser y que, al mismo tiempo, nunca lo fueron.
Logré pasar página y quitar de mi cabeza a Manuel o a Johan, a pesar de que nunca llegué a perder del todo el contacto con ellos, especialmente con el primero, con el que me carteaba puntualmente dos veces al año compartiendo parte de nuestras vidas, plasmando negro sobre blanco algunos de nuestros recuerdos sobre la increíble aventura que habíamos experimentado.
En el trabajo, los éxitos se fueron acumulando y pronto me convertí en directora y, con sólo Jack por encima como presidente de la compañía, pude superar a un consejo de administración encorsetado y anclado a los viejos métodos del pasado, que jamás supo manejar con destreza los avatares y vicisitudes del mercado.
Mi éxito profesional, forjado a fuego lento a base de años y años de dedicación y esfuerzo, era incontestable y al fin había llegado a las cotas de éxito que siempre había soñado.
No voy a mentir diciendo que todo fue un camino de rosas…
Hubo malos tiempos, cómo no. La empresa tuvo que tambalearse y superar duras crisis.
Al fin y al cabo, los mercados financieros son inestables, volátiles y muy complejos, mas allí estábamos la mágica y prestigiosa dupla de Wall Street para superarlos; Jack e Isabel, Isabel Portela y Jack Armstrong o, como me llegué a enterar que se referían a nosotros en círculos reducidos, “los tiburones”.
Tampoco faltaron deplorables seres humanos, como lo había sido Greta en otro tiempo.
Personajes sin ética, carentes de valores y cuyas decisiones se basaban siempre en el interés particular y jamás en el bienestar del equipo o de la empresa.
Mas la vida me había hecho prudente y, siempre de la mano del regalo perceptivo que Dios me había dado, nunca me faltó intuición para detectarlos y apartarlos rápidamente del camino.
Y así es como la vida continuó para mí y para los míos, al igual que en la de la empresa que ahora sentía tanto mía como lo era propiedad de Jack.
Con sus altos y bajos, sus momentos duros, balanceados con otros felices.
Siempre rodeada de los míos, de gente querida, de amigos, de todos aquellos, en definitiva, con los que había querido estar.
Mis compañeros en el largo viaje de la vida…
Gabriel me hizo abuela de dos preciosas niñas.
Tras el disgusto de su primera separación, se volvió a casar con una muchacha de Brooklyn, hija de policías y de origen cubano.
Una preciosa mujer de piel morena, ojos claros y larga melena lisa en color cobrizo que me regaló dos ángeles, Selena y Judith, dos niñas pelirrojas tan bonitas y alegres, que cada vez que tenía la suerte de salir a la calle a pasear con ellas, la gente se detenía a contemplarlas, como si fueran en sí mismas la obra más perfecta del Creador.
Si triste y traumática fue la separación, lo compensó con creces aquel regalo de dos mellizas tan radiantes y dicharacheras que con su sola presencia te hacían olvidar cualquier problema, gestadas en el vientre de una buena mujer que hizo feliz a mi hijo para siempre…
su media naranja, su perfecto complemento, como lo había sido Mateo para mí.
Sé que podría haber dejado unas memorias mucho más extensas que estas, que finalizan en el año ochenta y cinco, cuando contaba con sólo cincuenta y cinco años — quién los pillara , como se suele decir—.
Sobre todo, sabiendo que la que hoy día firma estas letras tiene noventa y seis y el agujero entre medias representa toda una aventura.
El motivo es bien sencillo y es que la parte de mi vida que aquí dejo retratada es la de los altibajos, la de las idas y venidas de una diosa fortuna que, cuando parecía más esquiva, regresaba y me compensaba, para después abandonarme de nuevo y volver una y otra vez.
Una etapa que fue increíblemente feliz en ocasiones y terriblemente desdichada en otras, pero que me enseñó que eso es precisamente la vida.
En eso consiste y aquel que diga que es feliz, tengo a buen seguro que es un necio o un mentiroso, pues la dicha completa no existe más que en la imaginación de los poetas.
La vida es en realidad una sucesión de retratos acerca de las decisiones que tomamos, sazonada con el azar, que unas veces nos es esquivo y otras nos acompaña.
Y que justo cuando pensaba que no podría ser más dura y que no podría soportar el dolor de los malos momentos, me daba un respiro para sacar la cabeza del pozo a tomar aire y poder seguir así enfrentando los escollos que aparecían en el largo camino.
Si algo me ha enseñado la experiencia vital es que al final, si el trabajo se hace bien, con honradez, con humildad y esfuerzo, termina pesando más lo bueno que lo malo y la balanza se inclina definitivamente hacia lo positivo, garantizándonos una madurez y después una vejez plena y en compañía de los seres más queridos.
Por lo demás, no me puedo quejar, pues mi vida ha sido maravillosa. Mi hijo terminó licenciándose con honores como inspector de policía y hoy día disfruta de una merecida jubilación, siempre cercano a las dos hermosas nietas que me ha regalado.
En cuanto a Mateo y a mí, hemos sido muy dichosos.
En Nueva York disfrutamos durante casi dos décadas de una paz que jamás habíamos conocido antes, sin enfermedades, con dinero de sobra para llevar una vida cómoda y, sobre todo, con amor, con mucho amor.
En un país en el que la edad de jubilación es libre y con unas profesiones las nuestras que no requerían esfuerzo físico, aguantamos trabajando hasta bien avanzados los años.
El dinero fluía a raudales en nuestro hogar, tanto como para compartir con familia y amigos nuestra abundancia y que, a pesar de ello, todavía sobrara para muchos caprichos, como la espectacular colección de relojes de lujo que Mateo comenzó a mediados de los ochenta.
Luego estaba nuestro obligatorio mes de vacaciones de verano, en el que viajábamos por todo el país y mucho más allá.
Conocimos Venezuela, Brasil, Argentina, Chile, Puerto Rico y Perú.
Visitamos Canadá en tres ocasiones y, en todas ellas, nos maravillamos con las Cataratas del Niágara y la furia con la que millones de toneladas de agua azotaban sin descanso el lecho del río homónimo.
Pero no nos quedamos en el continente americano y, aprovechando una visita a la familia en Galicia durante el año noventa y dos y, en el periodo más largo de vacaciones pagadas que puedo recordar, hicimos un recorrido por toda Europa.
Visitamos Alemania, Francia, Bélgica y por último, Italia, en donde a lo largo de dos semanas conocimos Roma, Venecia, Florencia, Nápoles, Verona y Milán.
Qué buenos tiempos fueron aquellos, Mateo y yo juntos… Dios mío… cómo lo echo de menos…
En el año dos mil ocho, recién cumplidas las setenta y ocho primaveras y cansada de lidiar con el estresante trajín de Wall Street, fue que decidí jubilarme, arrastrando conmigo a Mateo, consagrado ya como un insustituible artesano relojero, que probablemente echaron en falta tanto como a mí.
Y es que, para entonces Jack, mi querido jefe y buen amigo Jack, se había ya jubilado y, a pesar de que Cathy había pasado a ser la nueva presidenta de la compañía, jamás había prescindido de mis consejos para las decisiones más importantes…