CAPÍTULO 25 #3
En el exterior de la terminal, respiré profundamente el aire húmedo de Santiago, muy diferente al frío y seco de la capital.
Cerré los ojos y evoqué miles de recuerdos en un solo instante, al menos hasta que un taxi pasado de kilómetros y soltando más humo que una chimenea me provocó un acceso de tos.
Camino a mi casa natal en la aldea, en el asiento del acompañante del viejo coche de papá, recordaba la despedida de Manuel.
Cómo comportándonos como dos adolescentes parecíamos no tener nada que contar en los últimos minutos que compartí a su lado y que sirvieron por una eternidad.
Tiempo en el que nos abrazamos y nos besamos con pasión.
Un único beso que valió por toda una vida y que jamás se repetiría, pues regresaría con mi buen Mateo a mi rutinaria vida en la gran manzana, habiendo disfrutado de la mayor aventura que podría haber imaginado.
Recordé cómo cerca de la puerta de embarque una voz metálica anunciaba los destinos, mientras aguardaba impaciente el momento en el que él se atreviera a dar el paso y darme ese último y único beso que tanto ansiaba.
Cómo el panel iba pasando por las salidas, una tras otra y, a medida que la mía se acercaba, semejaba que nunca iba a llegar.
—Hemos terminado antes de empezar —se atrevió a decirme con voz neutra, no muy diferente al de la señorita que anunciaba las salidas y llegadas por megafonía.
—Es mejor así, Manuel… mi Manuel.
Entre nosotros quedó en el aire una espesa bruma de recuerdos que jamás llegarían a existir; nuestros primeros años de pasión, las primeras discusiones, las rutinas que ya no alcanzarían a llegar…
—Isabel, yo…
Finalmente se atrevió a traspasar la barrera invisible que nos apartaba y me abrazó.
De repente, el tiempo se detuvo y con él, todo el bullicio de la terminal.
Los gritos de los niños enmudecieron y la megafonía se desconectó.
A nuestro alrededor no había nadie más, sólo nosotros.
Entonces, la bruma se disipó y rodeó mi cintura.
Mis ojos alternaron entre sus labios y los suyos hasta que se decidió a recorrer los primeros centímetros…
y yo le seguí… y el mundo desapareció por unos segundos.
Cuando recuperé la conciencia de mi propia existencia y a punto estaba de mandar todo a freír puñetas, la azafata de la compañía anunció el embarque de mi vuelo y me arrancó de la ensoñación.
Me aparté de él bruscamente y corrí hacia la puerta, arrastrando la maleta, dejando atrás un riachuelo de lágrimas que inundaba el suelo de la terminal con la tristeza por otro amor perdido.
—¿En qué piensas, Isabeliña? Vas muy callada —preguntó papá, mientras enfilaba la recta en subida que daba a la aldea de mi casa natal. Entiendo que notó mi desazón, mal disimulada por el temblor de mis piernas.
—Nada, padre, nada….
Al llegar a casa, mamá me esperaba con la vieja habitación que había sido de Lucinda y mía muchos años atrás, en donde jugábamos a ser modistas y leíamos hasta caer rendidas, o hablábamos de los muchachos que nos gustaban.
Con la excusa de deshacer la maleta e instalarme, me encerré en el cuarto y lloré y lloré hasta que pensé que ya no me quedarían lágrimas para llorar nunca más.
Y no sólo por Manuel, sino también por la ansiedad de tantos días de amenazas, secuestros, muertes…
asesinatos. Mi vida había corrido peligro en muchas más ocasiones de las que podía soportar un ser humano en tan poco tiempo y he de reconocer que me derrumbé.
De rodillas, con la cabeza apoyada en la cama y las manos tapando los oídos, estuve cerca de dos horas, hasta que escuché la voz de mamá avisando para cenar.
Salí al cuarto de baño y me aseé. Tenía la cara congestionada por el llanto, así que tuve que enfriarla bajo la alcachofa de la ducha y darme después algo de maquillaje para disimular los coloretes.
El caldo de mamá me hizo olvidar las penas, como si hubiera mezclado la patata desmigada o las acelgas con algún tipo de narcótico.
Mis padres, con su hospitalidad y amor lograron lo que meses de terapia no habrían logrado: hacerme olvidar durante un buen rato todo lo que había ocurrido.
Pasamos una velada inolvidable, recordando los viejos tiempos; jugamos a las cartas, charlamos y hasta vimos un programa de humor que estaba agendado aquella noche en la parrilla de la televisión pública.
Mamá se acostó primero. Estaba cansada y feliz de recibir de nuevo a su pequeña Isabel y sólo deseaba dormir y tener un buen descanso, soñando con que los buenos tiempos regresaban y sus hijos volvían a ser pequeños y la acompañaban de nuevo.
Papá no podía pues, aunque igualmente cansado, sabía que tenía algo muy importante que decirle…
Le conté todo lo ocurrido. No podía ser de otro modo, pues tenía plena confianza en su discreción.
Por momentos, mientras exponía el relato de los hechos, me observaba con terror, pensando en los días terribles que había vivido su niña favorita o en las veces en que su vida había corrido peligro…
En otros, lo hacía con orgullo, escuchando atónito lo importante de mi papel en la reparación de tan grave crisis…
Pero la expresión que más tiempo permaneció en su semblante durante el relato fue la de melancolía, recordando sus propias batallas de juventud que jamás regresarían, en compañía de su viejo amigo, el general Lon Laga.
—No puedo creer que el general haya sido capaz de promover un golpe así —se quejaba—. Nunca lo hubiera imaginado de él.
—No te tortures, padre. Él pensaba que era lo mejor para España. Su hijo me lo ha hecho ver y tiene toda la razón. Todo lo que hizo fue porque tenía la firme convicción de que era lo correcto.
—No hay excusas para eso, Isabeliña. Han estado a punto de morir miles de personas por su cabezonería. Por esa regla de tres, cualquier asesino se puede disculpar porque ha tenido una infancia dura…
—Ya, padre —una vez más, la sensatez de papá era inapelable.
—Sólo hay un modo de hacer bien las cosas y desde luego no lo es a tiros. Merece pudrirse en la cárcel —afirmó con la vista perdida hacia la oscuridad de la noche que pintaba la ventana de la cocina como un melancólico lienzo.
Una inteligente y sensata visión de la vida, la de mi padre, y es que no todo vale para promover una idea, un credo o una forma de vida.
Las convicciones, los principios, las aspiraciones, los sueños…
todos ellos se conquistan como pequeñas batallas, uno tras otro.
Desde luego, jamás por la fuerza extrema de la imposición a través del odio y la sangre.
Ese es el error que el viejo Lon Laga había cometido y que habría echado por tierra los méritos conseguidos en otra etapa de su vida, convirtiendo su legado en un oscuro secreto del que sólo papá —un anciano campesino, un mecánico, un intérprete de zarzuela frustrado— logró salir indemne.
Pasé unas navidades deliciosas en la aldea, en compañía de mis padres y mi hermana Lucinda, que nada más supo que disfrutaría de las fiestas en casa con ellos, se apuntó y voló desde Venezuela para acompañarme y rememorar viejos tiempos.
Tuvimos la casa para los cuatro y un precioso perro pastor alemán, Júpiter, con el que daba largos paseos con mi hermana, atravesando los húmedos bosques autóctonos en busca de alguna manzana tardía o, armada con una bolsa de supermercado, recogiendo castañas del suelo para asar por las noches sobre la vieja cocina de fundición.
Fueron aquellas fiestas el perfecto colofón y, al mismo tiempo, contrapunto a un mes de diciembre del año ochenta y cuatro que representó para mi vida algo así como el equivalente cinematográfico al camarote de los Hermanos Marx…
Pude relajarme y descansar, recobrar fuerzas y olvidar los malos momentos, recordar los buenos y recuperar un poco del peso que la ansiedad por tanto secuestro, lucha y amenaza me había robado.