La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

​ —General Lon Laga, para ser más exactos. He sido ascendido por el Rey en persona a General, por los méritos recientes en la anulación del segundo golpe de estado. Me han puesto a cargo del CESID, en lugar de Barranco Murillo, que está ahora en prisión por colaboración con el golpe.

​ —¿Rafael Barranco? ¿Tu jefe?

​ —Exjefe… Estaba metido en el ajo, Isabel. Debería haberlo sabido por su reacción cuando le presenté mis hallazgos, semanas atrás.

​ —Pues sí parece que tienes cosas que contarme… Escucha ¿qué te parece si nos vemos en la cafetería del hotel en donde me hospedaba, en el mismo reservado en el que planificábamos nuestros pasos? —parecía que había pasado una eternidad desde entonces…

​ Dejé la maleta a medio preparar y, después de enfundarme en el mejor, más caro y escotado de mis vestidos, me maquillé sutilmente, con una base tan ligera y elegante que apenas se notaba.

Quería ir guapa, pero a la vez que no se notara el esfuerzo por hacerlo.

Nuestra historia habría sido imposible, pero a toda mujer le gusta sentirse deseada…

​ A las once en punto, hora a la que habíamos quedado en la recepción del hotel, el taxi me dejó en la puerta. Él me esperaba vestido con el mismo uniforme con el que lo había conocido, sólo que esta vez había más medallas y colores en sus solapas.

​ —Buenos días de nuevo, mi General.

​ —Buenos días, teniente Portela.

​ —Venga ya, hombre. Puedes dejar de llamarme teniente. La crisis ya ha terminado.

​ —De ningún modo. Es una de las ventajas de mi cargo. He insistido en que el rango provisional que se te dio fuera convertido en honorífico y mantenido a perpetuidad.

​ —¿En serio?

​ —Sí, totalmente. Creo que es lo menos que podía hacer por ti… Así que, ya sabes, en adelante, serás teniente asimilada honorífica del ejército del aire español.

​ —Vaya, pues sí que es todo un honor.

​ —Anda, Portela. Déjate de pamplinas y permite que abrace a la mujer que más admiro.

​ Manuel se acercó y me apretó contra él con un fuerte y sincero abrazo. Sentí un estremecimiento cuando noté sus potentes brazos rodeándome —los mismos que habían abatido días atrás a cuatro hombres armados. Su perfume era embriagador y por un instante deseé que aquel momento durase para siempre.

​ —Me alegro mucho de volver a verte, Isabel.

​ —Yo también, Manuel. Habría sido una descortesía el no habernos despedido en persona…

​ Por suerte, la mesa que habíamos utilizado durante horas pocos días atrás estaba desocupada, así que el camarero de turno nos guio al reservado. Pedimos un par de tónicas y charlamos, recordando los momentos tan intensos que habíamos vivido durante la Nochebuena y la madrugada de Navidad.

​ —¿Sabes que el agregado de la CIA era en realidad un espía soviético?

​ —¿Qué me dices? —mi pregunta sonó artificial. Todavía me hallaba embriagada de su perfume.

​ —Lo que oyes, Isabel. Llevaba meses haciéndose pasar por un agente americano del que él mismo había dado cuenta. Su parecido físico y una buena dosis de maquillaje y caracterización habían hecho el resto. ¿Sabes que la idea del golpe de estado partió de él?

​ —Pero ¿cómo ha podido ocurrir? ¿No tienen protocolos los americanos para estas cosas?

​ —El espionaje es un tema complejo, te lo aseguro. Lo sé de buena tinta…

​ —Ya…

​ —Hemos tenido suerte, mucha suerte, de que no se saliera con la suya.

​ —Pero ¿qué habría podido ganar la unión soviética con un golpe de estado en España?

​ —Supongo que desestabilizar Europa. Piénsalo…

Empiezan por España y el germen de una nueva dictadura se extiende como la pólvora al viejo continente.

Eso provocaría revoluciones sociales y el comunismo tendría terreno abonado para plantar su semilla.

La URSS está en las últimas y buscan a la desesperada aliados para perpetuarse.

​ —Un análisis muy sesudo, General Lon Laga… Suena bien… General… —buscaba el modo de cambiar de tema y me decidí por coquetear un poco.

​ —No tanto para mí. Llevo media vida escuchándolo.

​ —Por tu padre ¿no? ¿Cómo está?

​ —Resignado a espiar su culpa, pero eso es algo en lo que estoy trabajando con su abogado. Tiene dos buenos atenuantes para zafarse y poder retirarse a Olite a disfrutar de sus últimos años. Con eso y mi influencia, pienso que podremos liberarlo en pocos meses.

​ —¡Excelentes noticias! Deberíamos tomar un trago de tónica para celebrarlo.

​ —Hubiera preferido brindar con algo más fuerte mientras cenábamos…

​ —Sobre eso, Manuel…

​ —No digas nada, ya sé lo que hay…

​ —Siempre podremos llamarnos y escribirnos. Me gustaría mantener el contacto contigo —el tono de la conversación tornó en melancolía.

​ —Todo un océano entre nosotros, Isabel. No lo veo… Pero podemos intentarlo.

​ —Te prometo que te escribiré.

​ —Y yo sé que cumplirás tu promesa, teniente Portela.

​ Nuestras miradas se encontraron y el silencio habló por nosotros.

​ —Oye, te he pedido vernos para algo muy concreto, por cierto —dijo él rompiendo el lánguido silencio—. Tengo algo para ti.

​ —¿Un regalo?

​ —Algo así.

​ Manuel hurgó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un trozo de tela azul. Tenía bordadas dos estrellas de seis puntas amarillas.

​ —Aquí tiene usted, teniente Portela. Es para coser en las hombreras de tu chaqueta favorita.

​ Me quedé observando el galón, pensando egoístamente qué clase de broma era aquella que me había permitido obtener un rango que otros tardan años de esfuerzo en adquirir, no obstante, él pareció leer mis pensamientos.

​ —Que no se te suba a la cabeza, Isabel. Para ti es sólo un cargo honorífico. No pretendas ir por ahí dando órdenes, aunque si algún día regresas a España y entras en una base militar, que sepas que muchos jóvenes se van a volver a saludarte.

​ —Manuel, yo… Es todo un honor…

​ —Merecido es para la mujer… para la persona más inteligente que he conocido. De no haber sido por tu ayuda, ahora mismo estaríamos en estado de sitio en todo el país y probablemente se habría desatado una nueva Guerra Civil. El país te debe la vida de decenas de miles de españoles.

​ Aquel fue un momento muy especial, pues vi como los ojos de un hombre tan duro, tan fuerte y poderoso, comenzaban a brillar. Se había emocionado…

​ —Isabel, yo…

​ —No es necesario que digas nada, Manuel —extendí las manos por encima de la mesa y tomé las suyas—. Tal vez en otra vida.

​ —Sí… en otra vida…

​ Al estirar las manos, la manga de su chaqueta se había levantado ligeramente, lo suficiente como para dejar al descubierto la esfera de un reloj Oris y pude ver la hora.

Se me había hecho tarde. Todavía debía regresar a La Moraleja, terminar con la maleta y llegar al aeropuerto y todo eso en menos de dos horas.

​ —No querría ser descortés, Manuel, pero voy a perder el vuelo si no me doy prisa.

​ —Oh, vaya, sí… yo… Me hago cargo. Vamos…

​ —¿Me llevarías?

​ —Por supuesto. Tengo la mañana libre. Además, no iba a permitir que una mujer tan importante pase subida a un taxi sus últimas horas en Madrid. Te acercaré al aeropuerto.

​ Faltó muy poco para perder el vuelo a Santiago…

Y eso que Manuel no escatimó en ordenar al chófer que se saltara semáforos en su recién estrenado coche oficial.

Llegamos a casa de mi sobrino y terminé con la maleta a toda prisa.

Después de una triste despedida —de la familia madrileña con la que tanto había compartido en tan poco tiempo— ya camino al aeropuerto, tratábamos de distraer la cercanía del final de una bonita relación que, aunque necesario, ninguno de los dos deseábamos.

​ —¿Cómo habéis logrado ocultar a los medios semejante despliegue armado? —me atreví a preguntar a la altura de la calle de acceso al aparcamiento temporal de Barajas.

​ Él pareció sorprenderse por la cuestión, pues sus pensamientos circulaban por otros derroteros en aquel instante.

​ —No fue difícil. Tenemos a ETA. Filtramos a la prensa un despliegue armado a gran escala, coordinado para desactivar varios comandos al mismo tiempo a lo largo de la península.

Cuando las noticias de avistamientos de aviones, carros de combate y llegadas a puerto de barcos de guerra comenzaron a correr como la pólvora, los más avezados periodistas ataron cabos con la filtración y anunciaron un golpe a la banda armada.

¿Es que no has leído la prensa estos días? Han salido artículos hablando del tema.

​ —Lo cierto es que no. He estado desconectada del mundo, disfrutando de mi familia aquí en Madrid.

​ —Pues se ha liado una buena historia. El mismísimo Rey ha llamado a las redacciones y hablado con los directores de los periódicos de más tirada para rogarles que no difundieran la noticia, con la excusa de que la operación continuaría durante esta semana y dejarla al descubierto pondría en riesgo la vida de muchas personas.

​ —Ha sido una buena idea, entonces.

​ —Sí, de Javier.

​ —¿Javier Salcedo? ¿Qué va a ser de él ahora?

​ —Ha surgido una vacante en la jefatura del alto estado mayor del ejército del aire —contestó con un guiño—.

Refunfuñando un poco, ha aceptado de mano del Rey el nombramiento.

Es un hombre de acción y prefería ocuparse del mando operativo y no de un cargo político.

Pero también es ambicioso y ese puesto es un claro ascenso en su carrera, así que se ha hecho cargo del puesto un poco a regañadientes.

​ —Vaya, parece que todo ha ido sobre ruedas…

​ Papá me esperaba a la salida de la terminal de llegadas del aeropuerto.

Se había arreglado y estaba estupendo, al nivel que se esperaría de un hombre que a mis ojos jamás volvería a ser un mecánico de motores o un hacendoso campesino, sino la persona que más muertes había evitado durante el último tramo del fin de la segunda gran guerra.