CAPÍTULO 25
L as cuatro horas de la madrugada y un grupo de soldados especialistas en incursiones entraba por la fuerza en la residencia de verano que poseía a las afueras de Segovia el único integrante del golpe que todavía se resistía a una rendición.
Por entonces, los tanques, vehículos de transporte de tropas y blindados, recorrían los últimos kilómetros de la circunvalación de Madrid, a pocos minutos de tomar los accesos al centro y apoderarse por la fuerza de las calles.
Había sido el general Lon Laga el que había dado a su hijo la información sobre la ubicación de la familia de Rivas Valera, aduciendo que eran su joven esposa y tres hijos con edades comprendidas entre los diez y los dieciséis años, el único y verdadero punto débil del golpista.
Los soldados no se anduvieron con bromas.
Tomaron la vivienda sin contemplaciones, abatiendo a los cinco escoltas que la vigilaban, para capturar y maniatar después a la familia del teniente general.
Después, bastó una llamada desde la casa a la sede de la capitanía general del ejército de tierra —en donde Rivas se había parapetado con sus más leales hombres— para que se entregara incondicionalmente a las tropas aerotransportadas, que habían llegado a las dependencias de la sede en un helicóptero Black Hawk cedido por el ejército americano y que volaba armado hasta los dientes…
Sólo esquivó esa orden el general Lon Laga, que, por mediación de su hijo, y respeto a la valiosa información que había proporcionado, fue detenido y llevado a prisión por seis meses, de donde saldría por su propio pie para retirarse a disfrutar de sus últimos años de vida en compañía de su esposa, hija y nietos.
No fue aquel el único atenuante que se tuvo en cuenta para su liberación…
Desde luego, su participación en la operación encubierta durante la crisis del wolframio tuvo mucho que ver.
Por otra parte, estaba el hecho de que el golpe se había mantenido milagrosamente en secreto y, no habiendo llegado a la opinión pública sus integrantes a través de la prensa, la variable de la presión mediática había sido un elemento menos del que preocuparse.
Las dos horas que sucedieron a la rendición de Rivas Valera no fueron precisamente un remanso de paz.
La actividad desde Torrejón fue frenética pues, una vez detenidos los golpistas, se necesitaban oficiales de alto rango para dirigir la retirada de las tropas de mar y tierra.
Salcedo, autorizado por el Rey, asumió personal y temporalmente el mando de los tres ejércitos y, con la ayuda y consejo de Manuel, se ocupó de tan compleja y pesada tarea de un modo tan eficiente que, tan solo una hora más tarde, los barcos zarpaban hacia sus bases operativas y las tropas de tierra marchaban en formación de instrucción de regreso a casa.
Fue una operación, la de retirada, rápida, fulminante, eficaz y sobre todo contundente.
Salcedo no se anduvo con bromas y, con una mezcla de su buen hacer, el asesoramiento estratégico de Manuel y su reconocida mala leche, consiguió hacer remitir en minutos un complejo despliegue que había llevado meses —incluso años— planificar.
Mientras tanto, incapaz ya de aportar nada útil a una operación conclusa, un soldado me escoltó en su Jeep a la zona residencial de la base, en compañía de mi sobrino Pedro y su familia.
Les alegró saber que todo había terminado y que al fin estaban fuera de peligro.
Una vez más, la democracia y la libertad habían triunfado y podrían disfrutar de ellas en adelante sin volver a sentirse intimidados por nada y por nadie.
Conversamos Pedro y yo largo y tendido en tanto observábamos desde la ventana de su vivienda temporal un incesante desfile de aviones de combate que regresaban a la base.
Algunos de los pilotos, los más veteranos y experimentados y los únicos que tenían noticia real de lo que se acababa de evitar merced a su participación, se abrazaban en la pista, celebrando el éxito de la operación.
Otros, los más novatos, muchachos muy jóvenes para los que aquello no habrían sido más que unas inoportunas maniobras nocturnas planificadas por algún oficial tocapelotas, se miraban preguntándose a qué venía tanto jolgorio…
Todavía hoy me pregunto, como es que una operación tan compleja, involucrados en ella decenas de miles de efectivos y los tres ejércitos, ha sido capaz de mantener hasta nuestros días su verdadera naturaleza, si bien es cierto que eran otros tiempos y muchos de los soldados seguían convencidos de que tan solo habrían sido unas maniobras.
Además… no había teléfonos móviles… eso cambia muchas cosas…
Hacia las ocho de la mañana regresé al hotel en el que me había hospedado.
Necesitaba una buena ducha, descansar unas horas y cambiarme de ropa.
No obstante, lo cierto es que estaba tan agotada por la tensión y el tiempo sin echar una cabezada, que nada más entrar en mi habitación me tiré sobre la cama y me quedé dormida hasta la hora de comer.
Desperté feliz, despejada, relajada, pero, sobre todo, hambrienta.
Me di una ducha rápida, me vestí ropa limpia y bajé al comedor a atiborrarme, para nada más terminar, recogerme al cuarto y seguir durmiendo.
Y así es como pasé el día de navidad del año ochenta y cuatro. Con mi familia preocupada, tratando de localizarme, durmiendo como un tronco, despreocupada del resto del mundo.
Hacia la noche, desperté y, fingiendo haber pillado una fuerte gripe, llamé a Mateo y a mi hijo para disculparme por haber estado desaparecida tanto tiempo y de paso felicitarle las fiestas.
Después, hice lo propio con mis padres, hermanos y resto de la familia, una costumbre, la de llamar en fechas señaladas como fiestas y cumpleaños, que aún hoy en día conservo.
También llamé a Jack, mi jefe en Wall Street, que disimulaba torpemente su desesperación por mi regreso, aduciendo de manera tosca que mi falta apenas se había notado y que todo estaba marchando sobre ruedas en la empresa, a pesar de mi ausencia.
El último de la lista, y no por ello menos importante, fue mi sobrino Pedro, al que tanto tenía que agradecer y que me invitó a su casa por unos días, oferta que no pude rechazar, dada su insistencia.
Pienso que la perseverancia fue tanto por disfrutar de mi presencia como por tenerme unos días más con él hasta que las cosas se calmaran, pues sabía de mi influencia y contactos, y que conmigo junto a él, su familia estaría temporalmente más segura.
Fueron unas fiestas preciosas. De las mejores que recuerdo, gracias a la hospitalidad de mi sobrino, pero también a la paz interior que sentía, con la certeza que las aguas habían regresado a su cauce.
Era un placer pasear en la tarde por las frías calles de Madrid, abarrotadas de personas cargadas de bolsas llenas con los regalos para la festividad de Reyes.
Las luces de navidad se reflejaban en los escaparates, enredándose en reflejos de colores que se mezclaban en un suave y cálido baile.
Había algo hipnótico en aquellos brillos, que me transportaba a los años de infancia y me hacía creer que todavía era una niña, una pequeña trasladada a un mundo mágico y feliz en el que ya nada volvería a estar mal.
Era una sensación mística, narcótica, como si en lugar de caminar me desplazara flotando entre los viandantes.
Algo tan intenso e irreal que sólo podía ser fruto de la química de mi cerebro, inundado por litros de Serotonina, una vez extinguida la ansiedad y miedo que había pasado en las semanas previas a las fiestas…
Por las noches, antes de quedarme dormida, recordaba todos los momentos en los que mi presencia durante el intento de golpe había sido clave, como el haber descubierto el dispositivo remoto que el agregado de la CIA utilizaba para cortar el suministro eléctrico a la base.
Me sentía especial y halagada por haber tenido un papel tan importante, aunque hubiera sido de un modo tan casual e inesperado y pensaba que, de no haber sido por mi capacidad de observación, aquel espía se habría salido con la suya…
Entre mis planes no estaba volver de inmediato a Nueva York.
Había regresado a España no sólo para ayudar a Manuel, sino también para relajarme y pasar unos días con mis padres en la aldea y no iba a renunciar a ese derecho, así que reservé un billete de avión desde Barajas hasta Santiago de Compostela para las tres de la tarde del día 28 de diciembre.
Fue por la mañana temprano, justo tras el desayuno y mientras preparaba las maletas cuando recibí a la extensión de mi cuarto la llamada de Manuel Lon Laga.
—Buenos días, señora Portela —su voz sonaba alegre y relajaba, muy diferente al tono de las últimas veces en que habíamos conversado—. No sé si una mujer casada aceptaría la invitación a comer de un hombre casado…
—Buenos días, Manuel —me complacía escucharle así, después de todo, su padre acababa de entrar en prisión. Tal vez sabía ya que pronto lo soltarían…—. Nada me ilusiona más que aceptar tu invitación, pero tomo un avión hacia Galicia a las tres de la tarde.
—Oh, vaya. Entonces ¿pensabas marcharte sin haberte despedido? —preguntó forzando un tono de contrariedad.
—¡Para nada! De hecho, estaba a punto de llamarte.
—Ya, sí, no lo pongo en duda —contestó—. Anda, ¿no habrá forma de que podamos vernos antes de partir? Supongo que pasarás unos días con tus padres y que luego regresarás a Nueva York. Tal vez sea la última vez que nos veamos y tengo algo que entregarte en persona.
Lo cierto es que no había pensado en ello. Un hombre que conocía tanto y tan poco al mismo tiempo, y que había representado todo un mundo para mí, iba a desaparecer de mi vida para siempre y ni me había molestado en despedirme debidamente de él.
—Tiene usted toda la razón, teniente Lon Laga.