CAPÍTULO 26 #2
Así es, Cathy, la misma Cathy a la que había conocido el día de mi retorno al trabajo tras haber superado Mateo su terrible cáncer.
Aquella tímida muchacha, salida de una familia humilde como su mentora, al igual que ella, a base de esfuerzo, sacrificio y dedicación llegó a convertirse en toda una autoridad en la empresa, que la llevó a largos años de prosperidad.
Tras la jubilación, Mateo y yo decidimos mudarnos a España ese mismo año dos mil ocho y, tras liquidar nuestras cuentas y vender la casa en Queens, regresé a mi tierra con los bolsillos bien llenos, para disfrutar en paz de los últimos años junto al hombre de mi vida, mi querido compañero.
Nos compramos una casita no muy lejos de la aldea que me había visto nacer y crecer. No era demasiado ostentosa y el único lujo que nos habíamos permitido en ella había sido construir una gran piscina, que no era otra cosa sino un cebo para atraer a hermanos y sobrinos los fines de semana.
Fuimos muy dichosos juntos en el otoño de nuestras vidas, recreándonos en la sólida paz que habíamos construido a base de tesón, esfuerzo y sacrificio.
Cuando la climatología lo permitía, por las noches nos sentábamos en el porche de nuestra preciosa y coqueta casita, con una limonada en la mano a conversar sobre la vida y nuestros recuerdos más agradables.
Sobre lo qué significaba envejecer y el sentido que tenía todo aquel delicioso y en ocasiones tortuoso camino empedrado al que llamamos vida.
—¿Sabes qué es lo más extraño de hacerse viejo? —pregunté un atardecer de verano, en el otoño de nuestras vidas, mientras contemplaba el verde valle desde el porche y las gotas de condensación del vaso de refresco se deslizaban por mi muñeca.
El sol comenzaba a esconderse tras las montañas. A lo lejos podía distinguir la torre de la iglesia cercana a la aldea en donde había nacido, rompiendo la natural armonía del horizonte.
Mateo sonrió y dejó su vaso sobre la mesa.
—Creo que puedo suponerlo.
—Sorpréndeme entonces, campeón.
—Pues que pasamos la vida soñando con el futuro y el pasado y el presente, lo más importante, desaparece, se esfuma como las nubes tras la tormenta, dejando un gran vacío que ni imaginábamos que existía.
—Tú siempre tan filosófico —apunté bromeando.
—Los viejos tenemos derecho a filosofar. ¿Qué nos queda sino? Además, ¿qué otra cosa podríamos hacer con tantos conocimientos y experiencia acumulada a lo largo de los años? Sería un grave desperdicio de recursos…
Permanecimos en silencio unos segundos. Se levantó una suave brisa que meció las ramas de los robles centenarios cercanos a la finca.
—¿Recuerdas cuándo no teníamos nada más que deudas? —pregunté.
—Claro que me acuerdo —asintió—. Éramos jóvenes, avezados y teníamos mucha más ilusión que dinero. Nos creíamos invencibles.
—No olvides el miedo.
—Sí, mucho miedo.
Sonreí con cierta melancolía.
—Entonces creíamos que la felicidad estaba en otro lugar. En otro país y otro trabajo. Lejos de casa y la familia.
—Sí. Cierto. Y, sin embargo…
—Sin embargo, ¿qué? Lo noté pensativo. Buscaba las palabras perfectas. Me iba a dedicar otro arranque filosófico de los suyos. No me cabía la menor duda.
—Pues que está escondida en los pequeños momentos del presente.
—¿Cómo este? —indagué.
—Sí, como este —contestó tomando mi mano—. Todavía conservas las mismas manos de cuando eras una jovencita. Siempre me han gustado tus manos…
—Olvídalo. Están viejas y arrugadas, pero tu presbicia… Prueba a verlas con las gafas puestas.
—Anda, no seas tonta.
Otra vez el silencio construyó un muro entre nosotros y creí escuchar el sonido lejano de un cencerro.
—Hemos tenido una vida extraña —dije al cabo de un rato—. Éxito, dinero, viajes… Quién iba a decirle a aquellos dos jóvenes atrevidos que acabarían así…
—¿Ricos, jubilados y viejos?
—No me refería a eso —repliqué—. El dinero nos ha dado comodidad, pero jamás ha sido lo más importante entre nosotros.
—Cierto —Mateo apretó mi mano.
Habíamos conocido pérdidas, errores y despedidas enterrado amigos, visto marchar a nuestros padres… El tiempo era un ladrón silencioso que nunca descansaba.
—A veces pienso en toda la gente que ya no está —solté en un susurro—. Y me da pena haber tardado tanto en regresar a mi tierra.
Mateo observó las luces de la aldea, que comenzaban a encenderse en la lejanía.
—Tal vez todos terminemos regresando al principio.
—¿Qué quieres decir?
—Ni yo mismo lo sé —contestó con expresión de nostalgia—.
Ni siquiera tengo la certeza de que hayamos sido felices.
O al menos no todo el tiempo. Hemos pasado años muy duros que apenas logro recordar.
Tal vez la mente subconsciente bloquea las experiencias más duras para ayudarnos a salir adelante.
—Vaya, una respuesta muy sincera —sonreí—. Veo que sigues filosofando.
Apoyé mi cabeza sobre su hombro y tomé sus manos con las mías.
—Y ¿Ahora qué, mi buen Mateo?
—Ahora nada. Toca sentarse a vivir el presente del que antes no disfrutamos. Escuchar el rumor del viento, ver crecer la hierba y oler las flores del campo.
Cerré los ojos y centré todos los sentidos en la naturaleza que me rodeaba. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba justo en el lugar que deseaba estar. Ya no había que correr más. Al fin estábamos en casa…
La tarde siguió muriendo lentamente aquel día en las cercanías a la vieja aldea que me había visto nacer y comprendí algo que sólo la edad enseña, y es que mi verdadera riqueza jamás fue el dinero amasado ni las posesiones, sino el extraordinario privilegio de haber envejecido junto a mi Mateo.
Siempre me he sentido agradecida por todo lo que se me ha dado y cada noche rezo a Dios dando gracias por ello y por el alma de todos los que me han ido abandonando.
Estoy segura de que ahora aguardan impacientes a que me reúna con ellos en el cielo.
Mis padres, alguno de mis hermanos y mi querido Mateo —que me dejó hace no mucho y al que no puedo referirme sin que mis ojos se llenen de lágrimas— están allí.
No me cabe duda alguna y es por ello que no temo el instante en que mis días terminen aquí, pues tengo fe y confianza en que mis pasos sobre la Tierra siempre fueron guiados por la mano de Dios, que en algunos momentos llegó a usarme como su instrumento salvador.
Y es que la vida es efímera y toda historia tiene su fin, al menos aquí.
.. Porque sé que Mateo me está esperando para disfrutar de la eternidad a su lado.
Jamás me he sentido sola pues siempre he creído en Dios y todas mis certeras premoniciones me demostraron que existe una vida más allá del plano físico, un lugar para las almas, en donde el espíritu de aquellos merecedores de la salvación descansa en paz, aguardando paciente a reunirse con los seres amados, con las personas con las que compartió su amor en el bello obsequio que hacemos llamar vida.
Eso es mi consuelo. La convicción de que algún día volveré a estar con mis seres queridos.
Y así es como noventa y tres años más tarde de que aquella traviesa niña de cabellos rubios fuera regañada por su tío Manolo por haber escalado las escaleras del hórreo desoyendo sus consejos, la misma pequeña —al menos en su mente y espíritu— es la que suscribe esta historia de toda una apasionante vida digna y merecedora de cada segundo del camino recorrido.
Mientras tanto, disfruto de la compañía de los que me quedan aquí y cuidan de esta mujer cuyo relato espero, con pasión, entusiasmo y fervor, haya usted disfrutado.
FIN