La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 23 #8
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CAPÍTULO 23 #8

​ Presenciamos todo aquel bullicio en primera persona, callejeando por la base en busca de la zona de las viviendas, barracones y oficinas administrativas.

Era allí en donde dejaríamos a buen recaudo y seguros a mi sobrino y su familia.

Por un instante nos creímos perdidos en mitad de la inmensidad del complejo, aunque por ser ventajosa, al menos nos sirvió para familiarizarnos con éste y comprendí las partes de las que una instalación tan vasta se componía.

Las zonas bien diferenciadas eran siete; una larga pista de aterrizaje y despegue de unos cuatro kilómetros lineales, la zona de logística y combustible, en donde se almacenaban vehículos terrestres y se localizaban los talleres y la zona residencial, a donde nos dirigíamos.

Asimismo, pasamos ante el área de comunicaciones y radar, compartida con la OTAN y la torre de control, anexa al edificio del centro de operaciones.

Luego estaba la zona de plataformas y hangares, punto clave de la base en el que se alineaban los cazas españoles de ambos ejércitos y, por último, un sector exclusivo de uso americano, con más control y seguridad, hangares propios y logística independiente…

el único lugar de la base al que teníamos acceso restringido, al menos por el momento…

​ Me sentí más ligera cuando dejamos a los pasajeros en la zona residencial.

Mi sobrino y su familia habían sido mi responsabilidad hasta la fecha y he de reconocer que no lo había hecho nada bien, pero ahora me veía al fin libre de la carga y podía centrarme en el grave incidente que nos ocupaba.

Manuel había tenido a bien hacerme formar parte de la operación, sabiendo que el entorno de la base me ofrecía seguridad.

Sentía la responsabilidad de incluir a la hija del hombre que, junto a su padre, había facilitado la paz en la Europa de la segunda gran guerra, a la vez que estaba obligado por la deuda contraída conmigo, al haberme involucrado en un lodazal de tal calibre, del que había salido torturada, agredida, insultada y privada de mis derechos fundamentales en varios momentos.

​ —¿Hacia dónde vamos ahora? —pregunté viendo cómo él callejeaba por la base como si la conociera de toda la vida.

Parecía haberse formado un mapa mental indeleble con una sola pasada y se movía por ella como si fuera un militar más destinado allí.

Conduciendo un vehículo civil, tan atípico en aquel recinto, algunos soldados se volvían a nuestro paso, mas al verme en el asiento del acompañante, pensarían que estaban ante un alto cargo, pues muchos de ellos saludaban y se cuadraban.

​ —Directos al centro de operaciones. Javier me está esperando.

​ —¿Javier?

​ —Mi contacto, claro. Supongo que es la primera vez que digo su nombre. Deformación profesional, perdona…

​ —Sí. Hasta ahora te habías referido a él como tu contacto en el ejército del aire.

​ —Es un viejo amigo, un tipo cojonudo —atajó—.

Hace años que lo conozco y es de plena confianza.

Es una suerte haberlo conocido. Ya había gastado todas mis cartas y no sabía a quién más recurrir.

Tuve que esperar horas en el hotel una vez enviado el fax a que revisara los documentos.

Después, me llamó de vuelta a la recepción y me confirmó su total apoyo.

​ —Por eso llegaste tan tarde.

​ —Sí, exactamente por eso, Isabel… y, de nuevo, siento mucho haberte involucrado en esto.

​ —No digas eso. Me he metido en este lío yo solita. Podría haberte mandado a freír puñetas el mismo día en el que acepté tu llamada en mi despacho de Wall Street.

​ Manuel silenció su réplica. Parecía estar reflexionando.

​ —Caramba, Wall Street… Había olvidado que eres una alta ejecutiva.

​ —¿Y eso te intimida?

​ —Sí, un poco.

​ —¡Buh!

​ Manuel se asustó y pegó un volantazo.

​ —¡Joder! ¡qué haces! ¡Casi atropello a dos soldados!

​ —Nada, sólo comprobaba si te intimidaba de verdad —contesté riendo a mandíbula batiente. Al fin me sentía de nuevo segura. Mi intuición se había relajado y no observaba peligros en el horizonte. Cuan engañada me encontraba…

​ Un cabo primero, probablemente asistente del viejo amigo de Manuel, nos esperaba a la puerta del centro de operaciones, situado junto a la torre de control.

Me abrió cortésmente la puerta del coche y se ofreció a ayudarme a salir.

Rehusé con igual educación y respiré una fuerte bocanada de aire.

Era frío y seco, muy distinto al de mi tierra natal o al aire contaminado de Manhattan.

La mañana era soleada y luminosa, como lo suele ser durante la mayor parte del año en Madrid y sentí un estremecimiento por la diferencia de temperatura entre el interior calefactado del coche y el exterior.

​ El soldado nos acompañó a través de los pasillos del centro neurálgico de la base, hasta el despacho de nuestro contacto.

No era un edificio lujoso, como lo sería el hotel en el que me hospedaba en la capital o los corredores de la delegación del ejército de tierra— en la que habíamos visitado al segundo jefe del estado mayor—cuyos corredores heredados de una época de esplendor, lucían orgullosos tapices y cuadros de grandes pintores.

Las instalaciones eran sencillas pero funcionales, sin más decoración en las paredes que algunos cuadros con viejas fotos de aviones y el retrato del rey Don Juan Carlos.

No había alfombras, ni ningún otro aditamento que no fuera estrictamente operativo, tal y como era lo más normal en una instalación marcial.

​ Nuestro guía llamó a la puerta y, desde dentro, escuchamos una voz aguda, tal vez demasiado como para pertenecer a un hombre.

​ —Adelante, pasen.

​ El soldado nos abrió la puerta del despacho y nos encontramos en pie, sonriente, a un hombre menudo —poco más de metro sesenta— vestido con el uniforme de alto rango del ejército del aire.

A pesar de la situación de alerta, su rostro reflejaba pasión y alegría por el reencuentro en persona con un viejo amigo y sus bonitos ojos verdes brillaban con inusitada intensidad.

​ —¡LON LAGA! ¡VIEJO CAbrÓN! ¡VEN A MIS brAZOS! —aulló.

​ Los dos hombres se abrazaron, haciéndome sentir algo incómoda y desplazada. Las palmas de las manos chocando con fuerza contra las espaldas resonaban como tambores y me pregunté si aquel ritual masculino de celebración no sería heredado de nuestros parientes más cercanos, los primates.

​ Tras un breve intercambio de palabras y algún que otro puñetazo amistoso, al fin alguien se fijó en mí.

​ —Disculpa, Javier. Permíteme que te presente a Isabel Portela.

​ —Señora Portela, es todo un honor. Este viejo zorro me ha hablado mucho y muy bien de usted. Sin su ayuda, no habríamos llegado hasta aquí y el golpe se habría ejecutado inexorablemente. Al menos ahora, tenemos una oportunidad. La patria está en deuda con usted.

​ —El honor es mío, señor Salcedo —leí su apellido en la placa de identificación sobre su escritorio: “teniente General Javier Salcedo”, indicaba el rótulo grabado en madera.

Me estrechó las manos con un apretón firme, aunque contenido.

Sus manos eran pequeñas, pero fuertes y la piel recia, como la de un hombre que se había criado en un pueblo y trabajado mucho durante la infancia y juventud.

​ Javier Salcedo Marino, paradójicamente a su segundo apellido, era el teniente General del ejército del aire en España.

En el escalafón militar, sólo tenía por encima al jefe del estado mayor del ejército del aire (JEME) y, por supuesto, al rey Don Juan Carlos, comandante en jefe de las fuerzas armadas.

A pesar de no ser su rango el más elevado del único ejército que nos quedaba fiel a la monarquía parlamentaria, gozaba del mando operativo y era el responsable máximo del total de las unidades de combate.

​ Tras haber recibido el informe y las pruebas aportadas por Manuel, había desplazado su despacho a Torrejón, para dirigir desde allí las operaciones de contención del golpe.

El jefe del estado mayor (JEME) así se lo había ordenado, indicándole que, ante una situación tan grave, confiaba más en su teniente general que en él mismo para el mando operativo de guerra en caso de que llegara a ser necesario el uso de la fuerza de combate.

​ —Yo me ocuparé desde el cuartel general en Moncloa de controlar la parte política y desenmascarar a los parlamentarios que puedan ser afines al golpe —le había dicho el JEME— y te dejaré a ti la operativa de la misión.

Eres un hombre de acción, Javier y nadie lo hará mejor que tú. Confío en ti plenamente.

​ La reunión con el teniente general Salcedo duró algo más de dos horas, en las que Manuel y él conversaron largo y tendido sobre los avances del operativo, participando yo como testigo de excepción de un acontecimiento histórico.

Javier Salcedo relató cómo, en contra de lo que pensábamos, la corrupción se había extendido al ejército del aire y se habían perdido muchas bases que, o bien no respondían a las órdenes o se hacían los remolones al ejecutarlas.

Era evidente que los organizadores del golpe habían sabido llegar a todos los estamentos militares y no querían repetir el fracaso de hacía tan solo tres años.

​ —Hemos perdido a Cuatro Vientos —comentaba Salcedo, refiriéndose la base auxiliar en la capital, del ejército del aire—. Por suerte allí tenemos sólo algunos aviones de entrenamiento, pero los helicópteros me habrían resultado muy útiles.

​ —Una lástima —contestó Manuel. Mal de ricos, ¿no? Aquí tienes un buen arsenal.

​ —Cierto, pero no son buenas noticias, en cualquier caso.

Tengo un gran amigo dirigiendo la base. Un viejo compañero de academia…

Alguien leal del que jamás me hubiera esperado una traición así —por primera vez durante la reunión vi una expresión de verdadera tristeza y pesimismo en el rostro del teniente general.

​ —¿Y los Yankis? ¿Qué me dices de ellos?

​ —Están flipando un poco con todo el despliegue que tenemos aquí montado.

​ —¿Flipando?

​ —Ah, sí, perdona. Se me contagia la jerga de mis chavales adolescentes. Contigo me siento cómodo, como en casa. Me haces recordar los viejos tiempos, cuando la vida era más sencilla…

​ Manuel alargó la mano por encima del escritorio de Salcedo y la posó sobre su hombro.

​ —Vamos, Javichu. Que de esta no nos van a joder…

​ El militar se recompuso y pellizcó la nariz un par de veces, como un tic que le relajaba.

​ —Tienes razón… Lo último que debemos hacer es dejarnos vencer por el desánimo, pero es que el cáncer está tan extendido…

Es como luchar contra todo el mundo. Ni siquiera sé con cuánta gente leal podemos contar.

Aun disponiendo del total control del ejército del aire, ellos tienen la infantería, los blindados y los carros de combate, además de la armada.

Tomarán con ella las ciudades costeras y con el ejército de tierra, las de interior… Todo esto pinta mal, Manuel…

​ —No me has acabado de hablar de los americanos. Su ayuda sería inestimable. Esos F16 que he visto junto a los hangares podrían derrotar ellos solos a un país de tamaño medio.

​ —No les he dicho nada todavía…

​ —¿Y eso?

​ —Aún no es el momento, Manuel. Tengo que pillarlos por sorpresa y así obligarlos, en medio del desconcierto, a ayudarnos. Piensa que es una situación complicada, pues ahora formamos parte de la OTAN. ¿Qué harías tú en su lugar? ¿A quién ayudarías?

​ —A los golpistas, no, desde luego.

​ —Tengo mis dudas y no pienso arriesgar la operación a la mala decisión de algún político Yanki mal informado. Podrían contrastar sus informaciones y hacerles creer que los golpistas somos en realidad nosotros.

​ —¿Cuándo piensas avisarlos, entonces?

​ —En Nochebuena. No les pienso dejar ni media hora para pensárselo. Hablaré directamente con el contacto de la CIA en la base y le entregaré las pruebas personalmente.

​ —Es una buena estrategia. Me gusta.

​ —¡Claro que te gusta, viejo bribón! ¡Se me ha ocurrido a mí! —bromeó Salcedo, aliviando la tensión y preparándose así el fin de la reunión—. Ahora, os dejaré con mi asistente. Él os guiará por la base y os enseñará las instalaciones.

​ Cuando salíamos del centro de operaciones, un caza F16 despegaba produciendo un estruendo que hizo vibrar las ventanas.

​ —Los americanos, en vuelos de prueba o entrenamiento —apuntó Manuel.

​ —Parece rápido.

​ —Lo es. Un buen bicho. Los Yankis saben lo que se hacen.

Tienen otros tres modelos en cazas de última generación.

El más rápido es el F15, perfecto para combate aéreo y la marina cuenta con el F14, más grande y pesado.

Pero hemos tenido la suerte de tener aquí desplegados los F16.

Aunque no es muy rápido y cuenta con un solo motor, es más versátil y perfecto como bombardero y ataques aire-tierra.

En caso de tener que utilizar la fuerza, nos va a venir de perlas.

Sería increíble poder contar con ellos. Nuestros Phantom están anticuados y se está hablando de comprar los modernos F18, los mejores y más versátiles en operativa, pero eso va para largo y ahora esto es lo que tenemos.

​ —Te veo enterado del tema. Sí, Javier me ha estado poniendo al día de varios de los aspectos técnicos en una de las llamadas que nos hemos hecho.

De todos modos, vamos a echar en falta algunos de los helicópteros que están en la base de Cuatro Vientos.

En caso de golpe armado en la ciudad, serían más efectivos que los cazas para despliegue de tropas y ataque aire-tierra.

​ El cabo primero, asistente personal del teniente general, nos guio por la base en un Jeep de fabricación americana. Sus asientos eran duros e incómodos y la suspensión más propia de un tractor, pero gracias a él pudimos conocer la base en tiempo récord.

​ Para la hora de comer, nos habíamos hecho una idea de las proporciones del que iba a ser nuestro hogar hasta el día del golpe.

​ Por delante, cuatro días de larga espera y preparativos.

Días de nervios, actividad frenética en la base y que yo, ajena a todo aquel despliegue, me limité a contemplar paciente, mientras pasaba largas jornadas visitando a mi sobrino o en largas conferencias a casa, hablando con Mateo o Gabriel, mintiéndoles sobre lo que estaba ocurriendo, pensando ellos que estaba pasando unos tranquilos días en la aldea, disfrutando de la calma del campo y la compañía de mis padres…