CAPÍTULO 23 #7
Fue la mujer de Pedro quien nos abrió la puerta.
Se protegía la mejilla izquierda con un aparatoso vendaje y las bolsas de los ojos destacaban ennegrecidas sobre sus preciosos ojos verdes.
Estaba despeinada y vestía una bata manchada con salpicaduras de sangre.
No parecía una persona recién levantada, sino alguien que hacía mucho que no pegaba ojo.
Al instante supe lo que había ocurrido allí y la culpabilidad me apretó con tanta fuerza el estómago que casi le vomito encima a la pobre mujer.
Pedro apareció tras ella y cuando me vio se me abalanzó y me abrazó.
—Dios mío, tía. Ha sido horrible. Hemos creído que eran ellos otra vez.
—Ellos, ya no existen, apuntó Manuel. Podéis quedar tranquilos.
—Por favor, pasad entonces —sugirió Pedro…
Había sido una jornada horrible para ellos.
Tal y como había supuesto, el relevo de los sicarios que Manuel había matado en su propia casa había llegado puntual a su servicio, aunque si nadie a quien sustituir.
Sospechando que algo malo habría ocurrido, habían inspeccionado la casa y, a pesar de los esfuerzos de mi compañero de aventura por esconder las pruebas de los asesinatos, algo habrían encontrado, dando parte a sus superiores.
Después, se había ordenado un despliegue policial por la zona y la Vespa de Pedro había aparecido.
Luego, sólo se habría tratado de atar cabos y es cuando habían aparecido por La Moraleja a interrogar a mi sobrino.
No habían escatimado en medios y violencia.
Pedro tenía la cara llena de golpes y cortes.
Le faltaba el lóbulo de la oreja derecha, un par de dientes y algunas uñas de las manos.
Con respecto al resto del cuerpo, me lo podía imaginar dadas las malas artes de aquella gentuza.
Sin embargo, él no había dicho una sola palabra delatándonos, al menos no hasta que habían amenazado la vida de su familia y se había visto obligado a ceder.
Todo lo demás ya era historia, salvo que, tal y como había supuesto Manuel, habrían dejado como vigía al muchacho que había noqueado, para avisar por radio en caso de haber detectado cualquier movimiento sospechoso.
Una vez terminado el relato de Pedro, Manuel entró en acción. Su mente había ideado un plan para marcar nuestros pasos durante las horas siguientes y todo esto al tiempo que escuchaba con atención el terrible relato de mi sobrino.
—Voy al coche a conseguir la radio de este pájaro.
Luego le obligaré a informar de que todo está bien en el intervalo de tiempo que le hayan ordenado.
Así, al menos ganaremos aquí unas horas de seguridad hasta el amanecer y todos podréis dormir.
Al amanecer, cambiaremos nuestro coche por el suyo y lo dejaremos bien atado de pies y manos en el sótano.
Tendrá suerte si lo encuentran dentro de unos días.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Cuándo dormirás?
—No te preocupes por mí. He sido entrenado para esto. Además, dormir y comer están sobrevalorados —bromeó.
Nadie se rio. Ni tan solo una sonrisa o mueca de aprobación. Tal vez para él esto fuera algo normal, o tal vez no tanto. Pero para gente sencilla como nosotros, era mucho más de lo que un ser humano podría soportar en un intervalo tan corto de tiempo.
Después de la reunión, me di un largo baño y me quedé dormida en la bañera.
Para cuando desperté, a medianoche, el agua estaba congelada.
Titiritaba y los dedos de manos y pies se habían arrugado tanto que literalmente la piel se había despegado de la carne.
Traté de recuperar algo de calor duchándome con agua caliente y bajé a comer algo.
Mi sobrina política y su hija se habían acostado ya, pero Pedro me esperaba delante de un plato de caldo casero que se había enfriado.
—En menuda nos hemos metido, tía.
—Ni te lo imaginas, Pedro.
Me calentó el suculento consomé y mientras comía le fui informando de lo que habíamos pasado Manuel y yo desde que habíamos partido en la Vespa.
Él escuchaba atentamente, enfrascado en un relato que más parecía extraído de una novela de espías que de la vida real.
Cuando terminé, nos deseamos las buenas noches y cada uno se fue a su habitación a tratar de dormir unas horas…
JUEVES 20 DE DICIEMbrE
A sólo cuatro días del golpe de estado, me desperté en una mañana soleada. Contra todo pronóstico, había dormido del tirón y me encontraba fresca y despejada. O al menos eso creía hasta que recordé lo que hacía allí y la ansiedad regresó, aplastando mis tripas como una apisonadora de asfalto.
Después del aseo y vestirme, bajé al patio trasero a respirar algo de aire. Allí estaba Manuel, sentado a una incómoda silla de jardín metálica y, a pocos metros de él, tirado sobre un colchón inflable junto al muro de la casa, el muchacho secuestrado, acurrucado en posición fetal.
Se sobresaltó cuando me acerqué silenciosa a él y pegó un respingo, girándose rápidamente hacia mí. A pesar de haber pasado la noche en vela, seguía alerta.
—Tranquilo, que soy yo.
—Ya veo, ya.
—¿Cómo has pasado la noche?
—Supongo que bien. Vigilando a esta escoria. ¿Te puedes creer que se ha pasado la noche llorando e implorando para que lo liberara? Menuda rata…
—Pobre, tendrá miedo.
—Debería —la voz de Manuel sonaba más grave de lo habitual. Sus cuerdas vocales estaban secas e hinchadas. Aunque pronto recuperarían su volumen normal.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Ya ves. Un poco cansado, pero aguantaré.
—No me refería al sueño…
—¿Entonces?
—Llevas seis cadáveres y un secuestro en dos días. Para ti sería algo normal en otra época, pero te aseguro que no lo es. Además, has descubierto que tu padre te ha estado engañando y que es un traidor a la patria.
La expresión de Manuel mudó por completo hacia la ira. Los párpados se entrecerraron y la mandíbula se tensó.
—Mi padre no es un traidor. Ni a la patria, ni a nadie. Es un hombre de honor al que debemos, junto al tuyo, que ahora no estemos hablando en alemán…
—Perdona, no quería ofenderte, pero si nos remitimos a los hechos…
—Los hechos son que él piensa que está haciendo lo correcto. No está organizando un golpe porque piense en su futuro o en vivir mejor, regresando a los tiempos de la dictadura. Lo hace porque está convencido de que es necesario para España… Tan solo está equivocado, pero no es un traidor…
—Visto así…
—Es que no hay otro modo de verlo —apuntó ya más calmado—.
Nosotros estamos aquí para enmendar su error, pero no para atraparlo.
Cuando todo esto acabe, yo mismo lo sacaré del país hacia un lugar seguro y así evitar represalias.
Es un hombre muy mayor, un anciano que no merece acabar sus horas en una prisión, con todo lo que ha hecho por este país.
La conversación no llevaba a ninguna parte y decidí cambiar de tema.
—¿Te apetece desayunar algo?
—No me vendría mal…
En un par de horas estábamos todos en el coche del vigía.
Manuel lo había dejado bien atado y amordazado en el sótano y escondido el vehículo de los sicarios asesinados en el garaje de Pedro.
Mi sobrino y su familia, ajenos a este tipo de situaciones críticas, temblaban de pánico en el asiento trasero.
Me alegré de sacarlos de allí al fin, pues me sentía culpable por todo lo que les había ocurrido.
Partimos hacia el Este, dejando atrás La Moraleja, dirección a la base de Torrejón de Ardoz, en donde el contacto de Manuel ejercía el mando operativo del ejército del aire.
Era una base de uso compartido con los americanos, con presencia, por parte de España de cazas Phantom II y F5 y, por parte aliada, de los modernos cazas F16 y algunos C-130 Hércules, para logística y transporte de tropas.
Conforme llegábamos a destino, mi pulso se relajaba y el corazón dejaba de latir desbocado, pensando que estaríamos al fin a salvo.
Tal y como Manuel me había indicado, el que controlara el aire, dominaría cualquier intento de golpe.
Por suerte para nosotros, los largos tentáculos de la operación, en la que su propio padre habría servido como facilitador y bisagra entre los dos ejércitos implicados, no llegaban hasta la base del mando aéreo compartido con los aliados.
Tras un breve rifirrafe con los guardas de la entrada en relación a la presencia de civiles en la base, al fin pudimos entrar a suelo seguro.
Protestaban porque las plazas traseras del coche estaban ocupadas por una familia civil y, en estado de alerta, estaba estrictamente prohibida su presencia allí.
Por suerte, Manuel hizo valer su rango y entereza y convenció a los soldados para que telefonearan a un superior, dando por solventado el incidente.
La base había entrado en estado de disponibilidad operativa desde el mismo instante en que el contacto de Manuel en el ejército del aire había revisado los documentos que le había pasado por fax desde el hotel de la sierra de Madrid.
Desde entonces, la parte española del complejo se había convertido en un hervidero de actividad, lo que había levantado las sospechas de los americanos, que se preguntaban en qué extrañas maniobras se habrían involucrado sus aliados, ya tan próximas las fechas navideñas.