La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 23 #6
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CAPÍTULO 23 #6

​ —¡No es una sola persona! —aullé furiosa.

Al fin me había espabilado —. Es él junto a toda su familia.

¿Acaso no piensas en porqué han enviado a mercenarios en lugar de a policías encubiertos o soldados?

¿No ves que Pedro es un alto funcionario?

Director general, segundo al mando en el ministerio de asuntos sociales.

De haber llegado a enviar a alguien a por él, en caso de fracasar el golpe, los responsables podrían acabar en cadena perpetua, por eso no se han arriesgado.

​ Manuel se llevó la mano a la barbilla. Parecía estar reflexionando sobre nuestras opciones.

​ —Por favor, Manuel. Debemos irnos ya. Me encuentro mucho mejor y necesito saber que Pedro está bien. La culpa me está matando…

​ Él se incorporó del borde de la cama y se asomó a la ventana. La lluvia seguía golpeteando los cristales. Era una noche oscura, sin luna y todo lo que podía ver era la negrura del bosque e intuir las siluetas de los árboles que rodeaban la cabaña.

​ —Está bien, Isabel. Nos iremos. Usaremos el coche de estos cabrones. Lo comprobé antes y tiene combustible de sobra para regresar a Madrid.

​ —Gracias, Manuel —me había levantado y me apoyaba en la mesita de noche para no perder el equilibrio.

Me dolía la cabeza en el lugar en el que me habían arrancado el mechón y notaba la presión de varias magulladuras a lo largo del cuerpo.

Probablemente aquellos sicarios me habían zurrado de lo lindo antes de que hubiera llegado Manuel.

Por suerte, en ningún momento habría recuperado el conocimiento, así que, al menos no lo había sufrido.

​ Recogimos lo esencial y lo dejamos en el gran maletero del vehículo.

​ —No te preocupes por la cabaña —insistió Manuel cuando subíamos al coche—. Avisaré a mi contacto en el ejército del aire. Enviará a alguien a limpiar, reparar la puerta y deshacerse de los cadáveres.

​ Decidí dar por sentado que así iba a hacerse y cambié de tema drásticamente. Prefería no pensar más en lo sucedido…

​ —¿Qué tal ha ido con el fax? ¿Has podido enviar los documentos?

​ Él giró la cabeza lentamente hacia mí y sonrió. Dejaba entrever que todo había marchado sobre ruedas. Me contagió de su optimismo, no obstante, fue en ese momento cuando recordé algo.

​ —¡Cáspita! —exclamé—. ¡Tengo que salir un momento! ¡He olvidado apagar el generador y puede provocar un incendio, dejándolo ahí solo sin control!

​ —De acuerdo, apágalo —contestó él—. Pero, por favor, no vuelvas a decir nunca “cáspita”.

​ Bajé del coche agradeciendo aquel bonito momento de complicidad y caminé a paso rápido hacia la parte trasera de la cabaña. Entonces, fue cuando lo escuché gritar tras de mí.

​ —¡NO!, ISABEL, ¡ESPERA! ¡HE OLVIDADO ALGO!

​ Comprendí lo que había descuidado cuando doblé la esquina de la cabaña y me encontré los cadáveres de cuatro hombres apilados entre la leñera y la jaula del generador de gasoil.

Por desgracia, había olvidado apagar la luz exterior trasera y los destellos de la bombilla caían sobre los cuerpos como rayos de justicia.

Había pasado poco tiempo desde la muerte y hacía mucho frío, mas, a pesar de ello, los cadáveres estaban cubiertos de moscas.

Ahora al fin sabía de dónde provenía aquel olor penetrante a muerte con el que me había despertado hacía tan solo un par de horas.

​ Manuel se había empleado a fondo y había sangre por todas partes.

A uno de ellos, el que estaba más abajo en la pila, le había reventado los sesos y se esparcían por encima de las hojas secas como gelatina rosa.

Tenía un agujero de bala en la parte trasera del cráneo y la masa encefálica se había escurrido a través de un ojo, siguiendo al orificio de salida.

El siguiente en la pilada tenía el cuello roto, girado en un ángulo inverosímil y, los otros dos, estaban irreconocibles.

Probablemente les había machacado las cabezas con Don Pimpón, el ariete amigo de Espinete con el que habían reventado la puerta de la cabaña.

​ Todas estas imágenes se procesaron en mi cabeza en una décima de segundo, provocándome un vómito instantáneo. Manuel, que había llegado junto a mí, me sujetó la cabeza por la frente para ayudarme y dejé todo el contenido del estómago desparramado junto a los sesos de los sicarios.

​ —Siento que hayas tenido que ver esto. He sido un estúpido al no haberme dado cuenta.

​ —Pero… tú… ¿cómo has podido? ¿Has hecho esto tú solo?

​ —Lo siento, Isabel, pero era necesario. Su vida o la nuestra. No hay más opciones.

​ —Pero si no tienes ni un rasguño —afirmé mientras me secaba el sudor de la frente con la manga del abrigo.

​ —Sí que los tengo. Algunos moratones me han hecho, pero la ropa los oculta. He perdido algo de forma con los años…

​ —¿Qué has perdido forma? Tú sólo te has encargado de cuatro asesinos a suelto, seguramente antiguos soldados o policías retirados.

​ —He sido entrenado para ello con los mejores. El general Lon Laga nunca escatimó en mi formación. En mis buenos tiempos, te aseguro que ni me habrían tocado…

​ Una vez más, viajamos de noche, amparados en la oscuridad.

La mayor parte del trayecto hasta La Moraleja la hicimos con las luces apagadas, guiándonos por la que generaban los faros de los coches a los que seguíamos.

Toda precaución era poca, dadas las circunstancias y, aunque íbamos más lentos de lo que deberíamos, el coche era robado y éramos prófugos. No había margen para un error…

​ La imagen de los cadáveres apilados junto a la leñera no se quitaba de mi cabeza.

Me recordaba a la matanza del cerdo en casa de los vecinos, cuando siendo niña todos la festejábamos como una celebración más, compartiendo partes de los animales sacrificados en una suerte de ritual pagano.

Mas esta vez eran seres humanos. Personas que en algún momento de sus vidas habían elegido el camino incorrecto, pero que muchos años atrás habrían sido niños, bebés amados por sus madres y ahora tal vez hermanos o padres, y que nunca más volverían a ver a sus hijos…

​ El guarda nocturno de la urbanización no era tan picajoso como el diurno. Además, Pedro había dejado nuestro nombre en el directorio de familiares y amigos con acceso permitido como visitantes, así que, tan solo presentando los DNI, tuvimos entrada libre y una amable sonrisa como recompensa.

​ La noche era muy oscura y sólo la luz de las farolas iluminaba las estrechas calles, flanqueadas muchas de ellas por lujosas viviendas.

Me encontraba muy cansada y, a pesar de los nervios, mi cuerpo pedía a gritos cerrar los ojos y descansar unas cuantas horas.

No obstante, al igual que había hecho durante el camino desde la cabaña en la sierra, me obligué a permanecer despierta el poco tiempo que faltaba.

​ Al fin llegamos a destino, pero Manuel detuvo el coche unos cien metros antes.

​ —¿Por qué te detienes aquí?

​ —Echa un vistazo allí —dijo señalando un vehículo gris de gran tamaño—. Te apuesto cinco mil pesetas a que es un becario al que han dejado de vigía, por si se diera el improbable caso de que regresáramos a la boca del lobo…

​ —¡Mierda! —me estaba acostumbrando a soltar palabras malsonantes. El cansancio extremo, la impaciencia por poner fin a tantas peripecias, hacían mella en mi compostura.

​ —No te preocupes por él. Esto va a ser divertido…

​ —¿En serio? —contesté tirando de retranca.

​ —Espera y verás…

​ Manuel engranó la primera marcha y movió el coche lentamente hasta aparcar a pocos centímetros del parachoques trasero del vehículo sospechoso. Después, accionó la palanca en el salpicadero para arrojar un par de ráfagas de luces largas.

​ —¿Es que te has vuelto loco? —protesté.

​ —Tú espera.

​ A los pocos segundos, la puerta del conductor se abrió y un muchacho alto, joven y fuerte salió del coche.

Era muy delgado y usaba gafas redondas de pasta, cuyas patillas se enredaban en los pelos rizados de la sien, confiriéndole un aire cómico.

Lo podíamos ver claramente gracias a las luces de nuestro coche, pero él, deslumbrado, no a nosotros.

Es probable que hubiera reconocido el sonido del ruidoso coche de sus compañeros y se preguntara qué demonios estaban haciendo allí.

​ Lo cierto es que, al contrario de lo que Manuel había anunciado, no fue nada divertido.

Más bien inquietante y perturbador… Cuando el muchacho se acercó a la puerta de nuestro coche, él la abrió bruscamente, empujándola con fuerza hacia afuera.

El impacto hizo gritar al muchacho que cayó a plomo sobre la acera.

Rápidamente, Manuel salió del coche y lo inmovilizó con una fuerte patada en un costado que lo dejó sin respiración.

Después, lo volteó con otro puntapié y, colocando una rodilla sobre la espalda de su víctima, atrajo sus manos hacia atrás y las encadenó con unas esposas que el propio vigía llevaba colgadas del cinturón.

​ —Ya te dije que sería fácil…

​ Aquel hombre, que había creído una rata de oficina al conocerlo, un tipo maduro de mediana edad que ya sólo esperaba su jubilación, era prácticamente la reencarnación del mismísimo Rambo…

​ Cuando levantó al vigilante por los brazos para arrastrarlo hasta la casa, lo hizo con tanta fuerza que el chaval emitió un chillido, como si le hubiera roto algo.

​ —Como te vuelva a escuchar otro sonido te arranco la cabeza, muchacho —no parecía Manuel el que hablaba. Es como si fuera bipolar y, en circunstancias de máxima tensión se transformase en otra persona, alguien con puro instinto depredador.