CAPÍTULO 23 #5
Apenas un tirón de la aldaba metálica que se integraba en un relieve tallado en el suelo y la portezuela cedió, dejando a la vista una escalera hacia un sótano.
Parecía ser un pequeño zulo construido como reserva para provisiones bajo la casa.
Me hice con una linterna que había visto en un cajón de la cocina al tomar los utensilios para cocinar y bajé al escondrijo.
Cerré la portezuela tras de mí y eché un rápido vistazo a lo que me rodeaba mientras escuchaba como el rumor del motor de coche se acercaba, provocando que los pelos de mis brazos se erizaran por la ansiedad.
Estaba en un cubo de apenas tres por tres por dos metros de alto, como las paredes forradas de estanterías llenas de latas de comida, productos de limpieza, papel higiénico y demás.
Una pena que Pedro no nos hubiera avisado de su existencia.
Nos habríamos ahorrado un largo trayecto cargados con bolsas de provisiones desde la estación de servicio hasta la cabaña.
Antes de apagar la luz de la linterna y quedarme a oscuras agazapada en silencio junto a un estante lleno de frutas en almíbar, eché un rápido vistazo a mi reloj de pulsera.
Manuel había dicho que el hotel estaba a unos diez kilómetros al Sur.
Eso significaba unas dos horas de ida, otra hora para enviar el fax y llamar y dos horas de vuelta; unas cinco horas en total, en el mejor de los casos…
Eso significaba que todavía quedaba al menos una hora para su regreso, tiempo en el que tendría que mantenerme allí, acurrucada en silencio y a oscuras, rezando para no ser descubierta.
El ruido del motor del coche al fin cesó y escuché como se abrían varias puertas. Debían de ser más de dos hombres pues escuché el golpe metálico de hasta cuatro puertas cerrándose bruscamente. Después pasos hacia la casa y alguien que golpeaba con los nudillos.
—¡Buenos días! ¡Somos los Reyes Magos! —gritó uno de los hombres.
Un fugaz estremecimiento se convirtió en visión y, con los ojos en blanco, pude ver a un grupo de hombres inertes en el suelo de la cabaña, cubiertos de sangre, dos de ellos con la cara desfigurada.
Busqué en ellos a Manuel, mas no pude tener la certeza de su presencia entre los cadáveres y entonces, la premonición se cortó.
—¡Traemos regalos para Papá Noel y su esposa! —apuntó otro hombre con la voz ronca, seguramente fumador empedernido. El grupo estalló en carcajadas mientras seguían golpeando la puerta con los nudillos, cada vez con más fuerza. Era obvio que no venían en son de paz, precisamente…
Me encogí aún más, pensando en Manuel, rezando para que regresara antes de lo previsto. Implorando egoístamente que en el hotel no hubiera fax y que se tuviera que haber vuelto con las manos vacías.
—Vamos, señores Claus. No se me hagan los remolones —escuché unos cuantos clics coordinados. No es que fuera una experta en armas, pero hubiera apostado a que eran pistolas siendo amartilladas.
Maldije el día en el que se me había ocurrido embarcarme en semejante aventura, haciéndome pasar por espía y siguiendo los pasos de papá.
Entonces, una nueva visión, esta vez todavía más sangrienta, regresó a mi cabeza.
Me sobrevino un fuerte dolor de estómago y, haciendo un gran esfuerzo, logré contener el vómito.
En mi revelación, las paredes de la cabaña se convertían en un mural de masa encefálica y sangre coagulada.
Por las rendijas del suelo se colaban regueros de sangre y una alfombra de hombres muertos tapizaba el salón, como si de pieles de oso en un refugio de montaña se tratara.
Me sujeté la cabeza con las dos manos y apreté tanto como mis fuerzas —mermadas por el pánico— me permitían, tratando de exprimir de mi cerebro la clarividencia como haría con las naranjas para zumo.
Al levantar los brazos, golpeé sin quererlo uno de los estantes y varias latas de peras en almíbar cayeron al suelo.
Al instante, la conversación entre los hombres que me buscaban se detuvo y escuché como murmuraban.
No me cabía la menor duda de que habían escuchado el ruido y ahora irían a por mí.
Apenas pasaron unos eternos segundos cuando escuché como los pasos de uno de ellos se alejaban. Después, el chirriar de los goznes de un maletero abriéndose y otra vez pasos, esta vez de regreso a la casa.
—¡Señor Lon Laga, Isabeliña, salgan ustedes de la cabaña! —gritó uno de los hombres—. Aquí, mi amigo Don Pimpón quiere presentarse antes ustedes. Tiene hambre de madera y la de la puerta de la cabaña resulta muy apetitosa.
El sujeto se refería a un ariete de acero para reventar puertas que había ido a buscar al maletero del vehículo.
Lo iban a usar para acceder a la cabaña y no podía hacer nada para evitarlo.
El sonido de las latas al caer me había delatado y mi torpeza significaba ahora para ellos la certeza de que alguien se escondía allí.
Me pregunté cómo diablos nos habían podido localizar en un lugar tan remoto y pensé en mi querido sobrino, Pedro.
Entonces, en un momento de lucidez, mi cerebro, excitado por el pánico, recordó que habíamos dejado su Moto Vespa aparcada a una cuadra de la casa.
¿Y si aquellos esbirros la habían encontrado y, habiéndolo relacionado a él conmigo, le habían visitado para interrogarlo?
Sentí miedo, mucho miedo, a la vez que una profunda congoja, pues esta vez, mi arrojo y valentía podrían haberse llevado por delante a víctimas colaterales de mi propia familia.
De súbito, un fuerte golpe me arrancó de tan derrotista suposición y escuché como la puerta de la cabaña cedía, estrellándose contra la pared interior.
Los hombres entraron en tropel y la búsqueda comenzó.
Daban pasos cortos y decididos, probablemente con las armas amartilladas apuntando.
Realmente, no había mucho en dónde buscar y pronto entraron en la habitación, descubriendo la trampilla bajo la que me ocultaba.
Traté de trabarla tirando hacia abajo de la manija de apertura, pero ni todas mis fuerzas, excitadas por la adrenalina, fueron suficientes como para impedir que aquellos fuertes hombres me sacaran de allí…
No se anduvieron con miramientos… Viendo que me resistía a salir del agujero, uno de ellos decidió agarrarme por los pelos y tiró con fuerza hacia arriba, arrancando de cuajo un buen mechón y provocándome una herida en el cuero cabelludo.
Noté la sangre caliente deslizándose por mi cabeza como el agua de la ducha y un par de gotas cayeron sobre mi nariz.
Después, un hilo de sangre se deslizó por la frente, tiñendo de rojo mi visión.
Entonces, me mareé, sentí un fuerte vértigo y la luz se fue apagando hasta que perdí el conocimiento…
Cuando desperté, estaba tumbada en la cama de mi habitación y la cara sonriente de Manuel me observaba.
La luz del techo estaba encendida y por la ventana, con las cortinas aún si correr, se observaba como la noche cerrada había caído.
La lluvia golpeaba los cristales y el sonido me relajaba como un sonajero…
Creí entonces estar soñando y volví a cerrar los ojos, pero recordé dónde estaba y lo que había ocurrido y un impulso me obligó a incorporarme y respirar una fuerte bocanada que me obligó a toser.
El aire de la estancia estaba saturado de un olor que me era muy familiar.
Era el olor del corral en mi aldea, cuando era niña y tocaba el día de la matanza del cerdo.
Era el hedor de las tripas abiertas, la sangre del animal mezclada con la tierra y el humo de los pelos chamuscados por el fuego.
—¿Qué… qué ha pasado? ¿Qué pasa, Manuel? E… ¿eres tú?
—Sí, Isabeliña. Soy yo. Todo está bien, descansa.
—¿Cómo que todo bien? —protesté haciendo un ímprobo esfuerzo—. Unos hombres… —me llevé la mano a la cabeza en el lugar en donde recordaba haber perdido un mechón de pelo de manos de un salvaje esbirro.
—Tranquila, eso ya está arreglado. Se ha hecho de noche y llevas horas durmiendo. ¿Tienes hambre? ¿Te preparo algo o prefieres dormir?
—Yo… no… pero ¿cómo tú? ¿Has podido tú solo con todos? —todavía estaba confundida. Necesitaba pellizcarme para saber si estaba soñando… o despierta, bajo los efectos de algún narcótico.
—No pienses en eso ahora. Me he deshecho de ellos y eso es todo lo que cuenta.
—Pero… ¡no estamos a salvo aquí! Enviarán a más gente a por nosotros.
—De noche, imposible. Además, aquí no hay teléfono y no han traído radio en el coche para comunicarse. De hecho, no es un vehículo oficial. Parece más bien robado.
—¿Robado?
—Sí, no sé de dónde habrán sacado a estos cuatro bastardos, pero no tienen nada que ver con ningún ejército. He revisado su documentación y no son más que mercenarios a sueldo. Dudo que nadie los eche en falta, así que al menos tenemos unas horas para descansar.
Recordé entonces el razonamiento sobre mi sobrino. Sobre la Vespa, su localización por parte de los golpistas y un supuesto interrogatorio en el que habrían sonsacado nuestra ubicación actual. Pedro y su familia debían estar en peligro.
—Tenemos que irnos ya, Manuel —me sorprendí con mi propia voz serena y pausada. Estaba razonando con lucidez, a la vez que autoridad. No dejaba lugar a opciones—. ¿Has pensado en cómo nos han encontrado aquí? Tiene que haber sido a través de Pedro. Puede que lo hayan torturado.
—Sí, lo he pensado, Isabel. Pero ahora mismo, sólo tú y yo separamos a este país de una catástrofe sin precedentes. Somos demasiado valiosos como para arriesgarnos por una sola persona.