La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 23 #4
93%

CAPÍTULO 23 #4

​ Pronto llegó la noche, sin más resultado que un par de anotaciones adicionales que tan solo corroboraban la hipótesis del Golpe de Estado y que, no obstante, serían insuficientes para nuestro objetivo.

Ya no estábamos buscando confirmación de aquello que a todas luces sabíamos que iba a ocurrir; la consecución del plan había quedado más que demostrada.

El enfoque era diferente pues ahora perseguíamos aliados a través del océano de datos, lagunas en las que pudiéramos colarnos en busca de aquellos que podrían servirnos a los efectos de detener tamaña locura.

​ Para cuando ya había oscurecido y ambos nos caíamos del sueño, Manuel al fin habló. Había pasado la tarde en completo silencio.

​ —Creo que he encontrado algo, Isabel, pero por hoy no puedo pensar más. Tengo que dormir y reestructurar mis ideas. Mañana razonaré con más claridad.

​ —¿De veras?

​ —Creo que sí. Después del desayuno lo contrastaremos con tus datos…

​ Amaneció un día oscuro, frío y lluvioso, muy distinto al anterior, amenazando con una buena nevada, lo que nos dejaría allí aislados y sería una pésima noticia. Tal y como había anunciado, Manuel compartió conmigo sus hallazgos nada más terminar el desayuno.

​ —Fíjate, Isabel. He organizado la parte de los documentos que se refieren a operaciones en dos montones: ejército de tierra y armada y los he numerado por orden de importancia.

​ —Buen trabajo. Yo he organizado mi parte por cantidad de dinero, de mayor a menor gasto operativo, pero… ¿A dónde quieres llegar?

​ —¿Es que no echas nada en falta?

​ —¿Te refieres a lo tuyo?

​ —Sí…

​ Me quedé mirando pasmada a los dos montones de documentos, cuidadosamente separados en dos categorías.

Manuel era un hombre minucioso y las notas a pie en cada uno de los papeles habían sido escritas en elegante letra mayúscula y cursiva.

Estaban en tan buen estado, mucho mejor que los míos, que ni tan siquiera parecía que habían sido manipulados durante horas por una misma persona.

​ —La verdad es que, así, a bote pronto, no caigo a dónde quieres llegar. Dos montones muy pulcros, eso sí.

​ —Ese es el quid de la cuestión, Isabel. Dos montones, tres ejércitos.

​ —¿Cómo?

​ —Sí, faltan datos de uno de los tres ejércitos; el del aire. ¿Acaso recuerdas haber repasado algún informe sobre repostajes de aviones o reservas de espacio aéreo para maniobras?

​ —¡Coño, es cierto! —no era yo de soltar palabras mal sonantes, pero me dejé llevar por la emoción.

​ —Creo que no han logrado pringar a nadie del ejército del aire. Por la razón que sea, tal vez por desavenencias con el alto estado mayor, las garras del organizador de todo esto, quienquiera que sea, no alcanzan a uno de los tres ejércitos.

​ —¿Y eso en dónde nos sitúa? —indagué con entusiasmo. Al fin un rescoldo de esperanza.

​ —Sólo debo contactar con alguien de confianza en el ejército del aire y hacerle llegar esta documentación. Si hay infiltrados allí, no creo que lleguen hasta arriba, sino habríamos descubierto algún papel que lo confirmara.

​ —¿Cómo lo vamos a hacer desde aquí? Sería muy peligroso regresar a Madrid. Además, no tenemos transporte.

​ —No te preocupes. El contacto ya lo tengo… un viejo amigo. Ahora, sólo necesito un fax desde el que enviar las pruebas —Manuel dio un sorbo al café y mostró desagrado al sabor. Debía estar frío ya, después de un largo intervalo de tiempo ofuscado sobre tanto documento.

​ —Parece que tienes amigos por todas partes…

​ —Yo… sí, eso parece —soltó la taza de café, con la vista perdida hacia la ventana—.

Sabes, Isabel, yo antes era un tipo importante, como lo fue mi padre.

Me esforcé mucho y trabajé duro y jamás usé mi apellido para medrar.

Todo a costa de sudor y gran esfuerzo, pero…

Aquel enchufado de mierda… Toda mi carrera se fue al carajo.

Los que parecían ser mis amigos se esfumaron entre la niebla de la desgracia y me quedé solo, confinado en un despacho en el sótano de un edificio oficial.

Un zulo con muebles viejos y que apesta a humedad… maldito orgullo…

​ Parecía muy dolido, casi a punto de llorar y al fin pude ver el lado más humano y sensible de un hombre tan duro, un hombre que acababa de matar a dos esbirros y que ni tan siquiera recordaba ya haberlo hecho.

Traté de consolarlo poniendo mi mano sobre su hombro y él ladeó la cabeza, buscando el contacto de su mejilla con el dorso de mi mano.

Fue un momento dulce, tierno, íntimo… entre dos personas a las que la vida les había exigido lo mejor y, en ocasiones, entregado a cambio tan solo desgracia…

​ —¿Quieres que te prepare otro café? Ese parece frío y aguado.

​ —Nah, no importa. Este servirá. Tomaré unas tostadas y saldré con el mapa a dar una vuelta.

Hay un hotel de montaña diez kilómetros al Sur.

Un resort para turistas. Allí deben tener fax.

Untaré al recepcionista con un par de billetes para que me deje usarlo durante la mañana y después haré unas llamadas. Así pondremos al fin la bola en juego.

​ —¿No quieres que te acompañe? —pregunté, casi deseando que declinara mi oferta.

El día amenazaba tormenta de nieve y prefería quedarme en la cabaña, haciéndola un poco mía.

Prepararía una buena comida para los dos y así celebrar una victoria que nos había sido esquiva y que, ahora, parecía al fin acercarse.

​ —No será necesario. Aquí estarás más segura. De haber cursado orden de busca y captura, estarán esperando por una pareja. Yo solo no levantaré sospechas. Sólo un tipo más, tal vez un empresario despistado, enviando a la oficina algo de trabajo extra, gestionado durante las vacaciones.

​ Prácticamente no escuché su respuesta, pues algo me rondaba la cabeza. Una latente preocupación que no supe identificar hasta que salió de mi boca por sorpresa, casi narrada por una tercera persona.

​ —Manuel, ¿no provocaremos con esto una nueva guerra civil? Ya sabes… Armada e infantería contra ejército del aire…

​ —No, Isabel. No habrá más guerras civiles. Esta vez, de haber refriegas, será entre soldados. Ya sé que es duro de admitir y que puede morir gente, pero es el alto precio que tendremos que pagar por consolidar nuestra libertad.

​ Sonaba terrible lo que acababa de contestar. Pero todavía más el tono de resignación en el que lo había hecho, como si diera por buena la muerte de tantos españoles en combate. Y eso, en el mejor de los escenarios posible…

​ Manuel se llevó todos los documentos en una vieja mochila para senderismo que encontró bajo el pequeño mueble recibidor de la entrada, así que no tenía trabajo para hacer más que ocuparme de la casa.

Era un buen modo de distraerse y no pensar en lo que podía venir, así que me tomé unos minutos para desayunar y relajarme y después me puse manos a la obra.

Realmente había cosas por hacer, pues todo estaba lleno de polvo, fruto de haber estado la cabaña vacía durante un largo periodo de tiempo.

Pasé la aspiradora, quité cantidades ingentes de polvo de los muebles y después hice las camas y puse la lavadora con la ropa sucia del viaje.

Cuando acabé, me di una ducha y me hice con una bata de casa para cubrirme mientras no terminaba la lavadora.

A continuación, quité la humedad a la ropa recién lavada con un secador.

Lo ideal hubiera sido dejarla a secar en el exterior, a merced del viento frío, seco y cortante de la sierra, mas no había tiempo para tantas lindezas.

Para cuando Manuel regresara, estaría otra vez estupenda, como si nada hubiera ocurrido y lo esperaría con un buen menú para celebrar el triunfo.

​ La tormenta, que amenazó con su presencia durante toda la mañana, finalmente no cuajó.

Apenas cayeron unos pocos copos de nieve que tiñeron de blanco la hojarasca que cubría el terreno.

Habían pasado varias horas y se estaba haciendo tarde para comer, así que comencé por preparar una sopa de verduras con las provisiones que habíamos comprado en la estación de servicio.

Era una tienda pequeña, pero bien surtida de todo tipo de alimentos, para cubrir las necesidades de los turistas más despistados y los madrileños que pasaban los fines de semana en la sierra para desconectar de la gran urbe.

​ Comencé por lavar los vegetales, casi mecánicamente, con la vista perdida en el horizonte repleto de montañas que saturaba la ventana frente a mí, cuando escuché un rumor grave y constante.

No era un sonido propio de la naturaleza, sino algo como el motor de un vehículo protestando al subir una pendiente pronunciada.

​ Mi instinto despertó y me sacudió como un rayo de pies a cabeza.

No podía anunciar nada bueno aquel sonido, que a cada momento se hacía más y más fuerte y cercano.

Corrí hacia la puerta y pasé el cerrojo.

Luego salí por la puerta trasera para apagar el generador de gasoil y todo quedó en silencio.

Me había acostumbrado ya al molesto rumor de su motor, pero, al apagarlo, caí en la cuenta de hasta qué punto quebraba la paz del claro en mitad del bosque del que se había apoderado ni nuevo y modesto hogar temporal.

​ Un nuevo rumor de motor térmico vino a interrumpir la paz recién conquistada y comprendí que se trataba de un coche que se acercaba.

No podía ser Manuel, salvo que hubiera robado un vehículo, cosa que hubiera resultado imprudente e impropia de él.

Además, mi intuición me gritaba que se estaba avecinando peligro, así que rápidamente busqué un escondrijo.

Recordé que, en mi habitación, a un lado de la cama, había una trampilla en el suelo que había dejado para explorar al día siguiente por el cansancio del viaje, así que corrí hacia allí.