CAPÍTULO 23 #3
El motor del 1430 rugía protestando por ser forzado a circular durante tantos kilómetros al máximo de su rendimiento y sólo pudo descansar cuando paramos a un kilómetro de un indicador de estación de servicio, lejos ya de la gran urbe y a medio camino de la sierra.
El depósito estaba vacío y creía que nos detendríamos a repostar, no obstante, Manuel tenía otros planes.
Había permanecido callado todo el camino, concentrado en cada palmo de carretera que recorríamos, siempre alerta para esquivar cualquier indicio de control o coche patrulla.
En ningún momento se me habría ocurrido interrumpirlo.
—Fin del trayecto, Isabel —me sorprendió su voz al detenerse.
—¿Y eso? Todavía falta un buen trecho hasta la gasolinera.
—Lo sé, tendremos que hacerlo a pie. Este coche ya no nos sirve y hay que deshacerse de él junto con los polizones del maletero.
—Pero ¿cómo piensas…?
—Confía en mí —apuntó tomando la bolsa de tela que contenía los documentos y el dinero que había afanado de su caja fuerte.
A continuación, salimos del coche, se puso la bolsa de tela como bandolera y me pidió ayuda.
—Venga, échame un cable. El freno de mano está suelto. Vamos a despeñarlo por este barranco. Ahí abajo tardarán meses en localizar el coche y, para cuando lo encuentren, espero que toda esta pesadilla haya terminado.
Nada de grandes explosiones ni nubes de humo, tal y como ocurre en las películas americanas.
El vehículo simplemente rodó ladera abajo, dando vueltas y más vueltas sobre su eje, hasta que al fin se detuvo al fondo del barranco.
Lo más espectacular que ocurrió, fue el desprendimiento de dos de las puertas, que salieron volando disparadas y fueron a detenerse a cientos de metros del resto del coche, quedando ocultas entre matorrales.
—¿Qué haremos ahora? Aún queda un buen trecho hasta la gasolinera. Y ya no te digo hasta la cabaña de la mujer de Pedro. Según el mapa, aún faltarían unos treinta kilómetros por rutas de montaña.
—Tendremos que caminar, Isabel. No queda otra. Treinta kilómetros, al paso normal humano de unos cinco kilómetros por hora, serían unas seis horas. Si todo va bien, llegaremos al anochecer. ¿Qué me dices? ¿Te ves capaz?
Tal vez desconocía Manuel que, dados mis orígenes, cuando caminaba horas atravesando a campo traviesa los cinco kilómetros que separaban el pueblo de la aldea, para mí, esa distancia no era más que un paseo.
Mis piernas eran resistentes y jamás había soportado sobrepeso.
Era una mujer fuerte, tanto mental como físicamente y además estaba acostumbrada a pasar horas en pie, como cuando trabajaba en el servicio doméstico.
—Con buena compañía, debería ser una bonita ruta. No te preocupes por mí.
—Perfecto entonces. Nos detendremos en la estación de servicio a comprar agua y algo de comer. Si el mapa no miente, tiene un pequeño supermercado y nos podremos proveer para un par de días, mientras revisamos la documentación desde un nuevo enfoque.
No fueron precisamente un paseo, como yo pensaba, las casi siete horas caminando hasta llegar a la cabaña.
En lugar de seguir la senda de la carretera, para evitar ser vistos por alguno de los pocos vehículos que la transitaban, tomamos una ruta paralela, serpenteando por un sendero de montaña tras otro, pisando firme irregular con un calzado que, al menos en mi caso, no era el más apropiado para tales menesteres.
Por si fuera poco, íbamos cargados con pesados víveres para al menos un par de días, por lo que la caminata se hizo algo más que larga y penosa.
Guiándonos por un mapa y las claras instrucciones que Pedro había dibujado en él, llegamos finalmente a la cabaña cuando comenzaba a anochecer y la vista se acostumbraba a las primeras horas de oscuridad.
Tal y como nos había prometido, estaba en mitad de un pequeño bosque autóctono, camuflada entre los árboles, a kilómetros de cualquier otra vivienda.
No era una cabaña al uso, de esas que podría imaginar por las películas.
Era más bien un galpón centenario, reconvertido a vivienda muchos años más tarde, pero que originalmente habría sido construido como refugio de montaña para pastores o cazadores.
A pesar de ello, la vivienda, de una sola planta, había sido reformada.
La madera exterior había sido tratada con algún tipo de barniz para protegerla de la acción de los elementos y las plagas.
Por dentro, los enormes listones, otrora árboles autóctonos, que configuraban la estructura de la cabaña, estaban cubiertos de mortero y pintados en alegres colores, que combinaban a la perfección con la decoración.
Claramente, había entrado en juego la mano de una mujer, para aquella reforma.
Lo más seguro, la de mi sobrino, pues podía distinguir en el estilo y los colores su impronta personal, similar, aunque en otro modo y concepto muy diferente, a la decoración de la elegante mansión en La Moraleja.
Había dos habitaciones en la cabaña, un pequeño aseo con una ducha y el salón comedor, dotado de un gusto muy americano, con su isla-cocina, si bien aderezada la decoración con el lógico estilo rústico.
Por lo demás, gozaríamos de todas las comodidades; televisión, lavadora, nevera, calefacción y hasta un pequeño horno microondas.
La electricidad provenía de un sorprendentemente compacto generador a gasoil con combustible para varios días.
Lo único que echaba en falta era un teléfono…
Manuel escogió la habitación infantil, algo más pequeña y ambientada con dibujos de los Looney Tunes pintados en las paredes, y me dejó a mí el cuarto de matrimonio, amplio y luminoso, articulado en torno a una gran cama de dos metros, con un bonito tocador, un armario y hasta una zona de vestidor con un gran espejo de cuerpo entero.
He de reconocer que, merced a los acontecimientos de aquel día —el gélido trayecto en moto, la incursión en la casa, los cadáveres, la huida y las siete horas caminando campo a traviesa— caí rendida en la cómoda cama y no volví a saber nada de mi existencia hasta el martes bien avanzada la mañana, con el sol alto en un día frío, seco, despejado y excepcionalmente luminoso.
Me había acostado vestida, con la ropa sucia por el polvo del camino y había manchado la inmaculada colcha con la silueta de mi cuerpo.
Me sentí avergonzada, pero recordé que teníamos lavadora.
Me retoqué delante del espejo del tocador para no salir al baño con los pelos de una bruja y me encontré a Manuel sentado a la mesa del comedor, con una taza de café humeante a un lado y el taco de documentos frente a él.
Tenía tres montones: pendientes, en curso y leídos y, con un bolígrafo rojo, iba tomando anotaciones, buscando detalles significativos que hubiera pasado por alto anteriormente.
—Buenos días, señora Portela —bromeó cuando notó mi presencia—. ¿Ha dormido usted bien?
—Demasiado, creo… —me sorprendió mi voz ronca—. Voy a darme una ducha y despejarme.
—Perfecto. Te prepararé el desayuno y después nos repartiremos estos montones de folios. Tenemos trabajo para días…
Mientras lavaba el pelo, me llegó el olor a tostadas recién hechas y me abrió el apetito.
Traté de darme toda la prisa que pude, pero el cuerpo me pedía a gritos agua caliente y, lo cierto, es que salía casi hirviendo.
El calentador eléctrico de agua funcionaba a las mil maravillas, otro de los lujos de la no tan modesta cabaña.
Devoré las tostadas que Manuel me había preparado con el pan de pueblo que habíamos comprado en la pequeña tienda de la estación de servicio.
Me recordó al de mi pequeña y amada aldea, ese que tarda días en ponerse duro y que conserva la esponjosidad de la miga hasta una semana después de haber sido horneado.
Untado con una confitura a base de higos, el pan estaba delicioso.
—¿Ahora qué toca? —pregunté con el estómago al fin lleno. Tenía el cuerpo magullado y dolorido, como si me hubieran molido a palos el día anterior, no obstante, la sensación era agradable, una especie de alivio generalizado que calmaba la ansiedad y colmaba el espíritu.
—Volver a repasar el mamotreto de documentos. He hecho un cribado preliminar y he separado dos montones, atendiendo a criterios de complejidad técnica. Digamos que te he dejado los números a ti y yo me ocuparé de los informes militares.
—Buena elección —asentí—. Manos a la obra, entonces.
Una vez separados los documentos, Manuel se quedó con la isla de la cocina y un taburete, mientras yo tomaba posición en el sofá, ocupando toda la extensión de la mesita de centro del salón con papeles y más papeles colmados de cifras.
Así pasamos toda la mañana, concentrados en la tarea, sin apenas cruzar más palabras que para hablar del tiempo o comentar algún hallazgo menor.
Tras una breve pausa para comer y, a pesar de la modorra, nos tomamos unos cafés bien cargados y continuamos.
No había tiempo que perder, pues estábamos a martes y el Golpe se suponía para el lunes siguiente.
Me atormentaba el pensamiento de que mientras nosotros repasábamos una vez más todo aquel tedioso papeleo, había decenas de miles de españoles preparándose en secreto para acabar con la democracia.
Quería creer que la mayoría de ellos, los peones, soldados rasos que se limitarían a cumplir órdenes de los superiores, sin conocer el objetivo real del operativo que unas pocas mentes sediciosas habían preparado.