La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

​ No puedo ni describir el pánico que sentí en aquel momento.

Ni por casualidad se me ocurrió pensar un solo segundo en que podría tratarse de Manuel, pues escuchaba pasos de dos personas que subían despacio, cuchicheando.

No tenía más opción que ocultarme y pensar en una salida alternativa, así que caminé hacia atrás y me colé en el cuarto de baño del pasillo, que por suerte tenía una amplia ventana que daba al exterior.

Pensé que esa sería una buena solución y, tras poner el pestillo a la puerta, abrí el ventanuco.

La decepción fue inmediata pues al otro lado del cristal, unos barrotes impedían el paso.

En cualquier caso, la altura era demasiada hasta el suelo y, de haberlo intentado, probablemente me habría roto una pierna o algo peor.

​ Estaba atrapada en aquel pequeño aseo como si se tratara de una cárcel.

Los dos policías, militares, espías o lo que quiera que fueran los hombres que vigilaban la casa desde el SEAT 1430 negro, habían detectado algo extraño, tal vez alguna rutina de la asistenta que yo había pasado por alto, y habían decidido entrar secretamente a comprobar qué ocurría.

​ Me senté en el bordillo de la cerámica del bidé y recé para que me dejaran en paz, mas eso no ocurrió, pues tras haber explorado las habitaciones de la primera planta, escuché cómo trataban de abrir la puerta del baño.

Al otro lado, murmuraron palabras que no acertaba a descifrar hasta que al fin se dirigieron a mí.

​ —Vamos, Caperucita, abre la puertecita. Sabemos que no eres la asistenta. Nos acaban de avisar por radio que la han visto subir al autobús de regreso a casa.

​ La voz de aquel hombre era grave, cavernosa como el gruñido de un oso. Debía de ser un tipo bien grande.

​ —Puedes abrir tú o tiramos la puerta abajo —sugirió otro hombre con la voz más aguda—. No vamos a hacerte daño. Sólo un poco de conversación —sonaba como si el mismísimo diablo me estuviera sugiriendo hacer un pacto por mi alma.

​ Mi corazón latía tan fuerte que me dolían las mandíbulas y creí identificar los síntomas de un infarto.

Me mareaba y la vista se nublaba y, aun así, el instinto de supervivencia me empujó hacia la ventana.

Aplicando toda la fuerza disponible, quité las dos hojas del ventanuco y las apoyé contra la pared, dejando los barrotes al aire.

Después, mientras escuchaba cómo los dos hombres forcejeaban con la cerradura traté de hacer palanca en los travesaños de acero con la barra de la ducha, pero lo único que logré fue doblar esta última sin más efecto que unas rozaduras en el acero de los barrotes.

​ Tiré la barra de las cortinas en la bañera y me resigné a mi destino, enterrando la cabeza entre las manos y rompiendo a llorar mientras el corazón seguía en su disparatada carrera para salirse de mi caja torácica…

​ Los hombres, viendo que no lograban sabotear la cerradura, optaron por la fuerza bruta y soltaron un primer empujón a la puerta, que pareció ceder unos milímetros.

Estaba perdida… Un golpe más bastaría para que llegaran hasta mí y, sin embargo, la segunda embestida fue muy diferente.

No sonó como el músculo empujando contra la puerta, sino que fue un impacto sordo, seco, como de huesos quebrados cuando la cabeza inerte de unos de los policías impactó contra la madera de la puerta del baño, deformándola al instante.

​ Por la rendija entre la puerta y el suelo, empezó a formarse un charco de sangre al mismo tiempo que comencé a escuchar los gritos del forcejeo entre dos hombres.

​ —¡Hijo de puta! ¡Traidor!

​ —¡Puta, tu madre! ¡Bastardo! —era la inconfundible voz de Manuel.

​ El suelo temblaba bajo mis pies, pues de los dos policías, el que parecía haber sobrevivido era el más grande, por la voz grave con la que emitía improperios a la velocidad de la luz…

​ Pasaron segundos en los que pareció que los dos hombres medían sus fuerzas.

Después, uno de ellos cayó al suelo. Al golpe de la caída le sucedió un sonido metálico, como el de un pesado elemento que era recogido del suelo y otro golpe sordo como el que había silenciado al primer hombre.

Tal vez fueron los segundos más largos de mi vida, aguardando el resultado de la pelea, sin saber si al fin todo iba a terminar para mí o tan solo era un nuevo comienzo.

​ —Isabel, soy yo. Todo despejado, puedes salir.

​ Manuel había triunfado sobre los dos hombres… me había salvado.

​ —Por favor, trata de cerrar los ojos al salir. Yo te guiaré escaleras abajo.

​ Cuando al fin abrí el pestillo, algo me decía que debía obedecer, pero… la curiosidad… la maldita curiosidad…

​ Manuel Lon Laga, experimentado militar, primero de su promoción en la academia, hombre de confianza del alto Estado Mayor de la defensa y famoso estratega entre las capitanías generales, había desparramado los sesos de los dos policías por todo el suelo del pasillo, haciendo uso de una palanqueta de acero macizo.

​ —¡Dios mío! ¡Es horrible! —grité sin saber que cometía al hacerlo un grave error, pues las náuseas circularon libremente y empujaron el contenido del desayuno digerido hasta el exterior, regando los cadáveres con la papilla blanca de los cereales de avena.

​ —Vamos, Isabel. Te ayudaré a bajar. Te tumbarás en el sofá un rato hasta recuperarte. Yo recogeré este estropicio… No hay mucho tiempo. Estos eran hombres del CESID, los conozco bien a los dos. Esbirros de mi jefe. Tipos duros y sucios que han asesinados a muchos hombres buenos…

​ Manuel me acompañó al piso inferior y me ayudó a acomodarme en el sofá.

​ —Te prepararía una manzanilla, pero es que no hay tiempo. Habrán avisado de sus sospechas por radio e informado de que iban a entrar. Si no vuelven a llamar en unos minutos, pensarán que algo ha ido mal y enviarán a otra patrulla de sicarios.

​ —¿Qué vamos a hacer ahora? —susurré—. Casi no puedo moverme.

​ —Lo siento, Isabel, pero tendrás que hacerlo. Me llevará quince minutos envolver los cadáveres en alfombras y limpiar suelo y paredes. Luego meteremos los fiambres en el maletero de su coche y saldremos de la ciudad a toda mecha. Ahora ya tenemos los documentos y aquí no pintamos nada.

​ Manuel parecía multiplicarse ante mis ojos, como si estuviera acostumbrado a limpiar cadáveres a diario.

También es cierto que, además de por los propios parámetros de la misión, aquella era la casa de su familia y no deseaba que quedara ni el más mínimo indicio de lo que allí había ocurrido, así que comenzó por sacar bajo el fregadero un cubo lleno de trapos y utensilios de limpieza.

​ Después, escuché ruidos que identifiqué como las alfombras del pasillo que eran retiradas y utilizadas para enrollar los cadáveres, para a continuación atarlos con cinta de carrocero.

Los dejó rodar escaleras abajo y continuó arriba su tarea.

Pronto empecé a oler a desinfectante, friegasuelos y demás productos de limpieza y, tal y como había prometido, apareció Manuel quince minutos más tarde, empapado en sudor.

​ —Sabes, esos hombres también tenían familia, Manuel. ¿Era esto necesario?

​ —No, Isabel. Esta clase de ratas viven solos.

Sus únicos amigos son los porteros de los puticlubs y los camareros que les sirven el alcohol.

Son puros asesinos que lo único que saben hacer es matar.

Créeme, que el mundo es un poco mejor hoy —me sorprendió como, a pesar de las circunstancias, él todavía encontró unos segundos para consolarme.

​ —Vamos, Isabel. Ahora es el momento de que me ayudes. Yo sólo no puedo meterlos en el maletero del coche, y menos al gordo este, que parecía un oso. Me ha metido una buena hostia en las costillas. Espero que no me haya roto nada.

​ Era la primera vez en que recordaba haber escuchado salir un improperio de la boca de Manuel, un hombre tan correcto, amable y educado. Mas la adrenalina todavía fluía por sus venas y, en ese estado, el nerviosismo era lo más normal.

​ Le ayudé a mover las dos enormes alfombras del pasillo del piso superior hasta la puerta de entrada.

Las había dispuesto enrolladas como dos burritos mexicanos y pesaba cada una lo que parecía ser una tonelada.

Seguidamente, buscó en el bolsillo del pantalón un juego de llaves que no se parecía en nada al que le había visto en otra ocasión y que pertenecía a su casa y coche particular.

Sólo contenía dos llaves y el llavero de un local de copas, desproporcionadamente grande y serigrafiado con la silueta de una mujer desnuda agarrada a una barra de striptease.

Entendí que eran las llaves del coche de los difuntos y, al mismo tiempo, que Manuel había acertado en la diana a la hora de exponer la catadura moral de sus víctimas.

​ No costó Dios y ayuda meter los dos cuerpos en el maletero, especialmente el del hombre más grande, el que parecía un oso.

Tuvimos que hacer uso de un carro de transporte de bombonas de butano para hacer palanca, aunque la mayor dificultad, más que el propio peso de los cadáveres fue la de encontrar un momento en plena hora punta en el barrio, en el que sacarlos de la casa para meterlos en el maletero…

​ Al fin tomamos camino hacia la sierra, rezando a cada kilómetro que pasaba no ser parados por algún control de carreteras.

Desconocíamos hasta dónde habían extendido sus tentáculos los golpistas y de qué medios disponían.

De lo que estábamos seguros es de que habrían echado en falta a la patrulla destinada al hogar de los Lon Laga y habrían enviado a una nueva a comprobar su ausencia.

Después, darían orden de busca para el vehículo robado, por lo que apresarlos era sólo cuestión de tiempo.