CAPÍTULO 23
U n lunes diecisiete de diciembre, con la temperatura exterior a cero grados y un aire seco que cortaba la garganta al inhalar, dio comienzo una nueva fase de nuestra aventura.
Enfundados en cuantas capas de ropa como era posible —tantas que prácticamente era incapaz de mover las articulaciones de un modo diferente a una astronauta— recorríamos el trayecto entre La Moraleja y la casa de Manuel en la Moto Vespa de mi sobrino, después de haber dejado en el garaje de Pedro el vehículo del amigo de Manuel en Olite, bien tapado con una lona.
La moto era una de tantas opciones que mi sobrino había puesto sobre la mesa y la que al comandante había parecido la mejor por muchas razones.
La primera, y la más importante, es que jamás se le habría ocurrido a ningún operativo de vigilancia el buscar a dos adultos cercanos a los sesenta años subidos a una moto de doscientos centímetros cúbicos y el tamaño de un patinete…
Y todavía menos siendo uno de ellos un comandante del CESID y su acompañante, una ejecutiva de alto nivel que trabajaba en una empresa de inversiones en Wall Street.
Si añadimos el terrible frío que hacía y que literalmente cuarteaba mi piel a cada kilómetro que recorríamos, habría sido tan descabellado e inverosímil buscarnos sobre una Vespa que eso nos daba la coartada perfecta.
La segunda razón era más de carácter práctico y es que, en el improbable caso de ser descubiertos, siempre podíamos huir de cualquier coche serpenteando entre el denso tráfico de la capital a primera hora de un lunes laborable…
Mi disfraz, no lo era tanto. Simplemente ropa modesta, del tipo de la que había usado años atrás, cuando yo misma trabajaba como asistenta en Nueva York, doblando turnos, limpiando y cocinando por el día y cosiendo por las noches para sacar unas perras y poder así costear al menos en parte el carísimo tratamiento oncológico de Mateo.
Todo aquello me resultaba tan lejano ahora que parecía ser el recuerdo de una historia vivida por una persona muy diferente y, no obstante, cercana a mí.
Aun así, el recuerdo me entristeció y las lágrimas regresaron a mis ojos para congelarse después por causa del aire frío y la velocidad.
Parecían pequeñas perlas de dolor que se hubieran presentado para recordarme que, a pesar de lo tensa de la situación, había vivido momentos mucho más duros…
Además… ahora estaba en buenas manos… las mejores.
Tras una hora de camino desde La Moraleja, al fin llegamos a la calle en donde Manuel vivía con su familia.
Me bajé de la Vespa tan atorada y entumecida que por un instante creí que me iba a caer de bruces sobre la acera.
Mi acompañante apagó el motor, quitó la llave torpemente del contacto —aunque en sus años jóvenes había sido motero, nunca había conducido un vehículo sobre dos ruedas tan pintoresco como una Vespa— y pegó un par de saltos tratando de entrar el calor.
—¿Cuál es tu casa? —pregunté todavía tiritando por el frío.
—Aquella de allí —contestó señalando una elegante casita con la fachada en piedra granítica a unos quinientos metros en dirección Sur.
—Hemos aparcado bastante lejos, ¿no?
—Sí, es por precaución. No sé cuántos coches de vigilancia tendrán. Desde aquí, por ejemplo, estoy viendo uno.
Manuel señalaba un SEAT 1430 negro aparcado frente a la puerta.
—¿Cómo sabes que ese es uno de ellos?
—Podría decirte que simplemente lo sé y hacerme el interesante —respondió en tono cómplice—.
Pero, realmente es porque los cristales están empañados.
Además, es el típico coche que se usaría para vigilancias.
No sé. A veces pienso que las nuevas generaciones son demasiado previsibles. Si es que se nota a la legua…
—Vaya, no me había fijado en lo de los cristales… Y, ¿ahora?
—Ahora a esperar —Manuel consultó su reloj—. María debería pasar en cinco minutos por aquí. La parada del metro está a una manzana y siempre viene por esta calle. Mi mujer habrá salido ya para llevar a los peques al cole.
Me quedé con el detalle de que se había referido a “su mujer” de forma genérica y no por el nombre de pila.
Aquello denotaba que, cuando estaba conmigo, ella era la persona en discordia, la que estorbaba.
Hablando de ella en tercera persona, la convertía en una especie de ser ajeno a él, un ama de cría para sus hijos.
Y lo hacía sin querer, no porque fuera un mal hombre.
Simplemente se sentía atraído por mí y, a pesar de haber perdido toda esperanza, el subconsciente lo había traicionado…
O al menos esa es la película que yo me había montado en la cabeza…
Mientras daba vueltas a esto, una mujer pasó a mi lado y él se abalanzó sobre ella.
—María, buenos días —saludó sobresaltándola.
—Eh… yo, es usted, señor. Me ha asustado —protestó. Era parecida a mí en complexión y estatura y, con respecto a sus ropas, Manuel no podría haber dado más directo en el clavo, pues parecíamos dos clones. La única diferencia es que ella llevaba un pañuelo en la cabeza.
—¿Va todo bien, señor?
—Sí, sí, María. Por supuesto. Es sólo que hoy es nuestro aniversario y querría darle una sorpresa a la señora.
—¿Su aniversario? ¿De boda? Yo pensaba que había sido en septiembre.
—No, no. Me refería al aniversario de novios —mintió—. Le daré una propina y el día libre. ¿Qué le parece?
—Pues una gran noticia, señor. Qué le puedo decir —anunció sonriente—. ¿Seguro que no quiere que vaya y les prepare un plato especial?
—No, que va. No se preocupe. Ya me he ocupado de eso. He contratado un catering —ciertamente, el modo de mentir e improvisar de Manuel era excepcional. Se le notaban las tablas en el asunto, pues había sido su trabajo, al igual que el de su padre, como oficial de táctica e inteligencia.
—Sólo una cosa más, María. ¿Podría abusar de usted y comprarle el pañuelo de la cabeza? —apuntó sacando de la cartera un par de billetes grandes.
—Yo… sí, claro, señor. Faltaría más, pero espero que no haya pensado regalárselo a su mujer. Es sólo un trapo viejo.
—No, no, por supuesto. Pero he pensado un uso mejor para él, gracias.
Me había hecho a un lado durante su conversación y no volví a acercarme a él hasta que la asistenta hubo desaparecido al fin de nuestro campo de visión. No quería parecer que estaba con él, pues eso habría despertado sospechas.
—Anda, ponte el pañuelo en la cabeza. Es el toque final para el atrezo.
Obedecí y me acomodé la ropa. La esquina en la que nos ocultábamos estaba resguardada del frío y una salida cercana de ventilación del metro soltaba aire caliente que me había hecho entrar en calor. Después, él deslizó a mi bolso las llaves de la casa y una nota con la clave de la caja fuerte.
—Recuerda actuar con naturalidad. Ahora eres una asistenta que va a limpiar una casa. Nada más. Sólo tienes que actuar como tal.
—Creo que sabré hacerlo —respondí divertida, a pesar de los nervios—. Probablemente su padre no había revelado a Manuel todos los detalles sobre mi pasado pues de haberlo sabido, habría rehusado tal comentario.
—Otra cosa. La más importante… Por lo que más quieras, no mires a los coches aparcados. La vista siempre al frente. Concéntrate en la puerta de la casa —no me resultaría difícil, pues estaba pintada en color rojo fuego y destacaba horrores sobre la insípida fachada de piedra…
Seguí al pie de la letra las instrucciones del comandante y logré alcanzar con éxito mi objetivo. Cerré la puerta tras de mí y al fin me sentí segura. Era un acogedor hogar familiar, bien cuidado, pulcro, ordenado, con plantas por todas partes aportando naturalidad al entorno.
Me descalcé en el recibidor para no dejar restos de tierra de la calle. Mi entrada debía ser aséptica, sin dejar rastro. Después, subí descalza las escaleras hacia las habitaciones y me dirigí al cuarto de matrimonio.
—Subiendo las escaleras, la primera puerta, a la izquierda —me había dicho Manuel. Estaba tan nerviosa que trataba de concentrarme en aquellas palabras, centrarme en el presente, para evitar escuchar el fuerte y acelerado bombeo del corazón y evitar entrar en pánico.
Empujé la puerta y apareció ante mis ojos la habitación más elegante y acogedora que había visto en mi vida.
Era sencilla, a la vez que coqueta y los elementos de decoración entraban en armonía perfecta con los colores de la madera del suelo y las paredes, cubiertas de un precioso papel pintado.
Lo cierto es que fue una suerte, porque por unos segundos, abrumada por tanto refinamiento, olvidé el verdadero motivo de mi presencia allí y me limité a tomar nota mental para, nada más llegar a Nueva York, aplicar los cambios en mi cuarto.
Ciertamente, la mujer de Manuel debía ser alguien con clase.
Jamás hubiera dudado en atribuir parte del mérito a un alto cargo del ejército, y menos en aquellos tiempos.
La caja fuerte, estaba tras un cuadro, tal y como había dicho Manuel.
Saqué del bolso la nota con la combinación, aunque la cosa no fue tan fácil cómo sólo girar la rueda.
No estaba familiarizada con aquel mecanismo y perdí unos valiosos quince minutos peleándome con la palanca y la rueda calibrada, hasta que al fin la gruesa portezuela, reforzada con varias planchas de acero templado, al fin cedió.
Tal y como había dicho Manuel, dentro había una gruesa carpeta con todos los documentos, además de un fajo de billetes de diez mil pesetas atado con una goma, que decidí tomar prestado y meter en el bolso.
Necesitaríamos efectivo y, por vergüenza, había omitido pedirle a mi sobrino, así que estábamos tiesos…
Cerré la caja fuerte y volví a dejar todo tal y como lo había encontrado. Luego, cerré la puerta del cuarto tras de mí y en aquel momento fue cuando escuché pasos que subían las escaleras…