CAPÍTULO 22 #5
—Mi padre no sabía lo de tu tortura, sino jamás lo hubiera permitido.
Sus intenciones son buenas. Él piensa que está haciendo lo correcto, pero lo rodean miles de hijos de puta que sólo quieren cobrarse venganza y regresar a los viejos tiempos en los que se podía capturar y torturar a la gente hasta la muerte, o tomar prisioneros al azar y ejecutarlos bajo juicios sumarísimos…
Sentí un estremecimiento, pues ahora era mi intuición la que clamaba a gritos huir de allí.
—¿Has pensado en algo?
—Sí, he tenido una hora para pensar en un plan de huida…
“El plan de huida” de Manuel era poco más que un par de ideas nerviosas e improvisadas.
Siendo él un estratega de carrera, se podría esperar algo mucho mejor, pero las emociones le habían impedido pensar con claridad y ahora escapábamos hacia Madrid en el Ford Granada prestado por un amigo de la infancia que había hecho fortuna como emigrante en Cuba y que vivía ahora su retiro en Olite.
Según me había dicho, era de total confianza y le había prestado el coche sin rechistar ni hacer preguntas.
—Manuel, no necesito explicaciones. Si tú me dices que necesitas el coche y que no haga preguntas, el coche es tuyo. Yo tengo dos más en el garaje. Ya me lo devolverás… —le había dicho.
Y así es como, sin más idea que huir directos hacia la boca del lobo, Manuel condujo toda la noche hasta que cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte, recorrimos los primeros kilómetros en la entrada a la capital.
De camino, hablamos sobre dónde nos alojaríamos allí.
Nada de la casa de Manuel o de algún familiar directo suyo, pues serían los primeros lugares en donde buscarían.
Tampoco había opción de recurrir a sus amigos, pues sería meterlos en un apuro y no conocía allí a nadie de tanta confianza como para hacerle el mismo favor que el que le había prestado el coche.
Y fue en ese punto cuando pensé en mi sobrino Pedro, el que trabajaba en el Ministerio como director general de protección al menor.
Por la naturaleza de su cargo, sería la última persona en la que cualquiera que nos buscase podría sospechar.
Además, no íbamos a necesitar de él mucho más que un nuevo transporte y discreción.
No había muchas más opciones, así que condujimos hacia su domicilio, una casa en la urbanización “La Moraleja”, un lugar que, por otra parte, me traía horribles recuerdos de la época en la que buscaba la visa para emigrar a los Estados Unidos y me enfrentaba a un muro infranqueable, representado por un funcionario corrompido por la avaricia.
Pensé en que ojalá hubiera muerto ya, y en que lo hubiera hecho en soledad, sin compañía de su familia ni amigos, como debía ser en justicia para un hombre que había convertido en profesión aprovecharse de la desgracia de los demás para medrar…
como un parásito, una sanguijuela, un chupóptero miserable…
Era domingo por la mañana y las calles estaban desiertas.
Demasiado temprano, la gente dormía en sus casas ajena al desastre que se avecinaba a tan sólo una semana vista y que echaría por tierra el esfuerzo de tantos y tantos demócratas que habían sembrado las bases para una paz duradera, para la tan ansiada libertad.
Para entrar a la urbanización, tuvimos que flanquear un escollo más, el de un portero ojeroso y malhumorado que no quería saber nada sobre despertar tan temprano a un hombre importante y uno de los inquilinos más respetados.
En contra de su voluntad, Lon Laga se vio obligado a enseñar sus credenciales de comandante para intimidarlo y así fue como al fin cedió y accedió llamar a la residencia de Pedro.
—¿El señor Mato? ¿Don Pedro Mato Rial?
... Sí… Buenos días, señor. Perdone la molestia, pero aquí tengo a un oficial del ejército acompañado de una señora que dice ser su tía Isabel…
Isabel Portela, sí señor… Sí, pelo rubio, ojos claros…
No, señor. Cincuenta y pico, no. Más bien cuarenta y pico…
¿Si ando bien de la vista?... Pues, sí, señor, sólo un poco de presbicia…
Sí, vale… Así lo haré… Sí, gracias, señor, y perdone. Buenos días…
El portero tragó saliva al comprender que había metido la pata y se disculpó torpemente.
—Sí, disculpen la espera. Todo está en orden, pueden pasar… ¿Podría hacer algo más por ustedes?
—Sí, abrir la barrera de una puta vez —gruñó Manuel.
—Por supuesto, señor.
El portero accionó el botón de apertura y la barrera, pintada a colores transversales rojo y blanco, se levantó pesadamente hacia un lado.
Manuel arrancó el coche haciendo chirriar las ruedas y dejando una humareda que se coló en la garita y provocó un fuerte acceso de tos al último escollo antes de encontrarme con mi sobrino, que me esperaba con los brazos abiertos en la puerta de su casa.
He de reconocer que jamás podría guardar rencor a aquel portero…
y todavía menos después de haberme echado encima una década menos de edad…
Imploré a Pedro que no me pidiera explicaciones y nos prestara un par de habitaciones para descansar, pues habíamos viajado toda la noche desde Navarra.
Yo era su tía del alma, su favorita por lo que se parecía mi carácter al de su bien amado abuelo materno, y es por ello que no puso el menor impedimento.
Comprendió que yo debía andar metida en algún lío y que su deber en aquel momento era ayudar sin hacer más preguntas.
Conocía mi compleja trayectoria profesional y pensaba que por ahí vendrían los problemas. Nada más lejos de la realidad…
Dejamos aparcado el Ford Granada en el garaje, prevenidos ante un posible operativo de búsqueda y entramos a la casa desde las escaleras interiores.
Pedro vivía en una casa muy grande, con ocho habitaciones y era el único que se había despertado un domingo tan temprano, así que nos ocultó en otra ala de la mansión para evitar que su esposa o su hija nos vieran y así haberlas metido en un compromiso.
Una pena, pues me apetecía mucho ver a su pequeña y charlar con ella.
Era una niña preciosa, muy despierta para su edad.
Inteligente, intuitiva, en definitiva, como no podía ser de otro modo con un padre como el suyo.
Nos pidió que evitáramos hacer ruido para no ser descubiertos y nos indicó dónde podríamos encontrar toallas y ropa de cama por si queríamos echar una cabezada después de toda la noche sin dormir.
Siempre amable y discreto, en ningún momento me pidió explicaciones y, a pesar de que la curiosidad seguramente le estaba corroyendo, decidió que fuera yo misma la que le confesara la situación si así lo deseaba.
Aproveché su hospitalidad y me di un buen baño.
La habitación que me había reservado era el doble de grande de la de Manuel y tenía un enorme cuarto de baño anexo.
Me tomé un rato rezongando en la bañera y hasta llegué a quedarme dormida a pesar de los nervios.
Tal era mi nivel de agotamiento físico y mental.
Después, nos subió algo de comer y el comandante y yo nos reunimos junto al escritorio de la habitación para decidir cuál sería nuestro siguiente paso.
—Muy majo el muchacho.
—Lo es, vaya si lo es. Tiene un cargo de director general en el Ministerio de Asuntos Sociales.
—Sí, ya me lo habías dicho. Se ve que estás muy orgullosa de él.
—Cierto, toda la familia lo está. Es un ejemplo para todos. Hasta para mí. Otro Portela parido en la casa familiar en la aldea que se come el mundo por sus propios méritos, su capacidad de trabajo, tesón y fuertes convicciones. Ya ves, en mi familia somos todos unos leones…
Podríamos haber seguido hablando un buen rato sobre mi sobrino, pero decidí ir directa al grano. Manuel no estaba para muchas charlas y podía intuir que su cerebro hervía en busca de ideas sobre cuál sería nuestro siguiente paso.
—¿Qué haremos ahora? —pregunté.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo.
No me fío del portero de la urbanización.
No le hemos caído bien. Puede que se decida a avisar a la policía.
Si ha tomado nota de la matrícula, como es su deber, ubicarán el vehículo en Olite y eso puede crearnos problemas.
Necesitamos cambiar de transporte y desplazarnos.
Sé bien de lo que hablo, por mi trabajo antes del CESID.
¿Conoces el viejo dicho de “Camarón que se duerme, la corriente se lo lleva?
—Sí, me es familiar.
—En estas situaciones es muy importante moverse.
Nunca sabes de qué retorcida manera pueden llegar a ti y hay que anticiparse.
Lo primero, iremos a mi casa. Allí tengo copia del informe sobre las maniobras y todos los documentos que lo refrendan.
Tenemos que buscar en ellos algo que nos pueda ayudar o estamos destinados a ser testigos de excepción de un nuevo Golpe de Estado.
—Pero ¿qué podríamos hacer nosotros ahora? Somos prófugos y estamos de manos atadas.
—Todavía no lo sé, pero algo encontraremos, Isabel.
Ante una respuesta tan vaga, no podía sino pensar en que Manuel estaba tan perdido como yo, y, sin embargo…
—Te veo muy entero, Manuel. Muy seguro de ti mismo.
—No es mérito mío. He sido entrenado para situaciones como esta y, si te soy franco, hasta lo echaba de menos. Estos últimos tres años atado a una mesa en el sótano del centro de inteligencia han sido los peores de mi carrera profesional. Y todo por enfrentarme a un enchufado…
No quería ser descortés, pero había muchos detalles que pulir sobre un plan que parecía haber urdido la noche anterior, mientras conducía camino a la capital.
—¿No será muy peligroso acercarnos a tu casa? Debería ser el primer lugar en el que nos buscarán.
—Lo es, Isabel, muchísimo, pero no tenemos otra opción.
Necesito esos papeles. Estoy seguro de que en ellos encontraremos algo que pueda ayudar.
Ahora que conocemos más datos del plan y hasta qué nivel alcanza la corrupción que envuelve al complot, habrá piezas del puzle que antes no lograba encajar.
—Supongo que tienes un plan para hacerlo ¿no? Me refiero a entrar en tu casa a por los papeles.
—Por supuesto. Lo primero es conseguir un nuevo vehículo y, lo segundo, hacernos con un disfraz para ti.
—¿Disfraz? ¿Para mí?
—Sí, tenemos una asistenta y conozco sus horarios.
Si tal y como imagino han desplegado un operativo de vigilancia, no sospecharán de ella.
Seguro que tu sobrino tiene ropa vieja de su mujer que te pueda servir.
Te harás pasar por María y entrarás a la casa a por los papeles.
Están en una caja fuerte tras un cuadro en la habitación principal. Te daré la clave.
—Joder, Manuel. Desde que te conozco, me han perseguido, detenido y torturado y, ahora, ¿pretendes que me cuele disfrazada en una casa ajena a robar unos papeles?
—Venga, Isabel. No es una casa ajena, es mi casa. Y no vas a robar… Yo te autorizo —Manuel sonrió. Parecía estar bromeando, quitando hierro al asunto como si lo que me pedía fuera lo más normal del mundo.
Sacudí la cabeza, negando y él se me acercó… tal vez demasiado.
—No debes tener miedo. No te lo pediría si no supiera que todo va a salir bien.
Estiró su brazo derecho por encima de mis hombros y me atrajo hacia sí, mirándome fijamente, alternando entre mis labios y los ojos. Supe lo que venía a continuación y, a pesar de que también lo deseaba, me aparté…
Una sola vez bastó. Él captó el mensaje y no volvió a intentar nada.
Simplemente éramos dos seres humanos, un hombre y una mujer, que se sentían atraídos, más por un contexto de aventura que excitaba la adrenalina que porque realmente existiera un deseo real que, en otras circunstancias nos hubiera unido como pareja sexual.
—Cuanto antes partamos, mucho mejor. Hoy podemos descansar aquí y ver qué opciones tiene tu sobrino. Estudiaremos horarios y te explicaré exactamente cómo actuar. Mañana iremos a mi casa.
—¿Mañana? ¿Por qué esperar? ¿Por qué no hoy mismo? —ya que me iba a ver envuelta en algo así, quería zanjarlo cuanto antes. Sabía que, con los nervios, todo lo que iba a lograr con la espera sería una noche en vela y estar cada vez más atacada.
—Hoy es el día libre de María, la asistenta. Debe ser mañana…
Recuperar los documentos era sólo la primera parte del plan para el que íbamos a necesitar la inestimable ayuda de mi sobrino.
Lo siguiente sería revisarlos minuciosamente, esta vez desde otra perspectiva y, para ello, íbamos a necesitar un lugar seguro y tranquilo en donde ocultarnos temporalmente.
Por suerte, la mujer de Pedro contaba con una cabaña en la sierra de Madrid, aislada de todo en mitad de una zona arbolada.
El escondite perfecto en el que nadie nos buscaría.
Tras hablarlo con su mujer, explicándole que era para ceder a un buen amigo y su pareja al que debía un gran favor político, ésta cedió y le entregó las llaves, que Pedro nos hizo llegar.
—Por favor, cuidad de la casa. Es sólo una vieja cabaña, pero para mi mujer representa el único legado de sus padres ya fallecidos.
Allí encontraréis todo lo que necesitéis para pasar unos días, excepto comida.
Hay sábanas limpias y mantas en los armarios y leña de sobra en un pequeño cobertizo en la parte trasera.
En estas fechas suele nevar allí, así que va a hacer un frío del demonio.
También hay papel higiénico y productos de limpieza bajo el fregadero.
Para proveeros de alimento, a unos diez kilómetros al Oeste hay una aldea con una pequeña tienda familiar de ultramarinos.
—Eres muy amable, Pedriño. No sé qué habríamos hecho sin ti.
—Para eso está la familia, tía Isábel —apuntó dándome un inesperado abrazo—.
Te debo mucho más de lo que piensas. Siempre has sido un ejemplo y una inspiración para mí.
Jamás habría llegado tan lejos de no ser por el modelo que representas, que me ha hecho creer que nada es imposible y ningún objetivo lo suficientemente grande o lejano si le dedicas todo tu esfuerzo.
Las palabras de afecto de Pedro fueron un aliciente para mí.
Era como si pudiera recoger parte de lo sembrado antes de tiempo…
Me hicieron pensar en que, pese a los nervios y la ansiedad que sentía por la situación en la que me había visto atrapada, Manuel y yo podríamos llegar a impedir el golpe, siempre que fuéramos cautos, disciplinados e inteligentes.
Todo se trataba, en definitiva, de decidir hasta dónde queríamos llegar…
Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar…