CAPÍTULO 22 #4
Lon Laga hijo se abalanzó sobre mí y nos fundimos en un cálido y reconfortante abrazo.
Lo escuché sollozar levemente y entendí que la culpa, en ocasiones, es tan grande como la responsabilidad.
Él me había metido en tal situación. De no haber hecho aquella llamada, ahora estaría en Nueva York, trabajando sumergida entre un mar de cifras, haciendo ganar millones a la empresa de inversiones de Jack y acrecentando aún más el bonus de productividad navideño.
En su lugar, allí estaba como una prófuga torturada, perseguida por todo un ejército, que a punto había estado de quitarme la vida.
Y todo había sido consecuencia de su llamada…
esa era la culpa para él, la conciencia que lo atormentaba.
—Perdóname, Isabel. Yo no podía saber que esto iba a pasar —se disculpaba camino a la casa.
—Nada que perdonar. Tú no me has torturado. Además, tenemos que detener esto y el arrepentimiento o la culpa no nos van a ayudar.
Me sorprendieron aquellas palabras de ánimo saliendo de mi boca.
Parecían haber sido pronunciadas por una extraña que habitaba en mí, una mujer que había peleado ya demasiado en la vida y que estaba cansada de gilipolleces.
Una mujer que, habiendo logrado las más altas metas en la vida, con su familia feliz e independiente, deseaba ahora hacer algo más grande que ella, poniendo fin a un disparate que traería la desgracia a una España que aún comenzaba a desperezarse del sueño de la dictadura.
Lon Laga hijo me dejó en la puerta del baño.
—Tienes ropa limpia dentro del armarito blanco. Es de mi hermana, que vive aquí con mi padre y su familia. Creo que sois de la misma talla… Y… tómate el tiempo que desees. La cena está lista, pero te esperaremos.
A pesar de que sabía que me estaban esperando, vaya si me tomé un buen tiempo. Lo sentí, pero lo necesitaba. Debía frotarme a fondo para borrar de la piel las manchas de las manos de aquellos malvados hombres. Y lavarme el pelo, por supuesto. Estaba lleno de mugre y olía a tabaco y humedad…
Después, ya limpia, enjuagué la bañera y puse el tapón hasta llenarla a media altura de agua bien caliente.
Sumergida en ella, me tomé unos minutos para recomponerme y luego me sequé.
Apliqué sobre las rozaduras de los muslos una crema hidratante de la hermana de Lon Laga y me vestí.
Para cuando terminé, la mujer en el espejo volvía a la Isabel de años atrás, una versión más natural, menos sofisticada, pero no por ello desgarbada, pues los cuidados sobre el cutis que llevaba años dedicando con carísimas cremas, habían dejado en mi rostro el aspecto de una mujer mucho más joven.
La ropa que habían escogido para mí me quedaba como un guante.
Un cómodo pantalón acampanado, una camiseta interior y un jersey de cuello alto para protegerme del frío.
Sólo desentonaba el inevitable sujetador, que me hubiera gustado lavar y que mantenía los olores de la tortura, a pesar de que lo había dejado colgando hacia el exterior para ventilar, sujeto del ventanuco del baño.
Fue una velada muy agradable. Todos ellos parecían una familia muy unida e hicieron un esfuerzo por integrarme sin que pareciese forzado.
Disfruté de una buena cena a base de comida tradicional navarra y de una sobremesa de animada conversación, en la que en todo momento se trató de evitar el tema que nos había reunido allí.
Relajada, al fin, olvidados temporalmente los hechos del día anterior, mis ojos comenzaban a cerrarse a la mesa.
La hermana de Lon Laga se adelantó y me acompañó a su habitación de soltera en donde, en contra de lo que había creído, pasé una noche terrible de pesadillas y sudores, en la que el subconsciente me traicionó haciéndome tener bien presente cual era la razón de estar allí.
Viernes y sábado apenas hicimos nada más que permanecer ocultos en la villa de Olite y asegurarnos de ese modo de que estábamos al fin a salvo.
Rehusé ver la televisión o escuchar las noticias por la radio, medios a los que Lon Laga hijo estaba muy atento.
Tenía miedo de que nuestros nombres aparecieran en algún noticiario, identificados como reos huidos de la justicia, haciendo valer los militares su influencia para extender mentiras y desinformar sobre nosotros. Es algo que no habría podido soportar.
Deseaba hacer algo… Me sentía atrapada allí y pensaba en todas las opciones de las que Manuel Rey me había privado, como visitar la embajada de Estados Unidos en Madrid.
Compartí con Manuel, mi Manuel, aquellas inquietudes, pero me tranquilizó haciéndome ver que era su padre quien había tomado el mando de la situación, tirando de viejos amigos e influencias para extender el rumor de lo que estaba ocurriendo y así hacer llegar las noticias a la Presidencia del Gobierno y al Rey para que tomasen cartas en el asunto.
—Este es el lugar más seguro de España para nosotros, Isabel. Nadie nos buscará aquí. Los tentáculos de mi padre son todavía demasiado largos. Recuerda que fue amigo personal del Caudillo y guarda gran respeto de la mayoría de los viejos dinosaurios del ejército.
No me tranquilizaban demasiado sus explicaciones, la verdad.
Y es que cuando una ha sido torturada, amenazada de muerte, algo prevalece en el interior.
Un estado de alerta permanente, un terror primigenio que se apodera de las emociones y te hace temer que cada segundo de seguridad podría ser el último.
Además, mi sexto sentido me decía que las cosas, lejos de haber mejorado, estaban peor.
Vociferaba desde mi interior que aquella villa no era segura, o eso es lo que yo creía entender por el estremecimiento casi permanente que recorría la médula y al que parecía haberme acostumbrado.
Para corroborar que mi intuición una vez más estaba en lo cierto, fue la noche del sábado cuando Lon Laga y yo huimos de allí, literalmente a la carrera…
Estaba en la habitación que habían preparado para mí, tumbada en la cama tratando de leer una edición de lujo de “La casa de los espíritus” de Isabel Ayende, cuando todo ocurrió. Pasadas las once de la noche, alguien llamó a la puerta.
—Isabel, soy yo —era la voz de Lon Laga hijo—. ¿Puedo pasar? ¿Estás presentable? Yo… eh… Tenemos que hablar… —Parecía nervioso, pues se atropellaba al hablar.
Salté de la cama tirando a un lado el libro y me puse una bata de cuerpo entero con motivos asiáticos que usaba para ir al baño en la noche.
—Sí, adelante. Pasa.
Entró en silencio cerrando la puerta tras de sí y se me quedó mirando como si le gustara lo que veía… como si, por un momento, hubiera olvidado el verdadero motivo de la tan poco apropiada intrusión nocturna en la habitación de una mujer casada.
—¿Ha pasado algo? —pregunté.
Él me miró fijamente. Parecía haber regresado a la realidad, al fin.
Estaba invadido por una suerte de corriente eléctrica que recorría su cuerpo, haciendo que las manos le temblaran como a un enfermo grave del mal de Parkinson.
Además, tenía los pelos de punta y la piel de gallina, los mismos síntomas de haber metido los dedos húmedos en un enchufe…
—Es por mi padre, Isabel. No podemos confiar en él. Nos ha traicionado… bueno, a nosotros no, a España. Aquí no estamos seguros…
Soltó toda esta información del tirón, sin respirar.
—Espera, espera, cálmate. ¿Qué es lo que me estás contando?
—Lo sorprendí hace una hora hablando por teléfono en el salón. Escuché la conversación agazapado tras la puerta. Está mal del oído y hablaba demasiado alto. Supongo que no se ha dado cuenta de su problema, pero gracias a eso lo he escuchado todo.
—¿Y qué es tan terrible, entonces?
—Está metido en el ajo, Isabel. Lo sabe todo. Él es el organizador del complot. El facilitador. El hombre bisagra entre las capitanías generales para forzar el Golpe de Estado.
—Pero ¿de qué demonios estás hablando? —pregunté enfadada. Todo aquello sonaba inverosímil y exigí una explicación.
—Te lo estoy diciendo. Él es el organizador, no me cabe duda.
Por su conversación estaba hablando con Alejandro Rivas, el segundo jefe del Estado mayor de Tierra con el que nos entrevistamos el otro día.
Estuvieron más de media hora conversando sobre la organización del golpe. Lo escuché todo alto y claro.
—Dios mío… pero ¿estás seguro?
—Segurísimo, tenemos que irnos de aquí ya mismo.
—Pero… me han tratado tan bien…—protesté.
—No podría ser de otro modo. Mi padre no es malo. Siempre ha sido un hombre de familia y leal a su patria. Es simplemente que…
Se le quebró la voz, como si tratara de contener la emoción.
—Tranquilo, continúa —pareció calmarse al notar mi mano sobre su hombro derecho.
—Es sólo que él piensa que esto es lo mejor para España.
Cree que los políticos de ahora la están descomponiendo y sólo pretende evitar que todo se vaya a la mierda.
Sus palabras con Rivas Valera eran tranquilizadoras.
Insistía en que no debía derramarse ni una sola gota de sangre, que su trabajo sólo iba a ser intimidatorio y que estaba seguro de que el Rey, esta vez, estaría de su parte.
—¡Y una mierda! ¡¿Qué clase de locura es esta?! —era yo ahora la que se dejaba llevar por las emociones y elevé demasiado la voz.
—Shhh… Por favor, Isabel. Baja el tono. Debemos huir en silencio y tratar de evitar por otros medios esta locura. Aquí, sin saberlo, somos prisioneros a la espera de que todo se haya consumado.
—Sí, lo siento, perdona… Es que… joder, han estado a punto de matarme y ahora aquí me tratan como a una reina.