CAPÍTULO 22 #3
Un par de bofetadas más y tras horas de interrogatorio, al fin me dejaron allí sola, encadenada a la silla de pies y manos.
Habían tratado de sonsacarme de todos los medios posibles excepto el de la tortura física, mas con la certeza de que si aportaba más datos podría perder la vida, logré aguantar jugando al despiste, haciéndome pasar por una rubia tonta que no sabe hacer la letra “o” con un canuto.
Por desgracia, cuando se fueron, cerraron la puerta tras de mí y pude escuchar su conversación…
—Parece que no canta la zorra esta —anunciaba el hombre de paisano, sin saber que era escuchado, revelando así su coartada.
—Mañana le daremos una hora más. Si no habla, llamamos a Vázquez y su maletín. Es infalible. Si con eso no canta como un jilguero, no lo hará con nada… Mientras, que pase hambre y se joda. A ver si consigue dormir en esa silla tan cómoda.
Tenía claro que las torturas llegarían al día siguiente y eso anuló por completo mi apetito.
Nunca me sentí tan aterrorizada como en aquellas horas nocturnas a la espera del patíbulo y la desesperación se apoderó de mí.
No podía aguantar más y terminé orinándome encima, llorando angustiada mientras el líquido caliente resbalaba por mis piernas…
Pasé la noche en vela, húmeda y dolorida, tratando de distraerme recordando buenos momentos con los ojos cerrados, concentrándome sólo en cosas buenas, buscando evadirme en las peores horas de toda mi vida.
El cuarto estaba oscuro, pero la luz del día comenzó a entrar por una rendija bajo la puerta y entonces supe que lo peor estaba por llegar, así que cuando escuché como los goznes cedían y alguien traspasaba el umbral, me limité a cerrar los ojos y encogerme tanto como pude, acercando las rodillas al pecho en posición fetal, al menos tanto como las cadenas me lo permitían.
—Isabel, vamos, abra los ojos, debemos darnos prisa —alguien me había susurrado, una voz que me resultaba familiar, cercana, amable y cálida, pero que no lograba ubicar y que, desde luego, no era la de ninguna de mis torturadores.
Con un esfuerzo sobrehumano, abrí los ojos ligeramente tratando de ubicar a quién me hablaba, pero la potente bombilla del techo y la luz natural que inundaba el cuartucho me obligaron de nuevo a cerrarlos.
Me froté los párpados y lo intenté de nuevo, y para cuando al fin logré enfocar la imagen, al fin identifiqué al hombre que hablaba conmigo.
Estaba mucho más viejo y arrugado, pero su expresión risueña era la misma de muchos años atrás, cuando siendo una niña trataba mis caries con delicadeza y me regalaba unos caramelos al salir, mientras mamá pagaba a la enfermera por la extracción.
Era nuestro pequeño secreto y ahora tendríamos otro…
—Vamos, Isabel, haz un esfuerzo. Apenas queda tiempo —Manuel Rey había acudido al rescate, alertado por papá. Uno de los tres del Wolframio, junto con él y Lon Laga.
Un Guardia Civil muy mayor, seguramente a punto de jubilarse, lo acompañaba. Se adelantó y me liberó de las cadenas. Después, ayudó a incorporarme.
—Don Manuel, ¿es usted? —pregunté incrédula.
—Claro que soy yo, mi pequeña Isabeliña. Tu padre me avisó y me he colado con la ayuda de este viejo amigo. Ya no tengo tantas influencias como antes, pero algunos hombres de confianza aún quedan —apuntó guiñándome un ojo.
Me levanté dolorida. Las cadenas me habían provocado rozaduras en los tobillos y la de la muñeca derecha había comenzado a sangrar. Además, la orina reseca en los muslos había trabajado en silencio durante la noche haciéndome un doloroso eccema…
—¿Puedes andar? —preguntó Manuel con suavidad.
—Sí, creo que sí —estaba muy débil, pues llevaba veinticuatro horas sin comer ni beber. Las piernas, adormecidas, se negaban a obedecer y tuve que salir de allí cargando mis brazos sobre los hombros de los dos hombres.
Con su ayuda pude acomodarme tumbada en las plazas traseras de un Mercedes 300. Tenía las lunas tintadas y aun así no querían correr riesgos.
—Te llevaré hasta Navarra y te reunirás allí con el hijo de Manuel Lon Laga. Son las instrucciones que él mismo me ha dado. Viajaremos por carreteras secundarias para evitar los controles. Tu padre se ha ocupado de mover los hilos necesarios para organizar todo y sacarte de este embrollo.
Todavía aturdida y temblorosa, con el nimio rescoldo de cordura del que podía tirar en aquel estado, protesté amargamente su propuesta.
—Pero, don Manuel, ¿no sería mejor llevarme al aeropuerto? Quiero volver a casa.
—No, Isabeliña. Eso es lo peor que puedes hacer.
No sé en qué follón te has metido, pero tras esta huida, acabas de entrar en la lista de cinco personas fugadas más buscadas del país.
Los aeropuertos, las embajadas, estaciones de tren y autobús…
habrán montado un perímetro desde el pueblo para localizarte.
Apenas sí escuché las últimas palabras de don Manuel, un hombre ya anciano al que mi familia debía tanto y que, a pesar de todo, jamás parecía cansarse de ayudar.
Me quedé dormida sobre el cómodo cuero del asiento del Mercedes, agotada, débil y magullada…
arrullada por el ronroneo del potente motor diésel.
—Buenas tardes, bella durmiente. Llevas más de cinco horas durmiendo —anunció nuestro viejo dentista, sentado al volante del coche.
—¿Dónde estamos? —pregunté todavía algo desorientada. Mi cerebro tardó unos segundos en recomponer los hechos de las últimas horas y la ansiedad regresó. Mi intuición, el sexto sentido que atesoraba desde niña, me decía que distaba mucho de estar a salvo.
—Pasando Valladolid. Aún nos quedan unas horas para llegar a Olite.
—¿Olite?
—Es un pueblo en Navarra. A las afueras tiene una villa el viejo Lon Laga.
Supongo que a estas alturas habrás oído hablar de él.
Por uno de esos avatares del destino llegamos a saber el uno del otro e hicimos amistad años después de una gran aventura que, sin saberlo, llegamos a compartir.
Desde entonces, nos carteamos regularmente para hablar de la familia, política y esas cosas.
—Sí, vaya si he oído hablar. Aunque aquí tirada en el asiento de un Mercedes Benz, casi hubiera preferido no haberlo hecho.
Traté de incorporarme, pero mi cuerpo estaba literalmente bloqueado, como si me hubieran molido a palos. Sin saberlo, mis músculos habían pasado en tensión las horas de reclusión y ahora se habían contracturado, negándose a obedecer.
—Es necesario que permanezcas tumbada, Isabeliña. Aunque viajamos por carreteras secundarias y los cristales están tintados, es mejor no correr riesgos.
—¿De veras voy a tener que pasarme el viaje aquí agazapada?
—Sí, lo siento… La alternativa es el maletero. Tú verás…
—El asiento estará bien, don Manuel… Por cierto… yo…
—Dime, hija.
—Sólo quería agradecerle que me haya rescatado. Los hombres que me tenían presa parecían querer deshacerse de mí.
—Eso parece, mi prenda. De no haber sido por el aviso de tu padre, sabe Dios en qué estado estarías ahora. Él mismo se encargó de avisar a Lon Laga y el viejo bribón ha previsto todo. En Olite te reunirás con su hijo y allí estaréis a salvo de lo que quiera que sea el lío en el que andáis.
El Mercedes era realmente grande. Lo suficiente como para estirarme por completo tumbada en el asiento.
Lo cierto es que no se viaja mal allí, por más que me hubiera quejado y, tal y como decía el señor Rey, la alternativa no era mejor.
De hecho, esta reflexión me hizo recordar un chiste que contaba mucho papá cuando era niña.
—Sabes, Isabeliña, ¿por qué no es tan malo envejecer?
—No, padre —contestaba inocente.
—Porque la alternativa siempre es peor —y rompía después a carcajadas por más veces que ya me lo hubiera contado cientos de veces. Tardé años en comprenderlo y, lo cierto es que tenía toda la razón…
Las horas siguieron pasando y volví a caer rendida por el sueño y la debilidad.
Don Manuel llevaba un bocadillo de jamón serrano y queso que había improvisado para mí, pero tenía el estómago revuelto y me sentía incapaz de ingerir alimento alguno, así que había optado por seguir durmiendo.
En sueños, mi imaginación voló y evoqué la historia del “Lute”, Eleuterio Sánchez, un buhonero prófugo de la justicia que había sido muy popular años atrás por sus reiteradas fugas de prisión y habilidad para evitar a la Guardia Civil, dejándolos en ridículo en varias ocasiones.
En aquella ocasión, mi historia no distaba demasiado de la suya…
Para cuando desperté por segunda vez, culpa de un fuerte bache que el vehículo se había comido de lleno, enfilábamos el camino a la Villa del viejo Lon Laga en Olite. Había pasado más de diez horas durmiendo y me sentía mucho mejor, hasta con hambre.
—¿Falta mucho?
—Para nada. Acabamos de llegar, hija. Aquí estarás a salvo hasta que las aguas vuelvan a su cauce.
Don Manuel tuvo que ayudarme a bajar del coche, pues estaba entumecida y más débil que nunca. Me dejó apoyada en una de las aletas mientras sacaba el bocadillo de la guantera.
—Supongo que ahora sí querrás comer algo.
Justo cuando alargaba la mano para alcanzar la comida y devorarla, escuché una potente voz que provenía de la entrada de la villa junto a la que habíamos estacionado.
—¡Quita esa mierda de las manos de la señorita, tunante! ¡Habéis llegado justo para la cena!
Era el viejo General Lon Laga, que nos recibía en su hogar. Junto a él, con rostro de clara preocupación, caminaba su hijo, que tensó los músculos y apretó los dientes al verme en aquel estado.
—Espere, padre. Antes pasemos a Isabel a que se dé un baño y se ponga ropa limpia. La comida no va a moverse de dónde está.