CAPÍTULO 22 #2
Pasé la tarde haciendo poco más que deshacer la maleta y guardando mi ropa en el viejo armario, acomodándola como pude entre abrigos y trajes de chaqueta pasados de moda que olían a alcanfor, otrora atacados por la polilla.
Escuché la llamada para la cena, que sonaba exactamente a cómo la recordaba cuando en la vieja casa de campo todavía habitaban seis muchachos con sus padres y abuela, además de un par de jornaleros.
Devoré sin usar cuchara el clásico y medicinal caldo casero de mamá, mojándolo en aquel pan de aldea que duraba fresco una semana…
y de postre, una cuajada regada con miel.
Después jugamos a las cartas durante horas y recordamos viejos tiempos.
Nos reímos, lloramos y añoramos largo y tendido hasta bien entrada la media noche, pues no había que madrugar como antaño.
Ya no había ganado que cuidar y pocas tierras que arar.
Apenas unas gallinas en el nuevo gallinero junto al pozo, un perro labrador —más compañía que vigilante— un par de jaulas con conejos de cría, dos cerdos y una vaca, eran todos los animales que ya quedaban a cargo de mis padres.
Para cuando me acosté, me había sumergido tanto en los recuerdos que había olvidado de dónde venía y la pequeña aventura que había compartido con Lon Laga.
Merced a ello, pude dormir a pierna suelta y mi sexto sentido se negó a funcionar hasta que el sol estuvo bien alto en una fatídica mañana soleada en que me despertaron los gritos desde el corral y un latigazo parecido a una descarga eléctrica recorrió mi espinazo de arriba abajo…
Una pareja de la Guardia Civil preguntaba por mí.
Estábamos en miércoles doce de diciembre y se acercaban las Navidades.
Podría haber pensado que eran viejos amigos de la familia que estaban de paso y venían a saludar, de no haber sido porque papá se enfrentaba a ellos pidiendo explicaciones.
Ya no estábamos en dictadura y las cosas habían cambiado mucho.
En otra época, jamás se le habría ocurrido envalentonarse de aquel modo pues le habría costado la vida, mas ahora…
—¿¡Qué quieren ustedes de mi hija!?
—Señor Portela, ya le hemos dicho que es algo confidencial. Tiene que acompañarnos al cuartel en el pueblo. Es algo rutinario.
—¡Rutinario, mis cojones! Si fuera rutina habría venido un funcionario o, como mucho, una patrulla de la policía nacional. Pero ustedes…
De los dos Guardias, uno, el que hablaba, era claramente un muchacho joven y comedido. El otro, el viejo gordo del bigote había permanecido en silencio, enrojeciendo de ira paulatinamente hasta que había explotado.
—¡TE ME DEJAS AHORA MISMO DE MIERDAS Y LE DICES A TU HIJA QUE BAJE, PALETO! ¡O TE AbrO UN AGUJERO EN LA CABEZA!
Todavía quedaban en todos los niveles de la sociedad algunos seres humanos —por llamarlos de algún modo— que habían olvidado que el fin de la dictadura había quedado atrás hacía casi una década.
Ya fueran policías, médicos, funcionarios o políticos, aún quedaba mucho español que había vivido sus años gloriosos durante el anterior régimen y que ahora se resistían a una democracia que les obligaba a ser personas como los demás.
Españoles de a pie que debían compartir las reglas del juego que antes manipulaban a su antojo.
Papá dio dos pasos atrás, amedrentado por los viejos recuerdos de épocas pasadas, pero en ningún momento se apartó del camino que se interponía con el acceso a su hija favorita.
—Perdone a mi compañero, señor Portela. Nosotros sólo cumplimos órdenes.
—¡NI ÓRDENES, NI HOSTIAS! —el segundo Guardia Civil llevó la mano a la pistolera. ¡O SALE ELLA O ENTRO YO!
—¿Qué pasa aquí? —pregunté apareciendo por sorpresa—. ¿Qué son estos gritos?
—¿Señorita Portela? ¿Isabel Portela? —indagó el Guardia más joven haciendo a un lado a su compañero.
—Señora Portela… Sí, soy yo. ¿Por?
—Tiene usted que acompañarnos al cuartel en el pueblo.
—¿Y eso?
—Lo desconozco. Sólo cumplimos órdenes, pero es de capital importancia que nos acompañe.
Papá estaba demasiado nervioso y mamá lloraba tras él.
El paso de los años había ablandado a una mujer que en otro tiempo habría sido capaz de abalanzarse sobre la autoridad sólo con tal de proteger a los suyos.
O tal vez era la ausencia de la abuela Graciela, cuya presencia siempre le había infundido valor, con la frente alta y los honores que le infundía haber pertenecido a una familia noble…
—No hay problema, agentes. Permítanme que tome una chaqueta y calzado cómodo de mi habitación y en seguida estoy con ustedes —decidí que, por el bien de mis padres, lo mejor era obedecer y quitar leña al asunto—.
Papá, no te preocupes. Seguro que es algo rutinario, como algún problema con el visado.
—Sí, seguramente será eso —interrumpió el Guardia Civil del bigote con una perturbadora sonrisa, como si supiera que lo que venía a continuación no iba a ser nada bueno para mí.
Me volví para ver a mis padres desde la parte de atrás del coche patrulla, un viejo cuatro latas como el de papá, pero pintado con los colores de la benemérita.
Su fehaciente rostro de preocupación unido al derrotista presentimiento que me había comenzado a atormentar, anunciaban que nada bueno estaba por venir.
Ya en el cuartel, me pasaron a una habitación sucia y oscura.
Con las paredes llenas de humedad y el linóleo verde sospechosamente salpicado de pequeños puntos de color granate, casi negro.
Olía a orina y sudor y el único mobiliario era una silla metálica anclada con tornillos al suelo y una mesa-pupitre de formica.
Allí sola me tuvieron durante cuatro largas horas hasta que mis tripas comenzaron a rugir y supe que la hora de comer se había pasado ya. Estaba hambrienta, tenía frío y ganas de vomitar por el olor fuerte y penetrante, mezcla de desinfectante y emanaciones biológicas…
La puerta se abrió de golpe y aparecieron tras ella dos hombres, uno vestido de paisano y otro con uniforme del ejército.
Claramente no era un uniforme de Guardia Civil, sino más bien del ejército de Tierra y en la solapa llevaba tantas chapas y galones como se podían colocar.
No estaba familiarizada con los rangos militares, pero debía ser un pez gordo, tal vez un General…
—La señorita Portela, supongo —preguntó el hombre de paisano.
—Señora, sí… Isabel Portela. ¿Se puede saber por qué estoy retenida y quiénes son ustedes?
—Pues me temo que no. No puedes saber ninguna de las dos cosas y, desde luego, por tu propia seguridad, te recomiendo que moderes el lenguaje, perra —el militar no andaba con bromas.
No sabría decir si me asustó más el insulto o el haberme tuteado en aquel contexto.
Sonaba como si me tratara más como un trozo de carne que como una persona…
Fue en aquel momento en el que caí en la cuenta de que había estado pisando fango durante semanas y que, el intento de Golpe de Estado, lejos de haberse frustrado, estaba más fuerte que nunca.
—Yo…
—Bien, veo que lo has entendido, así que, en adelante, las preguntas las haremos nosotros —el militar, llamémosle General, golpeó la mesa con los puños cerrados. Estaba visiblemente enfadado. Sus ojos, inyectados en sangre, supuraban ira y odio y, entendí que mi vida corría serio peligro.
Todo indicaba que iban a tenerme allí indefinidamente o, al menos, hasta que obtuvieran la información que necesitaban, así que mientras los datos los tuviera yo, estaba segura de que seguiría con vida. Iban a jugar conmigo al gato y al ratón, al poli bueno – poli malo, hasta haberme sonsacado.
—Escuche, señora Portela. No queremos alargar esto más allá de lo estrictamente necesario —apuntó el hombre de paisano, que vestía un pantalón de pana gris y una camisa blanca remangada que dejaba a la vista un extraño tatuaje—.
Le haremos unas sencillas preguntas y, si nos satisfacen las respuestas, la dejaremos libre.
Inmediatamente me volví hacia el otro hombre, el poli malo, y por su expresión y lenguaje corporal pude saber que eso jamás ocurriría. Debía ser inteligente y jugar bien mis cartas o sólo saldría de aquel cuarto con los pies por delante.
—De acuerdo, pregunten. Estoy segura de que esto es un malentendido y voy a colaborar.
¿Ha habido algún problema con mi documentación?
Tengo la doble nacionalidad, española y norteamericana—.
No era mala estrategia, hacerse la inocente.
Además, la palabra norteamericana inquietó visiblemente a los dos hombres.
Una cosa era deshacerse de un españolito de a pie más…
pero, un ciudadano americano… esa era harina de otro costal…
Tal y como había sospechado, toda la información que querían los dos hombres guardaba relación a mis encuentros con Lon Laga y la visita al Segundo jefe del Estado Mayor del ejército de Tierra.
Parecía como si nos hubieran estado siguiendo los pasos durante toda mi estancia en Madrid.
Por momentos tomaba la iniciativa del interrogatorio el militar, los más duros e intimidantes, llegando a abofetearme en un par de ocasiones.
Después de estos, interrumpía su amigo, vestido de paisano, con voz dulce y pausada, siempre amable y conciliador, pidiendo disculpas por su impulsivo compañero.
A pesar de que no había ventanas en el cuarto, supe que la noche había llegado leyendo la hora en el reloj del militar.
Llevaba allí mucho tiempo, sin comer, sin poder ir al baño —ahora entendía lo del olor a orina—.
Sólo Dios sabe a cuánta gente habrían torturado e incluso asesinado dentro de aquel sucio, lóbrego y oscuro cuartucho.