CAPÍTULO 22
T al y como había previsto Lon Laga, el paseo desde el hotel hasta el palacio de Buenavista, sede del cuartel general del Ejército de Tierra, nos llevó unos cuarenta minutos.
Y habríamos tardado menos si no hubiéramos parado en varias ocasiones durante el camino para que el comandante me explicara algunos datos sobre la historia de la capital, según pasábamos por algunos de los hitos.
Fue un paseo agradable, a pesar de lo nervioso que estaba Lon Laga, un hombre con tanto bagaje y que ahora se veía envuelto, tan cerca ya de su retirada del servicio activo, en una epopeya de proporciones bíblicas.
En lo que a mí respecta, había asumido que mi rol en tal aventura había finalizado con éxito y que el trabajo había terminado, así que me limité a disfrutar del paseo y la agradable conversación con un hombre que a cada paso que dábamos me parecía más y más atractivo.
Camino al palacio de Buenavista Lon Laga me dio algunos datos sobre el hombre con el que nos íbamos a entrevistar.
Después del Golpe de Estado del ochenta y uno, los cargos principales del ejército se habían reestructurado, jubilando a viejos dinosaurios afines al régimen y colocando en su lugar a militares más técnicos y moderados, interesados en una España libre y, sobre todo, leales al Rey y las instituciones democráticas hasta la médula.
Alejandro Rivas Valera, era uno de esos hombres.
Como protegido de Lon Laga padre, había iniciado su carrera militar nada más salir de la Academia General Militar como primero de su promoción, a finales de los cuarenta.
De la mano del General había desarrollado su carrera castrense en el área de inteligencia y contraespionaje, proporcionando información vital en varias misiones, datos, todos ellos, que habían salvado la vida a cientos de hombres.
Una vez retirado Lon Laga, había pasado al Estado Mayor con un perfil técnico, ocupándose de tareas logísticas, de organización y planificación, por lo que era el hombre indicado para recibir los documentos que llevábamos encima.
Calculador y extremadamente inteligente, había escalado peldaños lentamente hasta que, tras el Golpe de Estado, había sido nombrado Segundo jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, hombre de apoyo y confianza de la mayor parte de las Capitanías Generales, al mando de todas las unidades operativas del ejército.
Nos hicieron esperar media hora en la puerta de su despacho antes de entrar, pues nuestro contacto atendía unas llamadas importantes, aunque la demora mereció la pena por el júbilo y amabilidad con el que nos recibió.
Nada más abrirse las puertas, se levantó rápidamente y se apresuró a saludarnos con calurosos apretones de manos.
El despacho adolecía de cualquier tipo de decoración.
Ni una alfombra, ni lámpara, ni cortinajes y todavía menos jarrones o plantas sobre los muebles.
Tan sólo una mesa de escritorio y varios armarios.
Uno de ellos tenía entreabierta una puerta, y a través del hueco se intuían una montaña de viejos archivadores apilados de modo anárquico.
El único elemento decorativo que se había permitido colgar de la pared, probablemente más por imposición que por deseo propio, era un retrato del Rey Don Juan Carlos.
—Permítanme que exprese mi total admiración por el placer de conocer a los hijos de dos héroes de la patria —anunció eufórico—. Y, por supuesto, que siguen con fervor los pasos de sus padres. Lon Laga me ha puesto al corriente de la situación.
—Para mí es todo un honor conocerlo, señor —expresé con gratitud por el amable recibimiento, que tiró abajo con los pocos nervios que tenía. Por su parte, Manuel se cuadró para saludar militarmente, como correspondía a modo de respeto ante un oficial superior.
—Vamos, descanse, comandante, que estamos en confianza. Ahora mismo, no hay graduaciones en este despacho. Sólo somos tres camaradas que vamos a conversar por el bien del país.
—Muchas gracias, señor. Me siento honrado.
—El placer es mutuo, Lon Laga. Créame.
Antes de presentar la documentación, charlamos un buen rato.
Nuestro anfitrión nos hizo llegar por su asistente personal unos cafés y departimos sobre el pasado, hablando de nuestros padres y el conocimiento común que de ellos y su gran aventura poseíamos.
Fue un rato agradable en el que disfruté de una victoria segura, pues no me cabía la menor duda de que habíamos dado con la tecla adecuada.
Estaba claro que, con el minucioso informe de Lon Laga y la documentación que entre los dos habíamos aportado, había material más que suficiente como para detener en seco el intento de sedición.
Eso, unido al poder y contactos del teniente General Rivas Valera sería la barricada perfecta contra el atentado a una joven democracia que al fin parecía consolidarse en nuestra nación.
Hacia el final de la conversación, mientras los dos militares departían sobre temas técnicos —ambos expertos en logística y estrategia, protegidos los dos de Lon Laga padre— yo divagaba una vez más sobre la vida, y es que a mi cincuenta y cuatro años, cuando muchas mujeres se topan frontalmente con la menopausia y sienten que el fin de sus días se acerca, yo me encontraba en el cénit de mi carrera profesional y personal.
Coqueteaba ahora con las altas esferas militares en España, mientras mi jefe en Wall Street ansiaba desesperadamente mi regreso a la oficina.
Esta vez todo iba a ir bien. Estaba convencida de ello pues llevaba una larga temporada sin que mi sexto sentido me diese la tabarra, cosa que agradecía en cierto modo por la ansiedad que me producían los presentimientos.
Y es que afectaban a mi estabilidad emocional sin llegar a darme demasiadas pistas sobre el motivo de las inquietudes.
Con Lon Laga más que satisfecho, sintiéndose liberado de su pesada carga, regresamos al hotel. Esta vez sí tenía vía libre para partir hacia Barajas y tomar el primer vuelo a Santiago de Compostela, no sin antes haber comido con “mi comandante”, por supuesto.
Para cuando salimos del despacho del subjefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, aunque algo temprano, prácticamente era ya la hora de comer.
Con mi estómago todavía acostumbrado a los horarios americanos, devoré el filet mignon que pedí en el restaurante del hotel y la tarta casera de moras silvestres, todo ello a cuenta de Manuel, que cortésmente se ofreció a pagar la invitación.
Después de un café, dimos un largo paseo por la Castellana, charlando sobre temas personales.
Él habló mucho sobre su esposa y su familia, aunque no dejó de coquetear, dando a entender subrepticiamente que, a pesar de sentirse atraído por mí, jamás traicionaría a su esposa.
Agradecí su sinceridad y aquello me bastó para ensalzar mi autoestima.
No era frecuente recibir tales halagos para una mujer de mi edad y me hizo sentir joven otra vez.
De regreso al hotel nos despedimos en un lunes diez de diciembre, a sólo dos semanas exactas del segundo Golpe de Estado que creíamos haber frustrado.
La separación fue cálida y agradable. Nada de apretón de manos y otras formalidades.
Un abrazo y un cariñoso beso en la mejilla fue el colofón a nuestra breve, pero intensa relación, prometiéndonos que, al igual que nuestros padres, nunca perderíamos el contacto y seguiríamos telefoneándonos regularmente para saber el uno del otro.
Había confirmado la reserva del avión la noche anterior y todavía llegaba a tiempo, a pesar de haber perdido la mañana, que de otro modo habría empleado en haraganear por la ciudad, haciendo algunas compras para llevar a mis padres a modo de obsequio.
Con la maleta ya preparada, hice el chekout del hotel y tomé un taxi al aeropuerto.
Para cuando llegué y tras una sofocante carrera por la terminal, las puertas de embarque estaban a punto de cerrarse.
Papá me recogió en la terminal de llegadas en Santiago con su viejo Renault cuatro.
Mecánico de toda la vida, había arreglado mil motores de autobús y camión y, sin embargo, había esperado a cumplir los sesenta para sacarse el carnet de conducir.
Usaba el coche para desplazarse a las fincas o al pueblo y jamás había salido de ese recorrido, por lo que para él era toda una hazaña el aventurarse a un trayecto de más de cincuenta kilómetros, que, no obstante, hizo encantado con tal de ver a su hija.
Ya en la aldea, subí a mi vieja habitación, la que compartía con Lucinda y recordé tantas y tantas noches charlando con ella, compartiendo nuestros planes de futuro y la mujer en la que deseábamos convertirnos.
O las tardes enteras de lluvia jugando a ser mayores, fingiendo cocinar con vajilla afanada de la cocina a hurtadillas…
o cosiendo vestidos para las muñecas de trapo con el hilo de lino y las agujas del viejo costurero de la abuela Graciela.
Cuántos recuerdos acaudalaban aquellas cuatro paredes. Retazos felices —otros no tanto— de una vida que parecía tan lejana, vivida por una niña que ahora era una extraña para la mujer que los trataba de recomponer.
Me asomé a la ventana que daba a la finca y respiré una honda bocanada.
Un heterogéneo revoltijo de olores atravesó mis fosas nasales; plumas de ave —el viejo y despoblado gallinero estaba justo bajo el alfeizar— fruta madura de los árboles frutales, hierba recién cortada, madera vieja y tierra mojada.
Cuán diferente era aquel aire húmedo y lleno de vida al viento frío, seco y contaminado que me había llegado desde el balcón de la habitación del hotel en la Castellana.