CAPÍTULO 21 #3
Pasé tres días, hasta el sábado por la tarde, con mis sobrinos haciendo de guías por Madrid.
Disfruté como hacía mucho que no lo hacía, divirtiéndome en familia, recreándome en la visita de los hitos más importantes de una ciudad con tanta historia como belleza.
Pero con lo que más disfruté fue con la sensación de pertenecer a un plan para derrocar el complot que llevaría a aquella urbe de nuevo al pasado y eso me aportó plenitud y paz mental, porque sin saberlo, aquellos buenos muchachos estaban paseando por su hogar a la mujer que se erigía ahora, junto con Lon Laga, como garante de su estilo de vida, tal y como había ocurrido muchos años antes con nuestros padres…
Había elegido el Domingo para regresar a la aldea y así pasar unos días con mis padres, así que, por la mañana, tras el desayuno, me encontraba preparando la maleta en la habitación cuando sonó el teléfono.
—¿Señora Portela? —era la voz del recepcionista que me había facilitado el acceso al fax. Debía haber cambiado turno para el fin de semana.
—Sí, soy yo.
—¿Puedo pasarle una llamada de un tal Manuel? Dice que le conoce.
—Sí, sí, por supuesto —asentí
No podía ser otro que el comandante… mi comandante.
En mi cabeza se formaron un torrente de ideas, como que todo había salido bien y que había presentado al fin los papeles a instancias superiores.
Aunque también otras no tan transcendentales, como que me quería invitar a cenar para celebrar la victoria…
—¿Señora Portela? —esta vez era él, al otro lado de la línea, marcando distancias entre nosotros. ¿Se habría percatado de mi coqueteo, como el exagerado escote el día que bajé a la calle a entregarle el botín?
—Isabel, Manuel. Recuerda, siempre Isabel —contesté molesta.
—Ah…, sí, bueno… Tienes que perdonar. Es la maldita costumbre castrense de tratar de usted a todo el mundo. Creo recordar haberlo hecho incluso alguna vez con mi esposa.
Mala cosa, meter a su mujer en una conversación.
—Nada, no te preocupes. ¿Cómo ha ido todo? ¿Has conseguido presentar el informe?
—Pues por eso te llamaba. No, en realidad…
Mi padre me ha pasado un contacto, un hombre de su total confianza que participó con él en varias misiones.
No es ningún carca revenido ni un anciano fuera de servicio.
Es un militar de nuestra edad y fue la mano derecha de mi padre durante años, siendo instruido por él mismo.
—¿Seguro que es alguien importante?
—Sí, lo suficiente. Por encima de mi propio jefe. Es el segundo jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra (JEME). Tiene su despacho en el palacio de Buenavista, en la plaza de Cibeles. Por encima de él sólo están el JEME, el ministro y el propio Rey.
—¡Caramba! Sí parece alguien importante.
—Lo es. Supongo que tu padre te lo habrá contado, pero el mío fue un hombre de confianza del Caudillo.
Un General con mucho poder. De haber sido descubierto un complot como este estando él en activo, probablemente sería el hombre a quién recurrir.
Es por ello que sus contactos, aun estando retirado, son del más alto nivel.
—Pues sí que son buenas noticias, Manuel. Agradezco mucho tu llamada para informarme. No tenías por qué hacerlo. Estaba preparando la maleta para regresar mañana a Galicia con mis padres y me preguntaba si volveríamos a vernos.
—Yo, eeeh…
La línea quedó en silencio y pareció cortarse.
—Manuel, ¿sigues ahí?
—Sí, aquí sigo… pero…
—¿Pasa algo?
—Sí, lo cierto es que esperaba de ti un último favor.
Perfecto, ahí venía la invitación para cenar. Mis neuronas se pusieron a trabajar al instante buscando cuál sería el mejor conjunto para impresionarlo.
—Mi padre me ha aconsejado que, durante la visita, vengas conmigo, Isabel.
Una sensación de, a un tiempo, nerviosismo y desazón se apoderó de mí.
—¿Yo? Pero ¿por qué?
—Tampoco lo entendí al principio, pero mi padre me ha convencido.
Por un lado, para dar peso a mis indagaciones y por el otro, presentarte a él.
Al parecer, ya te conocían y habían hablado sobre ti.
Mi padre ha seguido con admiración tu carrera profesional, viendo como ascendías cada vez más hasta llegar a tu posición actual.
Ambos os admiran a ti y a tu padre y piensan que hay algo diferente en vosotros, tal vez genético, por haber llegado tan alto desde un origen tan humilde.
Piensan que no puede ser coincidencia y el teniente General ha insistido mucho en conocerte.
—Vaya, ahora va a resultar que soy una personalidad sin saberlo.
—¿Entonces? ¿Puedo contar contigo? —Lon Laga lo propuso haciendo caso omiso a mi comentario, que pretendía ser gracioso.
—Bueno, yo… Supongo que es una oferta que no puedo rechazar.
—Perfecto entonces —la voz del comandante pareció animarse—.
Me pasaré mañana a las 9.30 AM por la recepción.
Me he pedido el día libre. Iré de paisano y caminaremos hasta Cibeles, al cuartel general del Ejército de Tierra.
Es media hora de camino y dan buen tiempo.
Será un paseo agradable. Y… por cierto, vete abrigada, Isabel.
Si no recuerdo mal, la última vez que nos vimos no era así y el clima frío de Madrid puede ser traicionero.
—Yo… sí, lo haré… —me dejó cortada con su descaro, mas estaba claro que finalmente mi escote había atraído su atención.
—Perfecto, entonces. Que tenga usted buena noche, señora Portela.
—Y usted, comandante.