CAPÍTULO 21 #2
—Paradójicamente, esa es la parte más fácil —respondió con suficiencia—.
Mi padre nos ayudará. Tiene contactos en el gobierno, viejos amigos, compañeros de misiones en épocas pasadas.
Antiguos camaradas cuyos secretos han creado un vínculo que perdura más allá de la edad, los retiros y las jubilaciones.
No pudo ayudarme con la documentación, pues la consulta podría levantar sospechas.
Por eso me dio tus señas. Pero esto es diferente…
Una vez elaborado el informe y cotejados los datos, el dosier será una herramienta imparable en manos de cualquier que no esté implicado en el golpe y tenga rango suficiente como para escalarlo a la presidencia del gobierno y al mismísimo Jefe de Estado.
—En ese caso, pongámonos manos a la obra —exclamé entusiasmada, viendo que nuestra cruzada tomaba forma y finalmente iba a resultar menos peligrosa de lo que había previsto, sin dejar de ser a un tiempo, igual de relevante para el devenir en la historia de nuestra nación.
Pasamos toda la mañana en la cafetería.
Dos cafés más —esta vez simples cortados con azúcar— una tónica y un Bitter Kas fueron las consumiciones que me despaché con unas olivas para entretener el estómago.
Despachamos todos los documentos que habíamos recopilado entre los dos sin que nadie reparase en nuestra presencia, excepto el camarero, que a la postre recibiría una buena propina de Lon Laga por su amabilidad y discreción.
Llenamos los folios de notas con fechas, subrayando los datos más importantes y dejando apuntes de llamada con un código para casar los informes del comandante y los extractos bancarios que yo había proporcionado.
A pesar del esfuerzo, algunos papeles de Lon Laga quedaron huérfanos, a la espera de documentación bancaria por mi parte que los corroborara.
No obstante, en su mayor parte eran detalles menores, como la cancelación de las vacaciones de Navidad del chófer de algún General o faxes a tráfico para cortes de carreteras en Nochebuena en áreas metropolitanas de la capital, que raramente levantarían sospechas en esas fiestas de no ser por el contexto en el que el comandante los había descubierto.
Así es como nos despedimos. Él caminando a su trabajo y yo directa a la habitación para telefonear a Gladys y solicitarle que, desde su acceso a mi terminal consiguiera los papeles que nos faltaban.
Pedí una comida ligera a base de ensalada de atún y un yogur natural de postre, pues los aperitivos en la cafetería del hotel habían mermado mi apetito.
El servicio de habitaciones llegó puntual diez minutos más tarde de haber hecho el pedido y me lo despaché con calma mientras aguardaba a que fuera la hora de apertura de la oficina en Nueva York.
Me tomé el postre, asomada al balcón del hotel, observando la interminable recta de la Castellana, preguntándome a qué clase de cretino se le habría ocurrido la brillante idea de lanzar un golpe de tal calado para, una vez más, poner trabas a la senda del desarrollo que España había comenzado a caminar con decisión.
Con el cambio horario, en Manhattan acababan de abrir la oficina, así que marqué el número en el teléfono de la habitación sin pasar por la operadora, para no levantar sospechas. Primero el prefijo de España, luego el código de EEUU, el de área y finalmente el de la empresa.
Respiré aliviada cuando tras el tercer tono escuché la voz de Gladys, algo apagada por el madrugón y los dos trenes de cercanías que tomaba para llegar al trabajo en Manhattan, tan lejos de su casa en Nueva Jersey.
Contestó con su divertido acento sureño y hablamos un poco de temas banales, como el vuelo, la familia en España y demás.
Después, pasé a describir la información que necesitaba y prometió enviármela en cuestión de un par de horas al fax del hotel.
Ella parecía saber que lo que le estaba pidiendo era algo importante y se lo tomó muy en serio.
Mi nivel de acceso a datos bancarios, como alta ejecutiva en Wall Street, iba mucho más allá de la simple consulta de cuenta y, a pesar del supuesto secreto bancario, en mi haber poseía un montón de trucos y atajos que trasladé a mi joven alcahueta para obtener los datos que necesitaba.
No podía arriesgarme a que cualquier leyera aquellos documentos, así que bajé a recepción y recompensé generosamente al muchacho que cubría el turno de tarde para que me dejara esperar allí a recibir el fax de Gladys, que llegó puntualmente dos horas más tarde.
Uno tras otro fui arrancando de la máquina los papeles hasta casi atascar el terminal.
Tal era mi impaciencia y nervios en aquel instante…
Para cuando el último extracto bancario llegó eran las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer.
Las luces de la enorme lámpara de araña que presidía el recibidor se habían encendido, arrojando sobre la alfombra Persa que presidía la estancia impactantes brillos de los cristales de Swarosky.
Subí a la habitación sujetando los papeles como si fueran un bebé recién nacido y telefoneé a Lon Laga que, por suerte, todavía estaba en la oficina, tan impaciente como yo por saber si había recopilado el dossier que faltaba.
Entusiasmado por las noticias, prometió recogerlos en la puerta de hotel en quince minutos, lo que me dejaba tiempo apenas para cambiarme de ropa y darme un poco de maquillaje con la secreta intención —incluso para mí— de que me invitase a cenar.
Y en este punto debo aclarar que jamás se me pasó por la cabeza tener nada con él, ni mucho menos.
Jamás traicionaría a Mateo y mucho menos destrozaría una familia como la de Manuel, pero, como toda mujer, me gustaba sentirme deseada una vez más, coquetear de vez en cuando sin que la cosa llegara a más, simplemente para encontrarme bien, para sentirme llena y deseada una vez más.
Y si el encuentro era con un hombre atractivo, inteligente y poderoso, pues tanto mejor…
Tal y como había prometido, Lon Laga aparcó su coche en la puerta del hotel sólo quince minutos más tarde.
El frío seco y una ligera ventisca me hicieron estremecer al salir a su encuentro, por el contraste con la temperatura exterior frente a la calefactada recepción del hotel.
También es cierto que me había enfundado en un vestido innecesariamente escotado.
Al menos, tuve la recompensa de una fugaz mirada a mi pecho de él cuando nos encontramos…
—¿Los tienes? —preguntó nervioso.
—Los tengo —afirmé entregándole los papeles en una subcarpeta de cartón verde oscuro con el logotipo del hotel que me había regalado el recepcionista.
—Perfecto, Isabel. Has sido de gran ayuda.
¿Has sido? Me sonó tan mal la expresión. Como si ya no pudiera ser útil en nada más…
—Me voy a casa a preparar el informe. Luego llamaré a mi padre y le diré que tengo lo que necesito para destapar el pastel. Él me dirá a quién acudir.
Di por hecho que mi labor había terminado y encima, que me iba a quedar sin cena, así que, visiblemente molesta y frustrada, le deseé buenas noches y me di la vuelta hacia el hotel, dejándolo como un par de narices con la palabra en la boca.
Tal vez así pillaría el mensaje de que no podía tratar a una mujer de mi categoría como a uno de sus subordinados cuando le entregaba un informe adecuado.
Escuché como arrancaba el coche torpemente, con nerviosismo, provocando que se le calara.
Había cumplido mi papel de dejarlo desconcertado y me permití una victoriosa sonrisa de satisfacción.
Después, caminé hacia el comedor, pedí una generosa cena a base de pescado y puré de patatas y me recogí temprano a dormir a pierna suelta, por primera vez en días, sin la ayuda del Prozac, sintiéndome plena tras haber completado mi parte de una misión tan importante.
En mi inocencia, había reservado un mes de estancia en España, pero viendo lo rápido que había ocurrido todo, decidí que a lo mejor me había precipitado. En cualquier caso, mi intuición me decía que debía quedarme un par de días más por Madrid.
Aproveché para visitar a mis sobrinos, los hijos de Raquel, mi hermana mayor, que habían hecho vida en la capital.
Uno de ellos, Pedro, una persona tan inteligente como bondadosa, había formado allí una familia y escalado al más alto nivel profesional, trabajando para el Ministerio de Asuntos Sociales como director general de Protección al Menor.
El otro, Santiago, un eterno joven de espíritu, se había convertido en un brillante profesor de instituto, siendo los dos el orgullo de mi hermana junto a sus otros dos hijos que habían decidido quedarse en Galicia y que habían desarrollado sus vidas y creado familias como buenas personas y mejores trabajadores.
Por las noches, llamaba a Nueva York para hablar con la familia e interesarme de cómo iban por allí las cosas.
También aprovechaba para hablar con Jack y preguntarle por el trabajo.
En las dos ocasiones en las que hablé con él, me hizo saber de su desesperación por mi regreso, mas la misión que allí desempeñaba era mucho más importante que cualquier trabajo.
Además, tenía que aprender a valérselas por sí solo, aunque esa no era la razón principal para mí de querer alargar el sufrimiento de mi jefe.
También debía saber de mi imprescindibilidad y así, a futuros, valorarme aún más, incrementando mis ya de por sí elevados emolumentos…