La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

C on cinco estrellas en su haber, el Intercontinental Madrid era uno de los mejores hoteles de la ciudad y, aunque había elegido para mi prolongada estancia una de las habitaciones más pequeñas a disposición de los clientes, el lujo rezumaba en cada esquina.

Frente al espejo del tocador, borrándome el maquillaje antes de ducharme y meterme en cama, veía el reflejo de prácticamente todo el cuarto y nada diría que me encontraba en España y no en un hotel de lujo en la Gran Manzana.

El país había crecido mucho en los últimos años y tomaba la senda de un desarrollo exponencial que de nuevo lo situaría entre las naciones más potentes de Europa, aún lejos de glorias pasadas en las que ser español significaba en cualquier lugar del mundo mucho más de lo que era actualmente ser americano, cuando a principios del siglo XIX se hablaba castellano en tres cuartas partes del continente americano.

​ Aquella noche dormí del tirón gracias al Prozac, que me tomé justo antes de acostarme.

Necesitaba arrancar el día con la mente despejada, sin ojeras y, por encima de todo, lo más calmada posible, dadas las circunstancias.

Me aguardaba una aventura mucho mayor de lo que jamás hubiera podido imaginar…

A la mañana siguiente, elegí para mi encuentro con Lon Laga un traje de chaqueta con pantalón en color azul marino, lo más sobrio y discreto que tenía en el ropero, aunque al mismo tiempo a la altura de la elegancia del hotel en el que me hospedaba.

Lo último que deseaba era levantar sospechas o que alguien se hiciera preguntas incómodas sobre mí.

El comandante y yo sólo seríamos un hombre y una mujer de alto nivel citándose, como muchos otros, en la cafetería de un hotel para conversar sobre negocios.

​ A pesar de que mi cuerpo había descansado y la piel del rostro lucía brillante, por dentro los nervios comenzaban a corroerme, tal y como había intuido que ocurriría llegado el momento.

Por aquel entonces era ya una mujer de mediana edad y, sin embargo, la buena genética, por un lado, y las carísimas cremas que utilizaba, por el otro, me hacían parecer mucho más joven.

Tal vez fue ese hecho el que me dio la seguridad y autoconfianza para calmarme y enfilar la barra de la cafetería con determinación.

​ Lon Laga me esperaba sentado a una mesa, disfrutando del aroma de un café solo bien cargado. Lo reconocí al instante por una foto que papá me había enseñado en el curso de su confesión en la que aparecían juntos los dos padres y, francamente, el hijo era su vivo retrato.

Era un hombre atractivo, no lo voy a negar, y no por el uniforme que trataba de disimular con un chaquetón largo, intentando pasar desapercibido.

Tenía una expresión severa, con mandíbula muy ancha y bien marcado el masetero.

Ojos claros, pelo cano, aunque abundante, y nariz de proporciones correctas.

Me acerqué a él sin dudarlo. No podía ser otro más que él, pues la solapa de la chaqueta militar sobresalía ligeramente por encima del gabán.

​ —¿El señor Lon Laga? —lo abordé por sorpresa, sobresaltándolo. Se levantó cortésmente.

​ —¿La señora Portela?

​ —Isabel, sí.

​ —Perfecto… Yo soy Manuel.

​ —Encantada, Manuel.

​ Nos estrechamos las manos y sentí un confort instantáneo.

Los nervios me habían bajado la tensión y tenía las manos frías, pero las suyas estaban calientes, además de ser recias, fuertes y desproporcionadamente grandes.

Me sentí a salvo en el momento en que me miró a los ojos con tanta calma, un hombre acostumbrado a objetivos de espionaje por todo el mundo y para el que esta no era más que otra misión para llevar a buen término, o eso pensaba yo… Para mí, sin embargo…

​ —¿Se encuentra bien? —preguntó con curiosidad ante mi sospechoso silencio.

​ —Sí, muy bien, aunque pienso que deberíamos tutearnos, ¿no? —hice mi proposición de un modo tal vez algo descarado, buscando dar una falsa impresión de seguridad.

​ —Por supuesto, Isabel. Para mí no será un problema —contestó sonriendo amablemente.

​ Ambos nos sentamos y su primer movimiento fue tomar un maletín de acordeón forrado en cuero que había dejado a los pies de la mesa, elevándolo sobre los muslos.

Después, comenzó a extraer de él documentos sin emitir más sonido que un ligero carraspeo.

Intuí que aquellos papeles eran las pruebas que había recopilado, así que hice lo propio con mi carpeta y busqué en ella los datos bancarios que me había pedido por teléfono.

Con mis contactos nivel de acceso a cuentas no me había resultado demasiado complicado hacerme con ellos, pues eran otros tiempos y las políticas de confidencialidad bancaria no estaban tan implementadas como hoy día, en plena era digital.

​ Había elegido una mesa rectangular, para cuatro personas, en una esquina poco visible de la cafetería, así que teníamos espacio más que de sobra para colocar los papeles sobre ella.

​ —¿Qué te parece si empiezas por aquí y buscas los extractos de estos movimientos? —sugirió—. Mientras, yo iré a la barra a pedirte algo. No quiero que el camarero se acerque por aquí a husmear.

​ —Perfecto. Tomaré un café americano sin azúcar, gracias.

​ —No podía ser de otro modo —bromeó alejándose. Tenía una bonita sonrisa, que destacaba todavía más en una cara tan viril como la suya.

​ Mientras Lon Laga hacía el pedido y aguardaba en la barra su preparación, revisé los documentos que me indicaba.

Había elegido comenzar por el plato fuerte, pues los papeles representaban lo que yo interpretaba como el indicio más claro de un Golpe de Estado en su haber.

Apuntaban a un movimiento masivo de tropas para la Nochebuena de aquel año a través de una serie de reservas de combustible para blindados, tanques y otros vehículos militares pesados.

No tenía ningún sentido planificar unas maniobras de tal calado en víspera de la Navidad si no era por alguna oscura razón, así que regresé a mi carpeta y comencé a sacar documentos hasta que encontré un gran pago por adelantado a la principal distribuidora de combustible del ejército español.

En la descripción del movimiento se leía claramente la fecha de ejecución del pedido: Nochebuena del ochenta y cuatro y pensé en lo poco hábil que había sido el contable que habría ejecutado aquella orden por haberlo dejado reflejado.

No obstante, podría representar una pista, una miga de pan en el camino del gran golpe, dejado ahí por una de tantas personas metidas por obligación en un entramado corrupto tan complejo y que buscaban destaparlo de algún modo sin que su trabajo, o incluso su propia vida, corrieran peligro.

Desde entonces, esa reflexión quedó fijada en mi cabeza…

​ Lon Laga regresó a la mesa con un vaso de cristal lleno de café negro hasta arriba.

​ —Te sugiero que le des antes un sorbo. No estoy muy seguro de que el camarero haya entendido la comanda. No debe estar acostumbrado a preparar café americano.

​ Vaya si tenía razón. El brebaje era puro café solo bien cargado y en lugar de servirlo en una taza pequeña, venía en un vaso de whisky lleno hasta arriba, eso sí, generosamente acompañado de un buen pedrusco de hielo.

Sabrá Dios por qué el camarero pensó que la filigrana era necesaria para acompañar tal despropósito…

​ Me limité a sonreír y aceptarlo, dando un par de sorbos al café que, por alguna razón tenía un sabor y aroma aceptables. Después señalé a Lon Laga su acierto y el hecho fehaciente sobre la falta de habilidad del contable que había ejecutado las órdenes de transferencia que tenía en mi haber.

​ —¡Eureka, joder! —exclamó—. ¡Era esto justo lo que buscaba!

​ —Sí, yo también lo pienso. Con estos documentos debería haber más que suficiente para abrir una investigación y destapar el pastel —afirmé contagiada de la euforia, sintiéndome como una espía destinada a algún país al otro lado del telón de acero en los años sesenta.

​ Lon Laga siguió revisando el documento que le había pasado, rascándose la cabeza con cara de incredulidad.

​ —¿Te has fijado en el concepto de la transferencia? —preguntó.

​ —Sí, veo que también lo has notado.

​ —Claro que lo he notado, Isabel.

​ Sentí un estremecimiento cuando se refirió a mí por el nombre de pila. Algo primitivo, hasta sexual. Cierta atracción y confianza, como si nos conociéramos desde mucho antes.

​ —Es claramente una pista —continuó—. Tiene que haber mucha gente metida en un complot de esta envergadura y no todos estarán de acuerdo.

Algunos habrán atado cabos, como yo lo hice, y querrán de algún modo ir dejando pistas para que alguien las encuentre y decida pasar a la acción para frenar esta locura.

Simples mandados que cumplen órdenes en nombre de la patria y que por una vez desearían que la estabilidad de los tiempos que vivimos se consolidara.

​ Para mí la pista eran migajas. Pero Lon Laga lo había descrito con inteligente clarividencia. Sólo teníamos que encontrar la tecla adecuada. Hacer contacto con la persona indicada que facilitase la investigación y derrocase el plan de los sediciosos.

​ —¿Cuál sería nuestro siguiente paso, entonces? —indagué.

​ —Pues, para empezar, armarnos de paciencia y poner en orden todos estos papeles. Tenemos que casar toda la documentación de las dos partes y solicitar la que falte. Una vez tengamos todo bien ordenado, haré un informe final y presentaremos todos a quien corresponda.

​ —¿Y cómo vamos a saber en quién confiar? Por lo que me has dicho, las altas esferas del CESID están comprometidas.