CAPÍTULO 20
LA GESTACIÓN DE UN MAL
M e cambié de ropa en los baños de la terminal de llegadas del aeropuerto de Santiago de Compostela.
Había ido a retocarme el maquillaje y, aunque había elegido un conjunto discreto para visitar a mis padres, seguía pareciéndome demasiado ostentoso.
Fui a la cinta a recoger la maleta y me escondí en uno de los boxes del baño para cambiarme.
Después, frente a un espejo, saqué un neceser y tomé dos toallitas desmaquillantes.
Tras haber eliminado los cosméticos, me di cuenta de que mi piel lucía muy pálida.
Había pasado demasiadas horas en la oficina durante las últimas semanas y apenas había tomado el sol, así que me di un poco de base de color en las mejillas y me pinté los labios en un discreto tono nude, para darles algo de brillo y volumen.
La mujer que se reflejaba ahora era una versión menos sofisticada de aquella a la que estaba acostumbrada en los últimos tiempos, pero el destello en la mirada delataba una imparable ansiedad por saber más: por descubrir si lo que me había contado el comandante del CESID era cierto y si papá había sido el hombre que él contaba.
El taxista que me trasladó desde el aeropuerto a la casa familiar me recordaba mucho al hombre que me había ayudado en Madrid, muchos años atrás, cuando me peleaba con un funcionario corrupto por un visado a los Estados Unidos.
Durante el trayecto me contó sus problemas económicos y cómo tenía que deslomarse trabajando horas y horas al volante de su medio de vida para sacar adelante a sus cuatro hijas.
Fueron dos horas de camino en las que me animé a compartir con él alguno de los logros de mi vida, tratando de hacerle ver que la principal herramienta para que sus niñas no sufrieran en la vida lo mismo que él no era otra más que legarles una buena educación.
Llegados a la aldea, dejé al hombre una más que generosa propina con todos los dólares que llevaba en la cartera y que, sin saberlo, no iba a necesitar en una buena temporada.
El taxista, agradecido, me dio su bendición y siguió su camino.
Cuando se alejaba, me fijé en como su coche tiraba humo azul por el tubo de escape, probable síntoma de una grave avería en ciernes y recé para que el dinero que le había dado —apenas unas migajas para mí y una pequeña fortuna para él— fueran suficientes para enfrentar la reparación.
Papá estaba sentado en un banco de piedra, a cobijo del sol bajo las parras de la viña.
Lo sorprendí con la vista perdida en el horizonte, masticando el tallo carnoso de una planta.
Parecía estar a punto de echarse una buena siesta después de comer, dejando que la brisa de las montañas acariciase su piel vieja y arrugada, que para mí seguía siendo tan joven como la recordaba siendo niña…
Escuchó pasos que se acercaban ligeros hacia él y supo al instante que no podían ser los de mamá, que por aquellos tiempos sufría de artrosis de rodilla y cojeaba ostensiblemente.
Se volvió hacia el sonido y su rostro se iluminó al instante, como lo haría el candil de un faro en el momento de cobrar vida por primera vez.
Jamás olvidaré su mirada de felicidad, tanto por quién estaba viendo como por lo inesperado de la visita.
—¡ISABELIÑA! —gritó, presa del júbilo. Se incorporó del banco con sorprendente agilidad y caminó presto hacia mí.
Al contrario que había ocurrido con Lon Laga hijo y Lon Laga padre— y a pesar de que el amor padre-hijo era tan fuerte y estaba tan arraigado como el nuestro—, papá y yo nos abrazamos y lloramos durante un tiempo que me pareció una eternidad.
Me di cuenta de hasta qué punto lo echaba de menos y me pregunté cómo había podido valerme por mí misma sin él a mi lado, acompañando cada paso de la vida adulta.
Me sentí como una niña pequeña y deseé no separarme nunca más de él, mas el recuerdo de la razón que me había llevado hasta allí me traicionó y reaccioné separándome bruscamente de él.
—Papá, le veo muy bien.
—Eres tú, Isabeliña. Que me rejuveneces cuando te veo… —Papá suspiró antes de continuar, pues sus palabras se trababan. Tenía los ojos encharcados y el rostro congestionado—. Qué bonita sorpresa, hija.
Nosotros dos, padre e hija, de orígenes y educación muy diferentes, no éramos, al fin y al cabo, tan distintos de los Lon Laga.
Igual que ellos, hablamos a solas durante horas hasta que llegó mamá, que había ido en el coche de línea a hacer unas compras al pueblo.
Durante nuestra larga conversación, papá reconoció la veracidad de todas y cada una de las historias que el comandante del CESID me había descrito por teléfono y así es cómo descubrí a una persona que no sabía que existía y que convivía con mi padre, compartiendo con él su espíritu, su corazón, su valentía, su cuerpo…
A cada retazo de historia que me descubría me sentía más y más orgullosa y sorprendida a un tiempo, admirada de que un humilde campesino sin estudios como él hubiera llegado a culminar, prácticamente en solitario, una gesta de tal magnitud…
Una aventura que tal vez había salvado millones de vidas, acortando la duración de la guerra más terrible que la humanidad había vivido jamás.
Entendí, además, que aquello que me había empujado a ser la mujer que era en aquel momento, no era más que el regalo que mi padre me había entregado con sus genes, cargados de valor, honor, orgullo…
Como no podría haber sido de otro modo, se preocupó cuando le comuniqué mi decisión de colaborar con Lon Laga hijo.
No quería para su niña los mismos peligros que él había pasado en la misión.
Sin embargo, conocía mi valor, mi carácter y determinación una vez tomaba una decisión y supo desde el mismo instante en que se lo comuniqué que sería batalla perdida haberme llevado la contraria y que tan sólo conseguiría ponerme en su contra.
Se limitó a recomendarme ser muy prudente y limitarme a proporcionar los datos que me fueran requeridos, manteniéndome en un segundo plano.
—Deja el trabajo de campo para los militares, hija —me dijo—. Ellos están entrenados para eso.
Pasaron horas hasta que llegó mamá, casi al anochecer.
Cenamos los tres solos en una casa que otrora había sido un hervidero de personas; hijos, familiares, jornaleros y que ahora se hacía demasiado grande para sólo dos personas con la única compañía de un perro labrador, dos cerdos, una vaca y unas pocas gallinas.
Hablamos de temas triviales madre e hija, mientras papá se limitaba a escuchar con la vista perdida, seguramente preocupado, dando vueltas a lo que habíamos conversado aquella misma tarde.
Había despertado en él viejos recuerdos de una peligrosa etapa de su vida, ya muy lejana…
Como madre sabía perfectamente qué era lo que pasaba por su cabeza y es que las preocupaciones para con los hijos jamás nos abandonan…
Pasé un par de noches más en la aldea, preparándome mentalmente para los días difíciles que tenía por delante.
Durante el día daba largos paseos con papá por las tierras que todavía eran de la familia y que habían sobrevivido a la ley de concentración parcelaria —que trataba de resolver la excesiva atomización de terrenos y pequeñas parcelas, unificándolas en otras más grandes de dimensiones equivalentes—.
Me familiaricé con las nuevas sendas que en mi niñez habían pertenecido a otros vecinos, evitando los campos de la familia en los que había jugado de niña y que tenían ahora nuevos propietarios.
Aquellas tierras llanas y fértiles en donde guiaba el ganado a pacer cuando ni tan siquiera había cumplido los diez años.
Me preguntaba qué suerte de extrañas coincidencias me habían llevado a regresar convertida en la mujer que era hoy día y que enfrentaba una misión como la que papá había satisfecho con éxito tantos años atrás.
¿Qué posibilidad había de que algo así ocurriera en la misma familia?
... Supongo que aquel día fue el que decidí que en un futuro debería novelar tantas y tantas aventuras…
Papá caminaba a mi lado encorvado, pensativo, con fehaciente preocupación por lo que ocurriría durante las próximas semanas.
No sólo porque algo podrido se estaba cociendo en las altas esferas del gobierno y del poder militar y político, sino porque su Isabeliña formaría parte —con más bien pocos medios a su disposición— de todo aquello.
Me fijaba en él y en cómo el paso de los años había plegado su columna vertebral hacia delante.
En cómo su cabello había ido desapareciendo, tornándose en plateadas las pocas fibras que ya quedaban en la nuca…
despoblada y quemada por el sol la coronilla.
Sin embargo, sus manos seguían igual que siempre; igual de fuertes, de recias y callosas, capaces de aplastar la cáscara de una nuez como si de una uva se tratase.
—Isabeliña, prométeme que tendrás cuidado y que me llamarás si me necesitas —me dijo durante algún momento de aquellos relajantes paseos matutinos—. Si es necesario, yo mismo llamaré a mi viejo amigo, el General, aunque hayan pasado tantos años.
—Prometido, padre —contesté tomándolo de la mano—. Prometido…
Pasados un par de días de descanso en la casa que me vio nacer, tomé al fin un taxi hacia Madrid.
Los documentos que me había traído de Nueva York y que habían permanecido ocultos dentro de la carpeta tras la portezuela del zulo en el que mi tío Delfín se había cobijado durante años, descansaban ahora en mi regazo, sujetos con fuerza contra mis muslos.
Mientras recorría las carreteras que llevaban a la capital pensaba en la despedida y en cómo, por primera vez en mi vida, había sido papá y no mamá el que había llorado en tanto el vehículo enfilaba la recta de la pista de adoquín que atravesaba la aldea y conducía a la carretera que daba al pueblo.
Aunque paramos dos o tres veces de camino para tomar algo y estirar las piernas, el viaje se me hizo inusualmente largo.
Me había mal acostumbrado a las anchas carreteras americanas y las cómodas suspensiones de los enormes vehículos, que devoraban kilómetros con la misma fruición que lo hacían con el combustible.
Mas al fin llegamos a Madrid en la tarde del cuatro de diciembre del ochenta y cuatro…
El taxi me dejó en la puerta del hotel Intercontinental Madrid. Buscaba un alojamiento cómodo y a la vez cercano al palacete que compartían el CESID y el Ministerio del Interior al inicio del Paseo de la Castellana y aquel hotel me había parecido el más apropiado.
Al bajar del vehículo el frío de la tarde me tomó por sorpresa.
En el preludio de la época de compras navideñas, los peatones cargaban bolsas con regalos, abrigados con bufandas y chaquetones para protegerse del frío seco de la capital.
Tragué una bocanada de aire que hizo contraer mis pulmones y me provocó un ataque de tos.
Estaba acostumbrada a la humedad de Nueva York y en Galicia no había notado apenas diferencia.
Pero en Madrid las cosas eran diferentes y el aire gélido que bajaba de la sierra se había apoderado de la capital.
El cielo estaba algo encapotado y amenazaba lluvia, hecho que extrañó mucho al taxista.
—Tiene pinta de que va a llover —me hizo saber—. Parece que se está levantando viento.
Estaba demasiado inquieta y nerviosa como para dar conversación y me limité a pagar la abultada cuenta del desplazamiento y recoger la maleta, pero antes de dirigirme a la recepción del hotel, busqué una cabina y saqué del bolso mi agenda de contactos.
Después marqué el número de la centralita del CESID y consulté mi reloj de pulsera.
Eran ya las seis de la tarde y recé para que Lon Laga todavía estuviera en su despacho.
Tras esperar dos tonos, una voz amable de mujer joven contestó al otro lado de la línea. Pregunté por el comandante y me pasó la llamada a su extensión. Había tenido suerte…
—Al habla Lon Laga, diga.
La voz del comandante sonaba triste, cansada, resignada. El Golpe de Estado era inminente y, sin los datos económicos que necesitaba para escalar sus hallazgos a instancias superiores, estaba indefenso ante el nefasto e inexorable destino que había predicho para la nación.
—Soy Isabel Portela, comandante. Estoy en Madrid.
Decir que Lon Laga se alegró de escuchar mi voz sería quedarse bastante corto, pues yo representaba un rayo de luz en la oscuridad que abrigaba su existencia.
A pesar de ello, me hizo saber con indirectas que la línea podría no resultar segura y que lo mejor sería vernos en persona, así que nos emplazamos a la mañana siguiente en la que se convertiría en nuestra base de operaciones: la cafetería del propio hotel.