CAPÍTULO 19 #5
Al día siguiente, Lon Laga se presentó en el despacho del General Rafael Barranco Murillo con el dossier bajo al brazo.
La secretaria del jefe del CESID, tras haber anunciado su presencia, le indicó que tendría que esperar una hora al menos, tiempo más que de sobra para que el nerviosismo de Lon Laga se elevara hasta niveles estratosféricos.
El comandante trató de sobrellevar aquella larga espera reflexionando sobre detalles triviales, para así matar el tiempo y tratar de relajar la tensión.
En una de sus divagaciones pensó en el General y sus apellidos y en la relación que la comicidad de estos podría haber tenido sobre su legendaria mala leche.
Ciertamente, había sido un hombre con una infancia complicada…
Y en estas estaba cuando la secretaria se acercó para indicarle que ya podía pasar.
Al otro lado de la puerta, Lon Laga se encontró con un General cambiado.
No era el mismo hombre al que había conocido años atrás.
Un tipo bajito, gordo y con bigote que le recordaba a la imagen del difunto caudillo años atrás, cuando todavía gobernaba una España enferma con mano de hierro.
Ahora, ante sus ojos, estaba un hombre diferente.
Había adelgazado una buena cantidad de kilos, hecho que trataba de disimular utilizando el mismo uniforme del pasado, sin haberse dado cuenta que los colgajos de lo que otrora había sido una prominente papada eran lo que más delataba su vertiginoso descenso de peso.
—¿Qué coño quiere, comandante? Soy un hombre ocupado, no como usted. Debería haber pedido cita.
Su repentino arranque le había dejado bien claro que la pérdida de peso no había sido directamente proporcional a la mala hostia…
—Señor, vengo a presentarle el informe de unos movimientos sospechosos que he detectado —contestó Lon Laga, sin inmutarse ante la poca educación de su superior.
Estaba acostumbrado al trato con hombres como aquel, autoritarios y pagados de sí mismos, y conocía perfectamente cuál debía ser su papel en situaciones así; totalmente aséptico…
El semblante del General cambió al escuchar la palabra “sospechosos” y, aunque trató de disimular torpemente desinterés, se notaba que le había hecho sentir molesto.
—Sí, señor. Movimientos de tropas, pedidos a intendencia poco habituales, maniobras no autorizadas o fuera de calendario… Le he traído un expediente detallado de todo y venía a pedir autorización para elevar mi nivel de acceso y así obtener los datos económicos que refrenden mis pesquisas.
Esta vez, el General se levantó de la silla bruscamente. Su reacción de molestia había mudado a otra muy diferente. La piel del rostro enrojeció y trató de contenerse.
—Déjeme ver qué lleva ahí.
Lon Laga le alargó la carpeta con mano firme. Había notado algo en la respuesta de su superior. Una transformación súbita de índole desconocida, aunque ciertamente emocional. Se le notaba preocupado, como si ya conociera algo sobre el tema y que Lon Laga desconocía…
Se inclinó sobre los papeles, cuidadosamente ordenados y bien redactados, y los repasó, ojeando los documentos uno tras otro hasta que terminó.
Lo que Lon Laga había descubierto habría preocupado a cualquiera y esperaba salir de aquel despacho con todas las autorizaciones necesarias para zanjar sus investigaciones a la mayor brevedad, no obstante, la respuesta del General arrojó a la basura todas sus esperanzas.
—Escuche, comandante. Si no quiere ser usted de nuevo degradado de rango, se va a olvidar de toda esta basura y va a dejar de hacerme perder el tiempo —ordenó tirando la carpeta con todos sus documentos a la papelera.
—Yo… señor… no entiendo. ¿Es que no ha entendido algo?
Visiblemente molesto y dándose por insultado, al fin, el verdadero General Barranco Murillo apareció, con la mitad de peso, pero el doble de mala virgen…
—¡¿Acaso está usted sordo, Lon Laga?! ¡¡Le he dicho que salga de mi despacho!! ¡¡Y como me entere de que sigue usted perdiendo el tiempo con esta basura, me aseguraré personalmente de que pase el resto de su vida como militar limpiando letrinas en un cuartel en Melilla!! ¡¿Me ha entendido ahora?!
—Yo… eh… señor, sí señor.
Ya en su despacho, Lon Laga trataba de entender qué era lo que acababa de ocurrir. Ahora todas las pruebas que tenía del supuesto complot descansaban en la papelera del jefe del CESID, junto a la lujosa carpeta forrada en cuero que su mujer le había regalado las navidades pasadas.
Nadie, en su sano juicio, habría dejado correr la situación ante unas pruebas tan contundentes como las que acababa de presentar, y todavía menos el General Barranco.
Todo el mundo le temía por su mal carácter y autoritarismo, pero de lo que nadie dudaba era de su inteligencia para manejar el difícil cargo que le había sido asignado.
Por tanto, la única opción que quedaba es que su propio jefe estuviera metido de algún modo en la operación.
Lon Laga todavía guardaba las pruebas tras el archivador de su oficina.
Por precaución, no las había adjuntado al dossier, así que no todo estaba perdido.
Sin embargo, conociendo al General, lo más probable es que ordenara vigilancia para asegurarse de que cejaba en sus investigaciones, además de que perdería por completo la posibilidad de contrastar los descubrimientos con datos económicos.
Y así es, que viéndose solo ante una situación tan compleja, fue que el comandante recurrió a la única persona sobre la faz de la tierra en la que confiaba y tomó su vehículo dirección a la salida Norte de la capital, camino a Navarra.
Lon Laga senior, el mismo que había vivido la aventura de su vida junto a mi padre, vivía en una villa a las afueras de Olite, entre Pamplona y Tudela.
Había regresado a su pueblo natal después de haber viajado por medio mundo en diferentes misiones.
Su éxito en la operación para sabotear la exportación de Wolframio le había traído la aprobación personal del Caudillo y merced a ello, había sido ascendido a responsable nacional del bien nutrido entramado de espías que España atesoraba por todo el mundo.
Sin embargo, el tiempo había pasado rápido y no había querido perder la ocasión de pasar sus últimos años en el pueblo que lo había visto nacer, junto a su esposa, la mayor de sus hijas y los tres preciosos nietos que Dios había tenido a bien regalarle.
A pesar de sus viajes por el mundo y de tantas y tantas peligrosas misiones, jamás había olvidado a papá y, aunque había decidido privarse de un contacto directo con él por su propia seguridad, jamás había dejado de recibir puntuales noticias sobre su estado.
Sabía que había tenido seis hijos y que cuatro de ellos habían emigrado a las américas en busca de una vida mejor.
Por lo visto, especial interés tenía en mi persona, por la posición que había llegado a adquirir por mis propios méritos.
En ocasiones, tomaba una silla de la cocina y se sentaba en el porche a ver la puesta de sol y recordar la mayor de sus aventuras y pensaba en que daría cualquier cosa por volver a sentarse a una mesa con Jesús y, ante un par de vasos de Rioja, hacer memoria de las viejas hazañas, mostrando ante su gran y perdido amigo las cicatrices de toda una vida de esfuerzo y dedicación a la patria.
En esas estaba la soleada tarde de otoño del ochenta y cuatro en que vio asomar el vehículo de su hijo desde el cambio de rasante en el camino que conducía a su hogar.
Manuel junior era su orgullo, el ojo derecho de papá, desde que como adolescente había ingresado en la academia militar para continuar los pasos de su progenitor.
Había seguido su carrera con detenimiento hasta que ésta había llegado al cénit en el momento en que había sido nombrado coronel a cargo de la parte táctica en las grandes operaciones.
El día de su nombramiento, había observado desde la grada de familiares y personalidades como su hijo recibía con orgullo los nuevos galones y lo recordaba como el momento más feliz de su vida.
No obstante, ni siquiera él, con sus grandes influencias y su dilatada carrera en el ejército, había logrado evitar la degradación de su hijo y los últimos tres años, desde que había sido destinado al sótano del CESID, apenas había tenido contacto con él…
Supongo que son cosas de hombres y uno por otro…
Tal vez el hijo temía haber decepcionado al padre y recelaba de su enfado, o el padre evitaba mostrar sus verdaderos sentimientos y la profunda comprensión de un hecho fortuito que le había traído tanta desgracia a su hijo, como el maldito encontronazo con un oficial enchufado de los que todavía tenían más contactos e influencia que él.
—Bonito atardecer, padre —saludó el hijo, tomando asiento junto al padre.
Lon Laga senior posó la mano izquierda en la rodilla de su hijo.
—Ha pasado mucho tiempo, Manuel. Demasiado.
Estas fueron las palabras más cercanas de índole personal que se dedicaron, aunque para ellos eran más que suficientes.
Eran hombres rudos, educados en otros tiempos bajo una férrea disciplina militar y un simple intercambio de frases amables les bastaban para compensar años de ausencia.
Eran otros tiempos, en los que las sensiblerías como los besos o los abrazos se entendían entre ellos como un síntoma de debilidad.
Allí, sentados en el porche de la casa del padre, hablaron durante horas e incluso mucho después de haberse hecho la noche, con la luna llena bien alta en el firmamento nublando con su brillo el de las centelleantes estrellas, se resistieron a entrar a la casa hasta haberse dicho todo lo que tocaba.
El hijo relató al padre uno tras otro los hechos que había descubierto, apoyando sus afirmaciones con los documentos cuidadosamente ordenados que guardaba con celo en su carpeta de piel.
El padre observó con detenimiento cada informe a través de sus viejas gafas de lectura, desgastadas las pastas y sujeta la patilla izquierda con un par de vueltas de cinta adhesiva.
Una y otra vez se mesaba la barba, mostrando a la vez interés y preocupación por el peligroso entramado corrupto y conspiranoico que su hijo había destapado.
Llegados hacia el final de la exposición del hijo, el padre se detuvo a leer el último de los documentos y carraspeo, pues, al fin, después de tanto escuchar tenía algo que decir.
—Manuel, hijo. Todo esto es muy peliagudo. ¿Estás seguro de que has explicado bien al General Barranco lo que has descubierto? Estos informes bastan para que, cualquiera que les eche un vistazo, ordene una investigación más a fondo.
—Tan claramente como te lo he explicado a ti, padre.
El General retirado volvió a rascarse la barba. Era un tic adquirido con los años e incapaz de contener siempre que debía pensar sobre una decisión importante.
—En ese caso, no cabe duda de que el pájaro está metido en el ajo. Pero, para poder subir esto a niveles superiores en el escalafón militar, necesitarás refrendar todo con datos económicos; transferencias, traspasos, números de cuenta, fechas de movimientos…
—Lo sé, padre. Por eso recurro a usted.
—Pues creo que conozco a alguien que nos podría ayudar. Estoy retirado y ya no tengo esos niveles de acceso. La mayoría de mis viejos camaradas están retirados y se tienen que levantar diez veces por la noche a mear, pero hay alguien…
—Continúe, padre —algo en la excusa del padre levantó cierto recelo. Un hombre de tanta influencia, por fuerza, debería tener contactos sobrados para poder ayudar.
—Es una larga historia, hijo. Mejor entremos y te la cuento mientras tomamos un café. Creo que va a ser una noche muy larga…
Lo cierto es que lo fue. Tan larga que para cuando Manuel Lon Laga padre hubo terminado, los primeros rayos de sol del amanecer se colaban por las ventanas de la casa.
Durante la noche, relató a su hijo secretos que se había guardado durante décadas y sintió como la pesada losa que descansaba sobre sus espaldas se desvanecía lentamente hasta verse reducida a una nube de polvo.
Le contó cómo durante la misión para boicotear el tráfico de Wolframio hacia la Alemania Nazi había conocido al hombre más valiente e inteligente con el que había tenido el honor de trabajar: un tal Jesús Portela, mi padre.
Relató cómo con su pequeña ayuda, un humilde campesino se había logrado infiltrar en todas las minas del valioso mineral para sabotear los planos de las excavaciones y, gracias a ello, lograr que las extracciones disminuyeran en un altísimo porcentaje.
También le contó cómo jamás había dejado de seguir sus pasos, convirtiéndose en una sombra protectora para Jesús y su familia, alejando de ellos cualquier mal que les hubiera podido sobrevenir.
Así de grande era la deuda que creía haber contraído con mi padre.
También le habló de que aquel hombre tan valiente había tenido seis hijos, no obstante, la mayor parte de la historia sobre su descendencia estuvo centrada en mi trayectoria profesional: la de una mujer salida de una pobre aldea de la Galicia más profunda que, sobreponiéndose a las barreras culturales, académicas e idiomáticas había terminado en convertirse en una alta ejecutiva en una de las más grandes empresas de inversiones en Wall Street.
—De esa mujer obtendrás los informes económicos que necesitas, hijo. Si tiene la mitad de arrestos que su padre, te proporcionará toda la documentación que corrobore el complot y con eso, podrás acudir a otros niveles. Yo mismo te abriré las puertas que necesites, si así lo deseas.
Terminada la conversación que se alargó durante horas, Lon Laga hijo desayunó con su padre, hermana y familia y echó una cabezada, pues no había pegado ojo en toda la noche.
Despertó a media mañana, aletargado, desorientado, incapaz de ubicarse en el sofá de la vieja casa familiar.
Hizo un esfuerzo para levantarse y fue al baño.
Se lavó la cara, se despidió de su familia de Olite y regresó a Madrid con los suyos.
Al menos ahora tenía claro el siguiente paso en el peligroso juego que acababa de comenzar y que no era otro que telefonear a Nueva York para hablar con una tal Isabel Portela…