CAPÍTULO 19 #4
El cómo Lon Laga me había convencido para embarcarme en tamaña locura es un tema al que daba vueltas una y otra vez y es que, por una vez en mi vida, la curiosidad había sido más fuerte que la intuición, especialmente cuando mi padre habría estado involucrado muchos años atrás en un asunto de Estado de tanta importancia.
Volaba directa a Santiago de Compostela, con la firme intención de reunirme con él y aclarar la información que el comandante me había proporcionado.
En caso de ser cierta, tomaría un coche hasta Madrid y entregaría al funcionario del CESID los papeles que me había pedido; transferencias bancarias, justificantes de cuentas, extractos, etc.
Todos aquellos documentos contenían información a la que él no tenía acceso —no al menos sin haber puesto al descubierto su interés en el asunto— y que necesitaba para contrastar con sus propias indagaciones.
De resultar ciertas sus sospechas, nos enfrentábamos a un complot de alto nivel para ejecutar un Golpe de Estado definitivo…
Esta vez nada de un teniente coronel de la Guardia Civil, un teniente general y un General de División del ejército de tierra…
En esta ocasión —si lo que Lon Laga habría descubierto era cierto— estaban implicados un buen nutrido número de Generales, incluidos los de más alto grado en el Estado Mayor de la Defensa de los tres ejércitos.
A su lado, el 23F de Tejero, Armada y Milans del Bosch habría sido un juego de niños…
Estábamos hablando del fin de la democracia en España y yo me había metido de lleno en el asunto en el mismo instante en el que había decidido colaborar con el comandante…
Mi conversación telefónica con Lon Laga se había extendido a algo más de tres horas en las que, además de los más sórdidos detalles del sucio entramado que creía haber descubierto, me confesó algunos datos personales que, con el tiempo y el contacto con él, pude ampliar generosamente.
.. Resultó que el comandante llevaba tres años destinado en la sección de inteligencia interna del CESID, asignado a un puesto rutinario en el que, si su instinto no le estaba engañando, pasaría el resto de sus días al servicio de su país.
Otrora su rango había sido el de teniente coronel, asignado a enlace entre los mandos tácticos de los tres ejércitos, un puesto de enorme responsabilidad a la altura de su capacidad y formación.
No obstante, una serie de desencuentros con un General de División —un niño mimado alistado en el ejército por recomendación y cuyos méritos para haber medrado se limitaban a los de ser hijo de…
— lo habían arrastrado a un despacho sin ventanas en el sótano del CESID, manejando papeleo rutinario en el que jamás hubiera pensado que encontraría las pistas para desenmascarar un complot de tales dimensiones.
Lon Laga era un hombre brillante —sobre cualificado para el puesto al que había sido asignado— además de concienzudo, meticuloso y detallista.
En su trabajo, destinado a la inteligencia interna, revisaba a diario decenas de informes en busca de posibles anomalías y, en los tres años que llevaba trabajando en aquel lóbrego despacho, había logrado destapar unos cuantos chanchullos.
Sin embargo, esta vez, apenas unos pocos días antes de nuestra primera conversación telefónica, creía haber descubierto algo mucho mayor y es que revisando informes cruzados sobre maniobras de entrenamiento, a principios del verano del ochenta y cuatro se había topado con una sospechosa solicitud de mantenimiento para vehículos acorazados y blindados ligeros.
No era nada extraño, en principio, salvo que para la unidad a la que pertenecían los carros en cuestión no había maniobras previstas en varios meses…
Su instinto le decía que aquello podría tener miga, algo más que un simple error de archivo, por lo que tiró del hilo en la documentación de mantenimiento y se encontró de bruces con la misma anomalía para veinte unidades más de blindados sin maniobras asignadas en el calendario oficial.
Estábamos hablando de varios batallones armados hasta los dientes, en diferentes puntos de la península.
Suficiente material y efectivos como para invadir un pequeño país…
Lon Laga, alertado por la situación y sin haber dado parte a ningún superior, se había comido él solo la investigación, recopilando más y más información que, inexorablemente, corroboraba sus sospechas, como informes de transmisiones sobre pruebas fuera de horario en redes secundarios a las afueras de la capital, permisos denegados a oficiales de alto rango para una fecha señalada, pedidos de combustible para maniobras que no constaban en los calendarios…
Siguió tirando del hilo, inasequible al desaliento, hasta que al fin encontró en sus pesquisas el patrón que tanto había buscado y que no era otro más que la fecha de Nochebuena de aquel año.
Lo descubrió por casualidad en uno de los documentos, cuando sospechó de pedidos a intendencia cursados con demasiada antelación y revisó el día para el que habían sido emitidos.
Después, revisó hacia atrás toda la documentación sospechosa que había recopilado y que guardaba oculta tras el pesado archivador metálico de su oficina y fue cuando encontró la pauta: todo estaba planificado para una gran operación la noche antes de Navidad…
Ese año, cuando los españoles se encontrasen en sus casas bebiendo, comiendo y disfrutando las fiestas en familia, un gran operativo militar se ocuparía de triunfar en donde Tejero, Armada y Milans del Bosch habían fracasado…
Sin más dilación, el mismo día en que había descubierto el patrón, telefoneó a casa para avisar a su esposa de que llegaría tarde y se puso manos a la obra…
Escribió un amplio y detallado informe basándose en las pruebas recopiladas y, para cuando terminó, ya era de madrugada.
Cuidadosamente, guardó el dossier en una carpeta de cuero y lo ocultó tras el pesado archivador de su oficina, junto con el resto de documentación.
Ya en el coche, camino a casa, sintió de súbito el peso de la responsabilidad que descansaba sobre sus hombros.
El vértigo nubló su visión y tuvo que arrimar el coche a la acera hasta haber logrado recomponerse.
Cayo en la cuenta de que estaba empapado en sudor e hiperventilaba.
Observó su reflejo en el espejo retrovisor y reconoció en él a una versión suya pálida, con semblante asustado y enormes ojeras.
Pensando en sus hijos y en las últimas y felices vacaciones con la familia, trataba de calmarse para retomar la marcha cuando un coche de la Guardia Civil estacionó paralelo a él.
Nada grave, sólo una patrulla rutinaria que detectaba un vehículo sospechoso detenido en un lugar poco habitual.
—Buenas noches, caballero —saludó uno de los oficiales asomándose a la ventanilla—.
¿Tiene algún problema mecánico? —. El oficial se veía algo nervioso.
Era un tipo joven y ciertamente inexperto, o eso creyó el comandante cuando por el rabillo del ojo detectó que se había llevado la mano izquierda a la cintura, apoyándola justo por encima de la culata de su arma reglamentaria.
Lon Laga, otrora oficial táctico y amplio conocedor de la naturaleza humana, evitó hacer movimientos bruscos. En aquel momento, su vida era demasiado valiosa como para haberla perdido en un control rutinario de carreteras.
—Buenas noches, oficial. ¿Le importa si saco mi cartera del bolsillo de la chaqueta?
El policía se cuadró y el tono de su voz bajó dos cuartas. Creía tener la situación bajo control, pero la calma de aquel hombre de aspecto enfermo le había revuelto las tripas.
—De acuerdo, pero hágalo muy despacio —afirmó separándose un paso de la puerta y tensando los músculos.
Lon Laga obedeció y sacó la cartera lentamente. Después, extrajo de ella su viejo carné de coronel de inteligencia táctica del ejército —que todavía conservaba por pura nostalgia— y lo mostró.
La expresión del Guardia Civil mudó drásticamente cuando apuntó la linterna al documento y leyó las credenciales del hombre al que estaba interrogando.
Como cuerpo militar el suyo, Lon Laga era un superior de muy alto rango al que había importunado y, en aquellos tiempos, aquello podría representar una severa reprimenda, una suspensión de empleo o hasta el castigo de haber sido degradado.
—Yo… señor, disculpe la molestia… —el agente se cuadró y ejecutó con disciplina el saludo militar—. ¿Podría hacer algo por usted? ¿Necesita que le escolte a algún lugar?
—No, agente. Todo está bien. Sólo necesito estar un rato a solas.
—Por supuesto, señor. Claro, señor… Yo… Espero que tenga una buena noche.
—Lo mismo. Descanse, agente.
Con las piernas temblando del susto, el Guardia Civil regresó a su vehículo patrulla y escapó mientras Lon Laga arrancaba el suyo de regreso a casa.
Aquel incidente le había subido levemente la autoestima, pues hacía mucho ya que no tenía la sensación de respeto que en otra época imponía a tantos y tantos subordinados, cuando trabajaba en las oficinas de inteligencia en lugar de en un sórdido y lúgubre despacho en los sótanos del CESID…
Aquella noche, llegó a casa y arropó a sus hijos que llevaban horas durmiendo.
Pensaba en ellos mientras los besaba en la frente y en el futuro que les dejaría si no lograba reventar aquel descabellado plan urdido para acabar con la democracia en España.
Luego, cenó algo y se fue a cama. Su mujer lo esperaba despierta y, a pesar de que ella le preguntó por su día, sólo se abrazó a ella en silencio, sollozando como un crío.
Tenía la tensión por los suelos y estaba congelado.
Necesitaba calor humano, afecto, cariño…
algo, en definitiva, que compensara tanta preocupación. Aquella noche no pegó ojo…