La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

Un lunes, cualquier, ya a finales de aquel maravilloso verano del que no puedo recordar más que cosas buenas, fue cuando mi vida, de nuevo, dio un giro de ciento ochenta grados…

A pesar del extendido uso de los ordenadores, todavía manejábamos mucha documentación impresa y el teléfono era una herramienta tanto o más importante como lo eran los recursos informáticos, así que me encontraba revisando mi agenda de números para llamar a un inversor habitual, cuando sonó mi terminal.

En rojo se iluminó la extensión de la centralita, todavía manejada por Gladys, la misma becaria que me había recibido hacía pocos meses, durante las navidades, en mi primera visita al trabajo después de tanto tiempo.

—Buenos días, señora Portela. Le llama un tal señor Von Laga, desde España.

Me quedé pensando en aquel nombre tan extraño. Por el “Von”, sonaba más a holandés que a español, pero si la llamada venía desde mi tierra, no dudaría en contestarla.

—Sí, adelante, Gladys, pásamela. Gracias.

—Buenos días. ¿La señora Portela? ¿Isabel Portela? —me hablaba una voz grave, de un hombre de mediana edad.

—Sí, soy yo —contesté en perfecto inglés americano, con acento neoyorquino incluido.

—Por favor, ¿podríamos continuar la conversación en castellano? Mi inglés no es tan bueno como el suyo.

—Por supuesto —respondí encantada de poder hablar con un compatriota. A pesar de llevar tantos años en américa, todavía sentía un hormigueo cada vez que tenía la ocasión de poder hablar con alguien de mi amada España—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Yooo, eeeh…

Siguió una pausa en la conversación, como si la persona al otro lado de la línea no estuviera segura de que hacer la llamada hubiera sido una de sus mejores ideas.

—Soy el comandante Manuel Lon Laga. Nuestros padres se conocieron durante la segunda gran guerra.

Mi estómago se dio la vuelta como el de un perro que hubiera hundido la cabeza en un pozo para beber y no supe cómo reaccionar. Estaba claro que aquel hombre se había equivocado de persona, pero, y si no…

—¿Señora Portela?

—Sí, sigo aquí. Es sólo que…

—Es sólo que usted jamás ha oído hablar de mi padre, ¿no es así?

—Así es —afirmé, viéndome tentada a colgar el teléfono. No obstante, mi curiosidad fue más fuerte que la certeza de que la llamada tenía que ser un error.

—Mi padre, el General Lon Laga, me comentó sobre esta posibilidad y me hizo memorizar algo para que usted supiera que esta llamada no es una broma.

—Adelante, continúe —mi afán de saber cada vez era más fuerte.

—Es por su tío Delfín. Sé que es secreto y que sólo unos pocos de entre sus familiares lo saben.

Su padre se lo confesó al mío durante una misión en el año cuarenta y tres.

Sé que estuvo recluido durante tres años en un escondrijo en la casa de la aldea.

Él era comunista y temía ser apresado y ejecutado, así que junto con su padre construyeron un zulo con un pasadizo hacia el exterior para estirar las piernas por las noches, aunque veintitrés horas al día las pasó junto con otro vecino en un agujero del tamaño de una caseta de perro, rezando para no ser descubierto por los nacionales.

—Pero… ¿cómo puede saber usted eso?

—Siento ser tan directo, señora Portela, pero ya se lo he dicho.

Es algo que me ha contado mi padre. Pasó media vida obsesionado en secreto con su padre, un hombre tan humilde que, armado de valor, acometió prácticamente en solitario la misión más importante de la historia de España.

Una operación que no sólo precipitó el fin de la Segunda Guerra Mundial, sino que evitó que España entrara en ella a favor del bando equivocado.

—Escuche… señor Von Laga…

—Lon Laga, señora. Es navarro.

—Sí, vale… perdone… Escuche, no tengo tiempo para esto.

Lamento decirle que voy a tener que colgar —en aquel momento a punto estuve de dar fin a la conversación y, con ello, a la que sería a la postre mi participación en el operativo más importante jamás ejecutado en favor de la continuidad para la democracia española.

—Me temía que reaccionara usted así. Tal vez he sido demasiado brusco y toda esta información de golpe es demasiada. Entiendo, además, que su padre no le ha hablado del mío o de su misión. De lo contrario, estaríamos teniendo esta conversación en otros términos.

—Ya le he dicho que…

—Espere, por favor, no me cuelgue… No sé a quién más podría recurrir. Ya no confío en nadie aquí dentro.

Nuevamente la curiosidad… la dichosa curiosidad. Sentí una punzada, la misma que precedió a muchas de mis premoniciones y supe entonces que no podía colgar la llamada.

—¿Aquí dentro? ¿A qué se refiere?

—Escuche. Le diré qué vamos a hacer. Consiga usted por sus propios medios el teléfono del CESID. Es el Centro Superior de Información de la Defensa.

—Sé lo que es el CESID, señor.

—Disculpe, no quería ofenderla… Como le decía, consiga usted el número y llame.

A la señorita de la centralita dígale que desea hablar con el comandante Lon Laga y le pasarán conmigo.

Así sabrá que esta llamada no es una broma y que parte del principal centro de inteligencia del país; el equivalente a la CIA Norteamericana.

Escuché un clic al otro lado de la línea y suspiré aliviada.

No sabía cómo gestionar una conversación así, pillada por sorpresa en mi despacho mientras mi cabeza divagaba entre cifras de inversores en Wall Street.

Y es que, aún perteneciendo al CESID, tal y como afirmaba aquel hombre, ¿cómo podría haber sabido lo de mi tío Delfín tantos años más tarde?

¿Qué era todo aquello de que papá había tenido una misión durante la Segunda Guerra Mundial?

Fue justo tras esta última reflexión cuando la intuición me hizo despertar.

Mis músculos se tensaron cuando recordé que papá había estado ausente durante nueve meses en el año cuarenta y tres, con una excusa que, pensándolo bien, sonaba todavía más improbable que la misión que el comandante Lon Laga me acababa de nombrar.

Fue entonces cuando no tuve duda de que debía ahondar en el tema y descolgué el teléfono.

—Gladys, por favor, averíguame el teléfono del CESID en España y me pasas la llamada en cuanto consigas línea. Es el centro de inteligencia español. Gracias.

Colgué y esperé el tono, reclinada en la lujosa silla de oficina forrada en cuero que Jack había ordenado para mi elegante despacho —Lo mejor de lo mejor, para mi mejor empleada— había dicho.

El teléfono no tardó en sonar. Lo levanté tan rápido como pude y escuché una voz que se repetía.

—CESID, ¿con quién desea hablar?

—Con el comandante Lon Laga.

—¿De parte de…?

—La señora Portela, gracias.

La llamada se cortó y escuché el pitido que anunciaba la espera de una extensión. Apenas pasaron dos segundos y alguien descolgó.

—¿Isabel?

—Sí, comandante, soy yo.

—Veo que he atraído su atención.

—Así es, señor.

—En ese caso, permítame que le cuente…

​ Los desplazamientos en avión en los ochenta no eran como los de ahora.

Aunque los aparatos eran más toscos en sus materiales, aviónica y demás aditamentos tecnológicos, las plazas eran más amplias y el servicio, simplemente espectacular, especialmente si viajabas en primera clase de un vuelo transoceánico.

Siempre escogía ventanilla pues me gustaba mirar las nubes a su través y me recreaba con los aterrizajes y los despegues, observando cómo la aeronave atravesaba los cúmulos de vapor de agua que yo imaginaba con la textura del algodón de azúcar.

​ Los nervios, a flor de piel, iban más allá de lo que la propia situación hubiera demandado y es que mi sexto sentido no paraba de clamar a gritos que me estaba metiendo directamente en la boca del lobo…

Fuertemente aferrada entre mis manos llevaba una carpeta con documentación altamente sensible que no había querido facturar con el equipaje.

Demasiados papeles comprometedores en su interior como para arriesgarse a que algún mozo de equipajes los extraviara por un descuido…

​ No fue una decisión fácil. Me costó semanas atreverme tan sólo a reservar el billete de avión, no obstante, me engañé convenciéndome a mí misma de que siempre podría echarme atrás en cualquier momento.

Tomaría el vuelo a primeros de diciembre y mentiría contando que pasaría las navidades con mis padres en la aldea, cuando mi verdadera intención era reunirme con Lon Laga a la mayor brevedad.

En cuanto al trabajo, por aquellas fechas el bullicio en Wall Street mermaba notablemente y podrían apañarse sin mí durante un mes.

Por supuesto, a Jack no le gustó un pelo la idea, pero tuvo que apechugar sin demasiadas quejas.

Supongo que los años trabajando juntos lo habían adiestrado en comprender las señales de mi lenguaje corporal y, por el brillo de mis ojos y el entusiasmo con el que le di la noticia, debió creer que era algo muy importante para mí el pasar las navidades en familia.

​ En cuanto a Mateo, al contrario que para mí, las navidades eran las fechas con más trabajo del año, en las que se vendían más joyas o relojes como aguinaldo, así que no podía permitirse acompañarme por más ganas que tuviera.

De todos modos, se tomó bastante bien mi partida, cuyos verdaderos motivos jamás llegué a compartir con él.

Sabía que echaba mucho de menos a mi familia en Galicia y, como siempre lo había hecho, no se interpuso en mis deseos.

Aprovecharía la ocasión para invitar a unos familiares suyos que vivían en Brasil a pasar las fiestas con él y así no estaría solo en los días de Navidad en que Gabriel tuviera guardia en la policía y no pudiera acompañarlo.