La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

​ La pobre Cathy se acababa de percatar de un pequeño detalle y es que había olvidado preguntar por mis datos.

​ —Disculpe, ¿cuál es su nombre? —indagó tartamudeando, tratando de disimular el rubor agachando la cabeza.

​ —No te preocupes. Dile que Isabel pregunta por él.

​ Estoy segura de que Jack escuchó mi voz a través del auricular por dos razones.

La primera fue la cara de desconcierto de la muchacha al haber escuchado cómo se cortaba la línea.

La segunda… que la puerta de la oficina del que sería de nuevo mi jefe y amigo durante años se abrió de par en par.

Lo vi aparecer, caminando hacia mí a paso rápido y comprendí por su aspecto descuidado que las cosas no debían ir muy bien.

Mostraba sombra de barba, estaba ligeramente despeinado y tenía la ropa arrugada, como si hubiera dormido en el sillón de su despacho.

​ —¡Jesús, Isabel! ¡Por favor, dime que eres tú y que no estoy viendo un fantasma! —exclamó.

​ —Claro que soy yo, señor Armstrong —contesté visiblemente sorprendida por el cálido recibimiento.

Lo cierto es que aguardaba una acogida menos efusiva, mas era evidente que Jack necesitaba de mis servicios como agua de mayo.

Así es que modifiqué la estrategia humilde que llevaba conmigo para convencerlo de reincorporarme a su servicio por otra más agresiva.

​ —Por favor, dime que andas buscando empleo —sugirió, o más bien imploró…

​ —No lo sé. Sólo venía a saludar y agradecerte el aguinaldo. No contaba con una oferta abierta de trabajo —mentí con descaro, a pesar de que él sabía que en el fondo estaba deseando regresar.

​ —Vamos, Isabel. No me vengas ahora con esas —protestó—. ¿Vas a hacer que me arrodille para pedírtelo? La nota que iba con la cesta te dejaba algunas pistas...

​ —Pues si las había, no las pillé —respondí, haciéndome la despistada—. Lo cierto es que no lo había contemplado, pero ya que lo comentas, ¿en qué nómina estabas pensando? ¿Algún privilegio? ¿Acciones de la empresa, tal vez?

​ Jack exteriorizó su alegría en forma de una mueca, tratando de emular con la boca torcida una mezcla entre falsa decepción y complicidad. Después, me dejó allí plantada y se volvió hacia el despacho. Regresó a los pocos segundos con un talonario de cheques del Banco de Nueva York.

​ —Vamos, dime una cifra.

​ Cathy observaba nuestra conversación con los ojos como platos, seguramente preguntándose quién era aquella arrogante mujer, tan pagada de sí misma y elegantemente vestida que desafiaba al famoso Jack Armstrong, un tiburón de los negocios y admirado e idolatrado a partes iguales durante las tertulias en los cafés de Wall Street.

​ Sin apartar ni por un segundo la vista de Jack, apoyé el maletín que portaba sobre el mostrador.

Saqué de él un bolígrafo chapado en plata que papá me había regalado por mi trigésimo cumpleaños y que conservaba como una reliquia.

Después arranqué de las manos de mi jefe el talonario y escribí en él una cifra antes de devolverlo.

​ —Me parece más que razonable. Si te soy sincero, te habría pagado mucho más con tal de que volvieras —declaró sin titubeos.

​ Tendí la mano en forma de apretón para cerrar el trato, pero Jack la apartó con un ademán y se acercó a un palmo de mí.

​ —Anda, déjate de formalismos, Isabel. Somos amigos desde hace años —expresó mientras me abrazaba con fuerza…

​ Regresé a mi viejo empleo a finales de enero del ochenta y cuatro.

A pesar del apremio para que me incorporara lo antes posible, quise dejar bien atadas las cosas en casa.

En primer lugar, porque deseaba con fervor disfrutar de un momento tan dulce de mi vida…

de unas fiestas tan especiales y entrañables como las navidades en Nueva York, rodeada de mi familia, recreándome en los festejos, haciendo al amor con Mateo, plenamente relajada tras haberlo recuperado de entre los muertos…

Pero también porque necesitaba prepararme mentalmente para la nueva rutina, que por propia experiencia sabía que iba a resultar estresante.

​ Contraté a una asistenta, una joven muchacha emigrada desde el Ferrol, con ganas de aprender y de comerse el mundo y que me recordaba mucho a mí.

Para ella, el trabajo no era más que una fuente de dólares que reinvertir en la preparación necesaria para llegar a ser alguien.

Durante cuatro horas al día, de lunes a viernes, se ocuparía de la ropa, limpieza de la casa y dejar la cena preparada para Mateo y para mí.

Su currículum me llegó a través de una agencia de contratación temporal y mi elección no fue casual.

No sólo por la empatía con su situación personal, sino por sus modales algo toscos y porque no era especialmente atractiva.

Y es que ahora que las cosas iban tan bien, no me gustaría tener en casa una tentación para mi Mateo…

Sé que puede sonar egoísta, pero así es cómo funciona el mundo…

​ El lunes treinta de enero de mil novecientos ochenta y cuatro traspasé de nuevo el umbral de mi vieja oficina.

Allí estaba Jack Armstrong, plantado en mitad del pasillo y con un aspecto muy diferente al que tenía hacía tan solo un mes.

Supongo que la noticia de mi regreso lo había arrancado de la desesperación en la que se había sumido su carrera y, recuperando a su compañera más valorada, sentía de nuevo la seguridad de que las cosas irían bien, como si yo fuera más que una buena empleada, una socia… un talismán.

​ Los dos primeros meses fueron muy duros, no lo voy a negar.

Me costó Dios y ayuda ponerme al día con los nuevos protocolos de trabajo en los que la informática se había convertido en un tema central.

Había ordenadores por todas partes y tuve que acostumbrarme a trabajar con ellos.

La interfaz no era sencilla, ni mucho menos, como lo es hoy día, pues todos los programas funcionaban bajo sistemas operativos manejados por comandos que debían memorizarse para así trabajar con agilidad.

Mas esta circunstancia no fue problema para mí, pues mi capacidad de aprendizaje siempre había sido muy alta y, a pesar de la dificultad, pronto me hice con ello y fui una más en el manejo de las herramientas de gestión.

Al fin y al cabo, sólo eran un medio para un fin y, habiéndolas dominado, las computadoras tan solo agilizaban un trabajo en el que la experiencia adquirida era primordial.

​ Para el verano del ochenta y cuatro, a la salida de una revisión rutinaria en el oncólogo con Mateo, fue cuando decidimos mudarnos a una casa más grande.

Las noticias habían sido inmejorables y de su cáncer ya no quedaba ni rastro, así que, emocionados por las buenas noticias y alentados por los altos ingresos que entre los dos generábamos semanalmente, decidimos dar un salto cualitativo en nuestra calidad de vida.

​ Fue entonces cuando, con unos buenos ahorros a nuestra disposición, nos compramos una preciosa casa victoriana en el extremo Noreste de Queens, en una tranquila y pintoresca urbanización a las orillas de Lake Success.

Era una casa de dos plantas, con muchas más habitaciones y cuartos de baño de las que habríamos necesitados en varias vidas.

Demasiado grande para una pareja de emigrantes con un solo hijo y pocos familiares o amigos con los que compartirla…

Sin embargo, no puede resistirme a ella, tan elegante y señorial, con altos techos rematados en pintorescas molduras y, sobre todo, las amplias escaleras que presidían el recibidor y que daban acceso a la planta superior.

Fue amor a primera vista, he de reconocerlo, pues me recordaron a las de la ostentosa mansión de Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” …

Además, tenía una bonita piscina en el jardín trasero que, a pesar de que no era demasiado grande, había sido construida con la divertida forma del rostro del ratón Mickey.

No pude evitar imaginarme jugando en ella con los nietos, cuando llegaran. Qué le vamos a hacer…

​ Durante aquel verano, uno de los más felices que puedo recordar, la gran empresa en la que trabajaba alcanzó excepcionales cifras de facturación y Jack ganó tanto dinero como jamás había imaginado, regalándome un generoso bonus que prácticamente nos permitió liquidar la hipoteca de la casa.

Además, al fin me sentía segura en el trabajo, con los protocolos dominados, habiéndome acostumbrado a trabajar con mi computadora como lo que debía ser; una herramienta más.

Gracias a lo que los ordenadores facilitaban las cosas, fue que disponía de más tiempo libre y los fines de semana podía disfrutar tumbada a la bartola bajo una sombrilla, con los pies en remojo al borde de la piscina.

Pronto hicimos amigos en el vecindario, personas de muy alto nivel con las que Mateo, un humilde relojero, no se sentía demasiado cómodo, pero todas ellas amables, educadas y cercanas, como siempre me han demostrado los americanos que son, salvo en casos muy excepcionales.

Celebrábamos fiestas en nuestra casa, unas veces, y otras, éramos invitados a otras, propiedad de gentes de renombre, como políticos, inversores o prestigiosos cirujanos o banqueros.

Allí, me sentía como una diosa, habiendo salido de un humilde mundo de vacas y estiércol, de una España prisionera, triste y atormentada…

rodeada ahora de lujos. Sabía que, para las mujeres de algunos de los hombres triunfadores que eran nuestros anfitriones, yo no era una de las suyas, pero eso no me importaba.

Sabia que sus recelos eran fruto de la envidia y la inseguridad y que cualquiera de ellas habría dado un brazo a cambio de llegar hasta mi posición, una en la que no dependía de un hombre para vivir o para comprarme el capricho que deseara.

Un estatus ganado a pulso tras haber pasado mil penurias y privaciones que ninguna de ellas habría soportado.