La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

NADA ES CASUAL

E n las navidades del año ochenta y tres mi pequeña familia había recuperado la normalidad. Mateo volvía a ser el hombre activo y fuerte que siempre había sido. Ganaba dinero suficiente para mantenernos y ahorrar una buena cifra.

Gabriel, triunfaba en el cuerpo de policía, destacando sobre los demás novatos por su madurez, sensatez y templanza en las situaciones más conflictivas, que no eran pocas.

Hacía tiempo ya que se había independizado y vivía con su novia en un moderno y coqueto apartamento.

Ella era una chica de Brooklyn de pura cepa, orgullosa de sus orígenes humildes.

Se había licenciado con honores en derecho y ejercía como abogada de oficio, tratando de abrirse camino a empujones en un mundo controlado por hombres.

Me llevaba muy bien con ella, pues simpatizaba del modo en el que, sobreponiéndose a los estándares sociales, luchaba cada día para ser mejor profesional y medrar haciéndose un nombre en el gremio.

Me recordaba mucho a la Isabel que habría sido yo si en lugar de haber crecido en una aldea lo hubiera hecho en la ciudad que jamás duerme…

Gabriel era muy feliz con ella. Tal vez porque se parecía mucho a su madre, quizás por su carácter y fuerte personalidad, aunque también por su exuberante belleza, con rasgos heredados de sus bisabuelos irlandeses, como los ojos verdes o los matices cobrizos en sus largos cabellos.

​ En cuanto a mis padres, gozaban de excelente salud para su edad.

Papá, ya jubilado, vivía entregado al cuidado de las tierras y los animales que todavía conservaban.

Mamá y él eran muy felices, viendo a sus hijos criados, establecidos y sanos.

Se recreaban en las visitas esporádicas de mis hermanos, de largas charlas con los vástagos que habían criado con tanto sacrificio.

No obstante, paradójicamente, de aquello que más disfrutaban no era de la compañía de sus herederos, sino de la de los nietos.

De los pequeños truhanes, tan parecidos a ellos, con los que al fin podían jugar a todo lo que con sus hijos se les había negado.

Y es que, en tiempos pasados, llenos de privaciones, los pequeños de la casa eran poco más que mano de obra para los padres y el privilegio de disfrutar de los hijos, estaba reservado en exclusiva a las familias más pudientes.

Mas ahora, pasados los años y ya jubilados, disfrutaban de tiempo libre, horas de ocio que gustosamente dedicaban a compartir con los nietos.

Jugaban a los naipes, al parchís, la oca, las damas, si hablamos de juegos de mesa.

Papá, limitado por la artrosis de su rodilla derecha, reservaba fuerzas para jugar al balón con ellos o dar largos paseos por el río y explicar a mis sobrinos las variedades de árboles del bosque autóctono gallego.

Era, en definitiva, un merecido otoño en la vida de mis padres que, fuertes y recios seres humanos de aldea, todavía cuidaban tanto de sus descendientes como de las tierras que aún poseían, que tanto habían luchado por conservar y que algún día nos cederían en orgullosa herencia.

Mis hermanos prosperaban en sus trabajos, algunos emigrantes, como Lucinda o Alberto y otros, como mi hermano menor, que acababa de ser padre por segunda vez y que se había establecido en Vigo con su familia.

Mi pequeño Fernando, al que tantas veces había sacado a pasear, presumiendo con las amigas del pueblo de un niño tan bonito, se había convertido en todo un hombre, haciéndome comprender, con la perspectiva de los años, que la vida pasa rápido.

Que cuando eres joven te crees eterno hasta que la realidad te pisotea en forma de arrugas y te hace agachar la cabeza con humildad.

​ Como digo, todo marchaba bien menos una cosa y es que no me llenaba mi nuevo papel de ama de casa.

Gabriel hacía tiempo que se había independizado y Mateo pasaba la mayor parte del día en la joyería, así que me quedaba demasiadas horas a solas con mis pensamientos, con el recuerdo de una vida que no había podido ser, los seres queridos que había dejado atrás…

Mi aburrida rutina consistía en rematar las tareas de casa, hacer la compra un par de veces por semana y leer compulsivamente.

Jamás dejé de escribir mi diario, fuente principal de los recuerdos de una larga vida, memorias que conservo como un tesoro.

También daba largos paseos por el barrio, conversando con vecinos y poniéndome al día con la actualidad, pero aquellos hábitos no eran sino un sucedáneo de la vida que deseaba recuperar, la de una mujer trabajadora, triunfadora, admirada por su capacidad de sacrificio y diligencia.

Es por ello que, tal y como había ocurrido en otras ocasiones, recurrí al camino fácil y traté de sacar algunos ingresos adicionales cosiendo a tiempo parcial.

No obstante, las modernas máquinas y factorías automatizadas habían penalizado mucho el oficio y para conseguir unos pocos dólares era necesario trabajar de sol a sol, destrozando las manos con aguja e hilo, condenándolas al envejecimiento prematuro, a la artrosis temprana.

​ Por fortuna para mí, las cosas cambiaron de forma inesperada el día de Navidad cuando llamó a mi puerta un desafortunado mensajero que había sido obligado a trabajar en unas fechas tan señaladas para repartir a tiempo los presentes de Santa Claus.

​ Nos habíamos reunido los emigrados a américa; mi hermano y su familia y Gabriel con su nueva novia, para celebrar juntos la Navidad.

Estábamos Alberto y yo en la cocina, preparando una receta de pasta —que sólo él conocía y que había aprendido, como no, de un asiduo cliente italiano del taller— cuando escuché el timbre.

Mateo, que conversaba con Lucía en el salón, corrió a recibir el paquete.

​ —¡Isabel! ¡Es el aguinaldo de Jack! —gritó nada más cerrar la puerta.

​ Jack Armstrong, mi antiguo jefe en Wall Street, fiel a su cita, cada Navidad me enviaba por paquetería una cesta llena de productos premium, en la que como no podía ser de otro modo, jamás faltaba el delicioso café importado del que tanto había disfrutado y compartido en mis reuniones con él en su oficina.

​ Dejé a Alberto con la preparación de la salsa secreta que llevaba su plato de pasta y corrí al salón a abrir el regalo. Como siempre, a la cesta no le faltaba de nada y, en esta ocasión, incluía un surtido de turrones traídos de España, un detalle especial que estaba segura era iniciativa propia.

​ En una de las solapas de la caja de cartón que contenía la cesta, habían dejado una nota sujeta con un lazo rojo. Antes de atreverme a empezar ningún producto, la arranqué y leí para mis adentros:

​ “Deseo que disfrutes con tu familia de unas felices navidades. Te echamos mucho de menos Isabel. Recibe un abrazo muy fuerte de tu jefe : Jack Armstrong”

​ El tiempo que trabajé junto a él llegué a conocer muy bien a Jack y la redacción de la nota no era casual.

Él jamás hacía nada sin un motivo y aquellas letras sonaban más a una desesperada petición de auxilio que a una felicitación navideña.

De hecho, no perdí un segundo y corrí al cuarto a confirmar mis sospechas, tal vez promovidas o aumentadas por un hormigueo en la piel que conocía muy bien.

En el cajón de la mesita de noche guardaba en un sobre azul las felicitaciones navideñas de años anteriores, así que lo abrí y esparcí su contenido sobre la cama.

Debía conservar unas tres docenas de postales, mas no tardé en encontrar entre el montón un par de las suyas:

​ “Felices fiestas”, decía la primera; “Te deseo unas felices navidades en compañía de tu familia”, decía la segunda.

​ Lo que sospechaba… nada de “ tu jefe ” o “tu exjefe” o “ te echamos de menos ”.

Con una enorme sonrisa de oreja a oreja, guardé la nueva postal junto con las demás y regresé a la cocina con Alberto.

Ya había terminado con la salsa y se ocupaba ahora de dorar la carne.

Mi buen hermano, que tanto me había ayudado, que siempre estaría a mi lado cuidándome como un ángel de la guarda…

​ Lo sorprendí abrazándome a él, gozando de una inmensa sensación de felicidad, firmemente convencida de cuál sería mi siguiente paso al día siguiente.

​ —¿Y este abrazo, hermanita? —preguntó.

​ —Te quiero mucho, cabezón... ¿Es que no puede una chica abrazar a su hermano favorito?

​ —Claro, siempre que quieras, pero, en cuanto a lo de chica… Señora, diría yo —bromeó dándome un amistoso puñetazo en el hombro.

​ Se lo devolví sujetando su nariz entre los dedos, un juego secreto entre nosotros de cuando éramos niños.

Acostumbrábamos a engancharnos las narices mutuamente y el primero que se rendía por el dolor, perdía…

Ya sé que puede resultar ridículo, pero en los años treinta no había televisión… qué le vamos a hacer…

Nunca olvidaré aquella navidad por lo que significó para mi vida, pues al día siguiente, el primero laborable tras las fiestas, me planté en mi vieja oficina sin previo aviso para reclamar el trabajo en el que tan feliz había sido y por el que tanto había luchado…

Y lo hice por todo lo alto, con mi mejor traje de chaqueta, zapato de tacón y un discreto maletín de piel marrón a juego con el calzado.

​ —Buenos días, vengo a hablar con el señor Armstrong —en la recepción había una chica nueva que no conocía.

Tal vez una becaria que comenzaba su andadura en el mercado laboral por el más bajo escalafón, ilusionada con una vida llena de éxitos, trabajando nada menos que en un edificio de los más emblemáticos del centro neurálgico de la economía mundial de la época.

Me recordó mucho a mí cuando empezaba y sentí simpatía por ella al instante.

​ —Aguarde un momento. Le llamaré a su extensión.

​ Se le notaba nerviosa, tratando de manejarse con la botonera del teléfono que hacía las veces de centralita.

​ —¿Señor Armstrong? Sí, soy Cathy... Sí, disculpe la molestia, pero es que pregunta por usted la señora…